martes, 7 de enero de 2020

ENTRETANTO SUS SEÑORÍAS SE INSULTABAN...

Pese a los acuerdos internacionales, las emisiones contaminantes no van a menos sino a más (Foto: Istock)


Durante la interesante y larga, también triste, doble sesión de investidura de Pedro Sánchez, entretanto, mientras se negociaba, mientras se cruzaban descalificaciones, mientras volvía lo peor del “Santiago y cierra España”, mientras, también, se hacían discursos cargados de razón democrática y preocupación, mientras se pasaba de puntillas por una imprescindible transición ecológica, la emergencia climática seguía, es más, crecía. Dicho de otra forma, mientras sus señorías se insultaban nuestras hijas e hijos continuaban respirando un aire que les envenena, en un mundo cada día menos acogedor. Cada minuto perdido hoy es un poco más de sufrimiento en el futuro.

La previsión para 2019 es que, de nuevo, las emisiones de CO2 a la atmósfera, lejos de disminuir, crecerán. Se calcula, dicen los expertos, que 2019 se cerrará con un aumento alrededor del 0’6% respecto a 2018. No está mal. Hay que recordar que el año pasado ya subieron un 2’7 y el anterior un 1’6. Teniendo en cuenta que para no pasar del 1’5 grados de aumento de la temperatura que se comprometió en la Cumbre de París de 2015 debería haber una reducción de emisiones superior al 7’5% anual de aquí hasta 2030, no vamos bien. Un dato más: cumpliendo lo acordado en París, que, por cierto, nadie parece dispuesto a revisar, no bajaríamos de los 3’2 grados de aumento de las temperaturas y si seguimos como hasta ahora, y no hay atisbo en contrario, nos acercaremos a los 4 grados. Más de la mitad de todas las emisiones desde el inicio de la era industrial se han dado en los últimos 25 años. Y, por supuesto, somos los ricos los que más contaminamos, de largo.




Ciertamente, las energías renovables son un 80% más baratas hoy que hace 10 años y su implantación crece a un ritmo del 15% anual pero, pese a todo, no compensamos el incremento del uso (y abuso) de las fósiles.

Además, mientras, por ejemplo, Adolfo Suárez, el hijo, se ponía follóricamente de espaldas cuando hablaban los portavoces de Bildu, la presencia de CO2 en la atmósfera, que se cuenta por partículas por millón (ppm), rozaba ya las 414. Las medias van subiendo a un ritmo de 3 ppm por año. En 2045 podemos estar por encima de las 500. Algo inédito desde hace 16 millones de años, cuando la temperaturas estaban casi 8 grados por encima de las actuales y el nivel del mar unos 40 metros más alto. En 1990 estábamos en 350 ppm y se decía que 400 era una línea roja. La hemos traspasado y la ciencia considera que pisamos un terreno desconocido. El reino de la incertidumbre. La contaminación mata alrededor de 9 millones de personas en el  mundo cada año. Según el IPCC de Naciones Unidas,  la diferencias de muertes según se incremente la temperatura 1’5 grados o 2 son 150 millones de personas, tres veces el número de muertos provocados por la II Guerra Mundial.

Llevamos muchas horas, días, años hablando del deseo de independencia de Catalunya, de referéndums, de negociaciones, de gente injustamente en la cárcel, un tema perfecto para envolverse en la bandera y predicar. Pero no hay bandera que nos salve de lo que puede venir porque, entretanto, hemos visto el Amazonas devastado por las llamas, inmensas masas boscosas calcinadas en Estados Unidos, en Grecia, en Portugal… Ahora Australia. Cinco millones de hectáreas arrasadas, más de 20 personas muertas, más de 500 millones de animales. Columnas de humo que llegan hasta Argentina. Imposible calcular las pérdidas económicas. Como incalculable fue el coste material y humano de las recientes inundaciones en Alicante o hace unos meses más en Andalucía o las Baleares. Grandes sequías y grandes inundaciones son el pronóstico para la cuenca mediterránea. Y no será que no nos estén llegando los avisos.

Nos retumban los oídos después de tanto exabrupto proferido, quien lo diría, por señores y señoras de supuesta exquisita educación pero, mientras, vivimos un invierno con demasiados días pasados en mangas de camisa. Los últimos cuatro años han sido los de mayores temperaturas desde que en 1880 se empezaron a recoger datos. La cuenca mediterránea es una zona especialmente afectada. También en cuanto a la temperatura del mar. Casi 2 grados de aumento en los últimos 35 años. Desde el año 2.000 venimos batiendo los récords históricos. Este año, otra vez. Tenemos veranos más largos y más noches por encima de los 20 grados. Las enfermedades tropicales  llaman a nuestras puertas. Los Pirineos van camino de parecerse a los montes del norte de Marruecos. Igual que los mares son inmensos vertederos de plástico que acaba en nuestros cuerpos vía el pescado que consumimos.

