miércoles, 9 de septiembre de 2020

PIRÓMANOS BANCARIOS AL MANDO DE LA EXTINCIÓN DEL INCENDIO ECONÓMICO

 


La, según parece, imparable fusión entre CaixaBank y Bankia es como si, en plena pandemia del COVID, el gobierno nos sorprendiera dando luz verde al despido de nuestro personal sanitario aludiendo a estrategias económicas de altos vuelos. En estos tiempos de emergencia climática, de urgente necesidad de ir hacia un modelo económico menos contaminante y depredador y en plena fase de desmoronamiento por las consecuencias económicas de una crisis sanitaria, permitir mayor concentración bancaria y la desaparición de la poca banca pública que tenemos en vez de reforzarla, es lo mismo que acabar con el cuerpo de bomberos en plena ola de incendios.

El tránsito hacia un tejido industrial con menos emisiones, la superación del mito del crecimiento consumista, la ayuda a las pequeñas y medianas empresas en este proceso, la reorientación de las prioridades en temas de rehabilitación de viviendas y de cambios en la movilidad, la compensaciones que exige una transición ecológica socialmente justa y equlibrada en lo territorial o la transformación del modelo energético no puede hacer se a la velocidad que necesitamos sin un impulso de la banca pública.

No tenemos que inventar nada. Lo reclama hasta el Banco Mundial. Está sucediendo en los países europeos de referencia. En estos tiempos convulsos nadie renuncia a las herramientas públicas en el sector bancario. Alemania, Italia, Francia, los países del norte del continente… Los bancos más solventes según todos los test son, oh, casualidad, los públicos. En Alemania, repartidos por landers, son básicos en las inversiones más sostenibles; en Holanda, el BNG, exactamente igual. Hasta en Estados Unidos, Dakota del Norte está esquivando los graves desajustes económicos de este país, gracias a su banca pública absolutamente excepcional.

La banca pública es un factor de estabilidad. Resulta ridículo escuchar al presidente Sánchez o a sus portavoces apelar a al existencia del ICO para tranquilizarnos respecto de la fusión de Bankia (en realidad, absorción) con CaixaBank. El ICO no llega ni al 10% de lo que representa la banca pública en la mayoría de países de nuestro entorno.

Para entendernos: la banca pública es una garantía de competitvidad, de la competitividad buena y justa en tiempos de brutal concentración del sector financiero y sirve al interés general en lugar de buscar el beneficio rápido y a costa de lo que sea. Resulta sorprendente que en tiempos de emergencia climática, en realidad, le deberíamos llamar emergencia social, un gobierno progresista considere adecuada una mayor privatización bancaria. No voy a reclamar la nacionalización del sector pero que un gobierno como el de Pedro Sánchez se planteara la consideración de toda la banca como un servicio público esencial parece lo mínimo. Pues no, todo lo contrario. Y claro, de sus deudas pendientes, “ya tal… “ que diría Rajoy.

Acabo con una vuelta a la defensa del interés general para reclamar la existencia de una banca pública potente que pueda ejercer de impulsora de la transformación ecológica de nuestra economía. Más allá de la miopía caníbal del capitalismo depredador, acelerar la transición ecológica es una responsabilidad en beneficio de las futuras generaciones, esas que hoy no están aquí, o todavía no tienen sitio en las altas esferas de poder. También en el ámbito de la economía. Cuánto más ignoremos los peligros ambientales mayores serán las catástrofes que se producirán y, por tanto, también serán mayores las pérdidas económicas, la desestabilización los desastres financieros. Por el contrario, cuanto más decididamente dirijamos dinero a inversiones “ecológicas” más posible será una prosperidad compartida. Tenemos que elegir, también esos buitres de consejo de administración acostumbrados a mandar sin pasar por las urnas, desde Primo de Rivera a nuestros días, entre una transición verde suave o traumática. Entre crecer y crecer hasta llegar al abismo y seguir creciendo para caer en él o repensar nuestro modelo de consumo.  O movilizamos ya los recursos financieros hacia la descarbonización o tenemos los días contados. O lo impulsamos desde lo público o no llegamos a tiempo.O lo hace este gobierno o estamos perdidos. O recuperamos la banca pública o nada. En pleno incendio dejar las tareas de extinción en manos delos pirómanos es poco tranquilizador.

lunes, 7 de septiembre de 2020

EL COVID ES UN ENSAYO

 

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (centro) hablando con el presidente de la Fundación La Caixa, Isidre Fainé (iz.), en una imagen reciente. (Foto: EFE)

Si tienen dudas sobre la falta de sinceridad de los gobiernos respecto de su preocupación por el cambio climático piensen en el español y en el anuncio de fusión entre CaixaBank y Bankia. La operación financiera más importante de los últimos años se hace sin que nadie se acuerde de cómo puede aprovecharse para ayudar en la transformación que precisa nuestra economía para adaptarse a la emergencia climática que el mismo gobierno ha declarado. Es más, el presidente Sánchez está dispuesto a perder de un plumazo todo el peso estatal decisorio en Bankia y, por tanto, toda posibilidad de que exista una banca pública que, desde el interés general, impulse la modernización de nuestro sistema productivo, la transición ecológica y el nuevo modelo social que tal realidad reclama.

