lunes, 7 de septiembre de 2020

EL COVID ES UN ENSAYO

 

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (centro) hablando con el presidente de la Fundación La Caixa, Isidre Fainé (iz.), en una imagen reciente. (Foto: EFE)

Si tienen dudas sobre la falta de sinceridad de los gobiernos respecto de su preocupación por el cambio climático piensen en el español y en el anuncio de fusión entre CaixaBank y Bankia. La operación financiera más importante de los últimos años se hace sin que nadie se acuerde de cómo puede aprovecharse para ayudar en la transformación que precisa nuestra economía para adaptarse a la emergencia climática que el mismo gobierno ha declarado. Es más, el presidente Sánchez está dispuesto a perder de un plumazo todo el peso estatal decisorio en Bankia y, por tanto, toda posibilidad de que exista una banca pública que, desde el interés general, impulse la modernización de nuestro sistema productivo, la transición ecológica y el nuevo modelo social que tal realidad reclama.

La explicación búsquenla donde casi siempre: el poder político sigue supeditado a los grandes poderes económicos y no se atreve, no quiere o no sabe conducir a estos a los comportamientos que se precisan porque creen que se puede poner en peligro su cuenta de resultados. La evidencia de lo que realmente está en peligro es la supervivencia de la especie humana parece importarles menos.

Piensen en cualquier exceso que se les ocurra y verán como llegan a la conclusión de que respuesta es una limitación. No hay milagros: los excesos se combaten con limitaciones y, si estas se preparan con tiempo, se pueden organizar para que resulten más o menos cómodas; si se van retrasando acaban cayendo sobre nosotros de forma sorpresiva, brutal e injusta. Lo estamos viendo con las recetas contra el coronavirus pero, en un marco más amplio, al paso que vamos, más lo veremos con la crisis climática.

Hemos basado nuestro crecimiento (capitalista y miope) en la destrucción de nuestro entorno y eso forzosamente se vuelve en nuestra contra. Hemos vivido como una especie superior, como si nuestra existencia no dependiera de la naturaleza. Craso error. Nos hemos excedido, mucho, y ahora toca limitarnos. En realidad, se trata de un cambio de modelo económico y social pero tenemos que empezar ya, de forma decidida, sin paños calientes, en defensa del interés general, desde lo público, escuchando a los científicos y no a los grandes consejos de administración, pasando de las palabras a los hechos, armonizando lo económico con lo social y lo ecológico.

Sabemos que se nos agotan las energías fósiles que además están matando nuestra salud (y la del planeta, que viene a ser lo mismo), que disminuyen nuestros recursos hídricos, que tenemos en cuestión nuestro sector agrícola y turístico, que vendrán sequías crueles, grandes inundaciones, mayores incendios, que subirá el nivel del mar, que perdemos biodiversidad cada día y que el aumento de las temperaturas es un hecho. Todo por nuestro excesos. Pues ahora toca limitarnos. Y eso no ha de ser, en términos generales, vivir peor, al revés. Debemos pasar de la guerra de todos contra todos a la búsqueda del bienestar compartido. Es cuestión de repartir mejor lo que tenemos y de modificar las formas de hacer y aquello a lo que damos más valor. Por eso es básico contar con recursos económicos para acelerar el proceso y con gobiernos valientes que se lo crean de verdad.

Vienen tiempos obligatorios de grandes transformaciones. Las incomodidades del COVID son simplemente un pequeño ensayo.

La transición energética que está dejando atrás el gas, el carbón y el petroleo es como el epicentro del cambio. Las energías renovables son limpias y baratas y dan para seguir viviendo pero su tasa de retorno es inferior a las fósiles. Por tanto, tenemos que variar comportamientos y el modelo económico dominante. Es decir, nos tenemos que organizar para vivir con menos energía. Lo primero es, pues, desterrar el mito del crecimiento. Sí, para hacer tortilla hay que romper los huevos.

Hechos: la movilidad la tenemos que reducir. Hechos: abandonemos las grandes operaciones urbanísticas y dediquémonos a rehabilitar. Hechos: paguemos a quienes conservan la biodiversidad, los bosques y nuestro entorno rural. Hechos: garanticemos la rentabilidad de la agricultura de proximidad. Hechos: pongamos en pie un sistema tributario progresivo pensado para la transición ecológica. Hechos: aprovechemos la fuerza de una banca pública para facilitar la transformación de nuestra economía. Hechos: aseguremos que la banca en general está al servicio de la economía real y no de la especulación financiera. Hechos: blindemos sanidad, educación y dependencia de recortes y mercantilización. Hechos: garanticemos el acceso de todos a los bienes comunes, que nunca a costa de la gente sean negocio ni el agua, ni la tierra, ni la energía. Hechos: reduzcamos el consumo y la generación de residuos. Hechos: invirtamos en educación, cultura e innovación lo que hoy gastamos en armas.

Las palabras ya están dichas; los grandes acuerdos internacionales los conocemos; las declaraciones emergencia climática las hemos leído; los propósitos sabemos que están. Es tiempo de pasar a la acción. Una acción que ha de profundizar en la democracia, fortalecer lo público, procurar una mayor cohesión social, un mayor equilibrio territorial, más descentralización y recordar a los grandes poderes económicos que sus intereses particulares están supeditados al interés general y que para gobernar hay que presentarse a las elecciones.


1 comentario:

Unknown dijo...

Lo que decimos siempre, vale más un gramo de hacer que un kilo de decir.