La mitad del Congreso de los Diputados que ha votado la investidura de Sánchez, ciertamente la mitad que ha votado no, desliga implícita o explícitamente la acción humana de toda responsabilidad en la situación de emergencia climática que vivimos. Incluso suponiendo que, contra la opinión de toda la comunidad científica y contra lo que dicta el sentido común, tuvieran razón sería una inmensa irresponsabilidad seguir de brazos cruzados. Argumentar que nosotros no tenemos la culpa de que el tren se haya quedado sin frenos para, como si nada, seguir cómodamente sentados en la vía por donde el convoy circula desbocado es de locos. Perder el futuro, el nuestro y el de nuestros hijos, por no cambiar el presente es de cobardes.

viernes, 3 de enero de 2020

BIENVENIDO EL GOBIERNO MÁS VERDE DE LA HISTORIA


Pablo Iglesias y Pedro Sánchez, en el Congreso de los Diputados, después de hacer público su acuerdo para conformar Gobierno. (Foto: EFE)


El “Acuerdo Progresista” entre el PSOE y Unidas Podemos, el que debe dar el gobierno más de izquierdas que haya tenido España en, al menos, los últimos 80 años es, leído en clave de ecología política, un paso adelante que abre la puerta al imprescindible proceso, ya en boca de todos, de una transición ecológica.

Ya no se trata de crear un Ministerio para la Transición Ecológica sino que armar un programa que la tiene en cuenta a la hora de definir las principales políticas a llevar a cabo.

Ahora lo que se precisa es, como tantas veces y en tantos marcos se ha dicho, pasar de las palabras a los hechos. Una transición no es una ruptura, no es un volantazo, no es un puñetazo en la mesa pero tampoco puede quedarse en un papel, en una declaración o en buenas intenciones. El proceso es urgente. Nuestra supervivencia en el planeta está en peligro. Nuestra calidad de vida es ficticia, se basa en la depredación de unos recursos finitos. El nivel de sufrimiento al que vamos a someter a nuestros hijos es impropio del amor que decimos tenerles.

Llama la atención que en la introducción del acuerdo no se haga ninguna referencia a la cuestión, así como el hecho de que en el primer párrafo de la declaración hasta por dos veces aparezca el término “crecimiento sostenible” que es un eufemismo para decir que pretende contentar a unos y a otros. Crecimiento y sostenibilidad son términos antitéticos y cuanto antes encontremos otra palabra para definir la necesidad de poder vivir bien, todos y todas, dentro de los límites del planeta más deprisa se podrá hacer la transición al modelo productivo, económico y de vida que necesitamos. Hablar de prosperidad compartida es bastante más realista inmersos como estamos en un proceso de decrecimiento en terminos productivos que debemos ser capaces de organizar sin que, como hasta ahora, lo paguen los más vulnerables .

Por contra, es muy positivo que se considere la despoblación rural como un problema clave a combatir (está en el apartado 1.1 y todo el 8 también se le dedica) y que el futuro del trabajo también se revise a partir de los desafíos ecológicos (1.2). También lo es que se hable de rehablitación de viviendas (2.9.2) y de favorecer los alquileres y no de nuevas burbujas inmobiliarias a costa del territorio.
Se echa en falta alguna referencia concreta a la necesaria reducción de los horarios laborales, a un nuevo modelo de reparto del trabajo. En toda Europa ya se está avanzando en esta dirección porque ese es un aspecto clave en el proceso de Transición Ecológica. A ver si la prometida ley de Usos de Tiempo (1.10) empieza a transitar este camino.

El apartado 3 del acuerdo, el que hace referencia a la lucha contra el Cambio Climático, podría haber ido un poco más allá empezando por el propio título. El Congreso de los Diputados reclamó al gobierno el pasado mes de septiembre la declaración de Emergencia Climática. Eso es lo que debería haber constado en el encabezamiento.

Dicho esto, bienvenido el compromiso de la aprobación, por fin, de una Ley de Cambio Climático (yo también la llamaría de Emergencia Climática) y Transición Energética y de la reforma el sistema eléctrico.