La explicación búsquenla donde casi siempre: el poder político sigue supeditado a los grandes poderes económicos y no se atreve, no quiere o no sabe conducir a estos a los comportamientos que se precisan porque creen que se puede poner en peligro su cuenta de resultados. La evidencia de lo que realmente está en peligro es la supervivencia de la especie humana parece importarles menos.

Piensen en cualquier exceso que se les ocurra y verán como llegan a la conclusión de que respuesta es una limitación. No hay milagros: los excesos se combaten con limitaciones y, si estas se preparan con tiempo, se pueden organizar para que resulten más o menos cómodas; si se van retrasando acaban cayendo sobre nosotros de forma sorpresiva, brutal e injusta. Lo estamos viendo con las recetas contra el coronavirus pero, en un marco más amplio, al paso que vamos, más lo veremos con la crisis climática.

Hemos basado nuestro crecimiento (capitalista y miope) en la destrucción de nuestro entorno y eso forzosamente se vuelve en nuestra contra. Hemos vivido como una especie superior, como si nuestra existencia no dependiera de la naturaleza. Craso error. Nos hemos excedido, mucho, y ahora toca limitarnos. En realidad, se trata de un cambio de modelo económico y social pero tenemos que empezar ya, de forma decidida, sin paños calientes, en defensa del interés general, desde lo público, escuchando a los científicos y no a los grandes consejos de administración, pasando de las palabras a los hechos, armonizando lo económico con lo social y lo ecológico.

Sabemos que se nos agotan las energías fósiles que además están matando nuestra salud (y la del planeta, que viene a ser lo mismo), que disminuyen nuestros recursos hídricos, que tenemos en cuestión nuestro sector agrícola y turístico, que vendrán sequías crueles, grandes inundaciones, mayores incendios, que subirá el nivel del mar, que perdemos biodiversidad cada día y que el aumento de las temperaturas es un hecho. Todo por nuestro excesos. Pues ahora toca limitarnos. Y eso no ha de ser, en términos generales, vivir peor, al revés. Debemos pasar de la guerra de todos contra todos a la búsqueda del bienestar compartido. Es cuestión de repartir mejor lo que tenemos y de modificar las formas de hacer y aquello a lo que damos más valor. Por eso es básico contar con recursos económicos para acelerar el proceso y con gobiernos valientes que se lo crean de verdad.

Vienen tiempos obligatorios de grandes transformaciones. Las incomodidades del COVID son simplemente un pequeño ensayo.

La transición energética que está dejando atrás el gas, el carbón y el petroleo es como el epicentro del cambio. Las energías renovables son limpias y baratas y dan para seguir viviendo pero su tasa de retorno es inferior a las fósiles. Por tanto, tenemos que variar comportamientos y el modelo económico dominante. Es decir, nos tenemos que organizar para vivir con menos energía. Lo primero es, pues, desterrar el mito del crecimiento. Sí, para hacer tortilla hay que romper los huevos.

Hechos: la movilidad la tenemos que reducir. Hechos: abandonemos las grandes operaciones urbanísticas y dediquémonos a rehabilitar. Hechos: paguemos a quienes conservan la biodiversidad, los bosques y nuestro entorno rural. Hechos: garanticemos la rentabilidad de la agricultura de proximidad. Hechos: pongamos en pie un sistema tributario progresivo pensado para la transición ecológica. Hechos: aprovechemos la fuerza de una banca pública para facilitar la transformación de nuestra economía. Hechos: aseguremos que la banca en general está al servicio de la economía real y no de la especulación financiera. Hechos: blindemos sanidad, educación y dependencia de recortes y mercantilización. Hechos: garanticemos el acceso de todos a los bienes comunes, que nunca a costa de la gente sean negocio ni el agua, ni la tierra, ni la energía. Hechos: reduzcamos el consumo y la generación de residuos. Hechos: invirtamos en educación, cultura e innovación lo que hoy gastamos en armas.

Las palabras ya están dichas; los grandes acuerdos internacionales los conocemos; las declaraciones emergencia climática las hemos leído; los propósitos sabemos que están. Es tiempo de pasar a la acción. Una acción que ha de profundizar en la democracia, fortalecer lo público, procurar una mayor cohesión social, un mayor equilibrio territorial, más descentralización y recordar a los grandes poderes económicos que sus intereses particulares están supeditados al interés general y que para gobernar hay que presentarse a las elecciones.