Las cuatro páginas dedicadas a este apartado tres representan un declaración de intenciones que invita al optimismo pero que es preciso acompañar con atención y con la presión ciudadana suficiente para que los grandes grupos empresariales y financieros no las conviertan en un maquillaje verde de las políticas marrones de siempre.

No son cuestiones menores introducir el concepto de transición justa (punto 3.3) aunque debe ir más allá de los trabajadores del carbón y las nucleares, ni es poca cosa una Ley de plásticos de un solo uso (3.4) pero que sea para reforzar la responsabilidad ampliada de los productores y no para castigar al consumidor. Fomentar el autoconsumo (3.5) viniendo de donde venimos es un anuncio halagüeño y la creación de un fondo de compensación de daños medioambientales (3.6) un buena iniciativa para hacer realidad que quien contamina paga y que los costes ambientales no puede obviarse.

El anuncio de una Ley de Movilidad Sostenible (3.8) que apueste por el transporte público y la electrificación de los vehículos, así como las distintas referencias a planes de mejoras en nuestros acuíferos (3.9) y a facilitar por la gestión pública y directa del agua (3.10) son buenas noticia pero en ambos apartados hay formulaciones que intranquilizan. Esperemos que las apelaciones a “promover inversiones productivas y sostenibles en los puertos” no quiera decir nuevas ampliaciones que acaben asfixiando las ciudades y que “garantizaremos el agua potable y de riego al mismo tiempo que se protege el medio ambiente” no signifique que mantendremos el mito de “agua para todos” como irresponsablemente hizo siempre el Partido Popular.

Muy interesante también el anuncio de una futura Ley de Bienestar Animal (3.16) que no cita ni los toros ni la caza pero que serán temas que no se podrán quedar fuera.

En el apartado dedicado a la industria suena muy bien el compromiso de un Plan de Desarrollo Industrial con el horizonte 2030 para la Transición Ecológica y al descarbonización (4.9) pero, en cambio, inquieta que se siga hablando de “crecimiento económico” como gran objetivo aunque sea referido a la revolución digital (4.1).

Coherente con la preocupación por el despoblamiento es el fomento de la compra de alimentos de proximidad y con criterios ecológicos (4.14) y la referencia una política forestal que ayudes a crear empleo de calidad en las zonas rurales (4.15) y, en ese sentido, reforzar las medidas de prevención de incendios (4.16) no en clave de extinción sino ligándolo a la mencionada política forestal resulta esperanzador.

Muy inconcreta es la referencia a la Estrategia de Turismo Sostenible 2030 (4.12). Sabemos el tipo de turismo que tenemos. La depredación de nuestras costas es su efecto más evidente. Su reconversión se intuye complicada y llena de obstáculos por más que el cambio en las temperaturas y en el nivel del mar la haga especialmente urgente.

A lo largo del texto hay dos referencias al Green New Deal (apartado 3.2 referido a la rehabilitación de viviendas y 11.2 sobre la necesidad de impulsarlo a nivel europeo). Sabemos que el Green New Deal es una propuesta discutida y discutible que pretende algo que a mi me parece imposible que es reverdecer el capitalismo. Pero, y vuelvo al principio, la Transición Ecológica no es un decreto sino un proceso y el Green New Deal puede formar parte de él si se gobierna adecuadamente. En ese sentido, facilitar fondos para el proceso de transición es fundamental y, yendo a lo que dice el documento, establecer “un impuesto europeo sobre el CO2 en frontera” puede ser muy útil.

Para acabar, solo una cosa más que me estoy alargando más de lo que quería. Se apuntan posibles cambios constitucionales únicamente para rebajar la edad de voto (5.7) y para reducir el aforamiento de los políticos (2.11.7). Se echa de menos alguna modificación “verde” que podría ayudar mucho al proceso de Transición Ecológica.

Llega el momento de pasar a la acción. Atentos.

lunes, 16 de diciembre de 2019

COP25: SIGUE SIENDO LA ECONOMÍA, ESTÚPIDOS





Quizás lo entendimos mal, quizás es culpa nuestra por confiados, seguramente el lema de la COP25 de Madrid, “Tiempo de actuar”, no se refería a la necesidad de pasar de las palabras a los hechos, sino que tomaba la acepción de “actuar” en el sentido de “ofrecer un espectáculo ante el público”, y eso ha sido, puro teatro.

Los gritos de la calle parece que no han llegado a los despachos blindados donde los gobiernos negociaban patrocinados por múltiples oligopolios que no solamente pagan las cuentas sino que también escriben los guiones. Ni se han acordado compromisos más ambiciosos de recorte de emisiones, ni se han fijado calendarios más estrictos para controlarlos, ni se han cerrado las ayudas a los países más pobres, ni se han mejorado (si es que eso es posible) los mercados de carbono. En definitiva, mucho ruido y cero nueces.

Podemos seguir reflexionando sobre por qué estas Cumbres van de decepción en decepción, podemos continuar denunciando que los diagnósticos están muy bien pero que no hay manera de concretarlos en acciones, podemos decir una y mil veces que estamos de acuerdo en lo que hay que hacer pero que, luego, nadie lo hace. Podemos repetir este mantra sin cesar o, casi mejor, ir al meollo dela cuestión. ¿Y cual es el meollo? En mi opinión que la concreción de las medidas para detener las emisiones significan la voladura del capitalismo… Y eso sí que no.

El planeta, en realidad, nuestra vida en él, quien se lo está cargando es el sistema de producción capitalista, así que es él o la humanidad entera y, por ahora, va ganando él. Gana el capitalismo por más que su avance sea un inmenso suicidio colectivo. Sí , por no acabar con el capitalismo, acabaremos con todo.

No habrá hechos contra la emergencia climática más allá de los gestos, tan loables como insuficientes, de la ciudadanía hasta que los gobiernos impongan un verdadero proceso de transición ecológica que es tanto como decir un abandono del capitalismo productivista hacia un modelo económico decrecentista de prosperidad compartida. Hasta ese día seguiremos acumulando decepciones y nuestra vida en el planeta cada vez será más peligrosa y más incierta. Vamos camino de una nueva era que puede estar más o menos organizada si la dirigen los gobiernos pensando en el interés general o puede ser cruel si se hace según los tiempos y los criterios de las grandes corporaciones.

Sabemos que la etiqueta de “malos de la película”, los boicoteadores de los acuerdos, la llevan Brasil, EEUU, Rusia, China, Arabia Saudí y algún que otro país más. Me parece una distinción un poco simple, para tranquilizar conciencias. Si la realidad fuera esa, los demás tendrían que estar ya trabajando en un diseño del mundo a dos velocidades, donde aquellos que sí creen en la emergencia climática se organizaran para dejar fuera a estos “malos” y penalizar su acción en los mercados. Bienvenidos sean los líderes políticos capaces de iniciar un proceso así.

En definitiva, y como aquella famosa frase que se atribuye a un asesor de Bill Clinton, “es la economía, estúpidos”. La economía nos condena, por ella tenemos que escapar.

(Foto: AFD)

domingo, 1 de diciembre de 2019

LA CUMBRE DEL CLIMA Y DEL AMOR




Estamos enfermos, gravemente enfermos. Terminales si no empezamos el tratamiento con decisión y rapidez. Nos lo dicen miles de especialistas de todo el mundo, los mejores, los más fiables. Necesitamos una intervención quirúrgica seria y urgente pero parece seguimos en manos de masajistas y especialistas en cosmética para que parezca que hacemos aunque no hagamos nada. Y, claro, nuestra enfermedad empeora y su solución cada día es más complicada.

Así estamos, más o menos, en relación al Cambio Climático. Sabemos lo que nos pasa, nuestra supervivencia en el planeta está en entredicho, pero no hacemos lo que tenemos que hacer. Tenemos el diagnóstico, la terapia recetada, pero no la cumplimos. Lo pagarán nuestros hijos e hijas, esos a los que tanto decimos querer, esos por los que nos desvivimos, esos por cuya seguridad decimos estar dispuestos a jugarnos la vida. A ellos estamos abocando a un mundo inhabitable. Nuestro egoísmo y nuestra irresponsabilidad serán su sacrificio. A estas alturas ya solamente estamos en condiciones de decidir a qué nivel de sacrificio les vamos a someter.

Viene toda esta introducción a cuenta del inicio de la Cumbre del Clima de Madrid, la COP25. Casi 200 países compartiendo su preocupación por la emergencia climática y  decidiendo nuevas medidas para adaptarnos a ella y minimizarla. La COP 21 de París fue el punto de inflexión: con toda la solemnidad del mundo se acordó que no se podía superar el grado y medio de aumento de temperatura a finales de siglo, dos a lo sumo, y que, para ello, era necesario que todos los estados se comprometieran a rebajar sus emisiones, a descarbonizarse y a transitar a un modelo productivo más sostenible. Luego, las siguientes COPs han tenido en común lemas que hablaban de “pasar de las palabras a los hechos” pero, sistemáticamente, las conclusiones finales han decepcionantes, lo han dejado todo para más adelante y han evidenciado que seguíamos en la retórica. El gran acuerdo unánime de París sigue esperando verse concretado en acciones efectivas. Por el camino, además, han llegado nuevos gobiernos “negacionistas” del Cambio Climático, Estados Unidos se ha echado a un lado y grandes emisores como China o la India se ponen de perfil.

Ante la emergencia climática, el último informe de Naciones Unidas ya sitúa el posible aumento de las temperaturas a final de siglo por encima de los tres grados y plantea que para evitarlo tenemos que conseguir una reducción de emisiones superior al 7% de manera sostenida en los próximos diez años. La realidad, pese a las cumbres y las palabras solemnes, desafortunadamente va por otro lado.  La Organización Meteorológica Mundial asegura que las emisiones de gases de efecto invernadero no solo no se reducen sino que crecen. Es decir, tenemos que ir marcha atrás y ni tan siquiera somos capaces de frenar nuestro avance. La presencia de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera ya supera las 410 partes por millón, algo que no sucedía desde hace 3 millones de años, cuando el ser humano todavía no habitaba la tierra. Los países se resisten a aminorar sus impactos climáticos de forma unilateral porque todos temen perder competitividad. Nadie le pone el cascabel al gato, las empresas se publicitan en verde pero siguen trabajando en marrón, los dirigentes políticos no se atreven a decir basta, nadie ejerce de autoridad global.


La COP25 de Madrid ha de ser, sin más excusas, la estación del cambio. El inicio real de una transición ecológica que nos lleve desde el mito del crecimiento infinito y suicida a una prosperidad compartida. Tomemos de una vez, y de verdad, nuestra crisis climática como una oportunidad de cambio. Arriesguemos. Arriesguen sus beneficios económicos las empresas, arriesguen sus votos los políticos. Quien antes empiece mejor librado saldrá. No puede ser que con una mano sigamos arropando amorosamente a nuestras hijas cada noche mientras con la otra, como quien no quiere la cosa, les apretamos su delicado cuello hasta ahogarlas.




(Foto: Europa Press)

martes, 5 de noviembre de 2019

EL RETO ES DEMOSTRARLES QUE SE EQUIVOCAN





La política española que, hace cinco años, pasó página del bipartidismo para acercar las instituciones a unas calles que se había llenado de indignados en el 15M, ha vuelto a 2014.
Por decirlo de otra manera, los poderosos que sintieron el peligro de un verdadero cambio político, digo cambio, no digo revolución ni nada parecido, ya vuelven a estar tranquilos. Después del domingo gobernará de nuevo la derecha, con o sin el PSOE pero la derecha: el IBEX, el Santander, Florentino, Amancio Ortega,  Mercadona y la CEOE. Amortizado el 15-M, vuelve lo normal, lo de siempere... Y, claro, empieza un nuevo proceso de indignación general que ya veremos lo que tardará en generar otra oportunidad de cambio.
Gobernará la derecha porque para que gobierne la izquierda deben sumar sus votos el PSOE, Podemos y los nacionalistas de izquierdas, los separatistas. Y eso sí que no. Es decir, Sánchez se niega a reeditar el acuerdo que lo hizo presidente. La bandera, por delante. Pues no será presidente, o lo será pactando con la derecha, lógicamente, políticas de derechas. Sencillo, ¿no?
Y otra cosa, negar la evidencia no modifica la realidad. Ayer en el debate entre los cinco mayoritarios sólo un señor que representa el 14% de los votos reconoció que España es plurinacional, Iglesias que se quedó solo en esa afirmación.  Así las cosas o está muy equivocado Iglesias o España tiene un grave problema para reconocerse. Yo creo más que es lo segundo. Desandamos la Constitución en dirección a VOX. O sea, menos libertades, menos derechos, más desigualdad, más Trump. Qué casual,  el mismo día que los Estados Unidos, ese país ejemplar del tanto tienes tanto vales, se sale de los Acuerdos de París contra el Cambio Climático. Un tema que, por cierto, casi ni se mencionó en el debate. Dicen que es la principal amenaza de la Humanidad pero no hay manera de entrar en un debate sobre él. Es incómodo. Eso sí sería un motor de transformación social que conectaría con el 15M, y ya he empezado diciendo que eso se da por amortizado.
El reto es demostrarles que se equivocan.