sábado, 25 de abril de 2020

EL DONUT DE LA BUENA VIDA, QUIÉN LO IBA A DECIR

Imágen de la campaña publicitaria de "Donuts" en los años 70.



Hubo hace más de 40 años un famoso anuncio de TV que dio a conocer el “Donut”, un bollito tan supuestamente sabroso que el niño protagonista empieza olvidando el almuerzo en casa (“¡Anda, los donuts!”, era la frase) pero, con el paso de los días,  le gusta tanto que lo que acaba olvidándose en casa son los libros (“¡Anda, la cartera”, remataba). En mi cuadrilla de amigos, el anuncio tuvo mucho eco porque el niño que lo protagonizaba vivía en nuestro pueblo. No sé qué habrá sido de él. A los donuts no les ha ido mal. La marca se ha convertido en una especie de categoría. Han diversificado mucho el producto y son un clásico. A mi me sigue pareciendo un producto graso y poco recomendable, pero este no es el caso.
Nosotros, de pequeños, no comíamos donuts. Eramos más de pan con tomate, con aceite y sal, hasta con aceite y azúcar. El ocio era salir al bosque, rodar en bici, pegarle patadas a un balón y, en verano, pasar horas en la playa entre barcas de pescadores. Eran tiempos austeros, de consumo limitado pero era una buena vida y, visto desde ahora, una buena vida, bastante más sostenible que la actual. Eran los años 70 y ya sé que se estaba gestando el abuso consumista que hoy nos ahoga pero yo de eso no era consciente. Volveré al “donut”, no el de comer sino el de pensar.
La buena vida, entendida desde la fraternidad humana, está en la franja situada entre la satisfacción de las necesidades básicas y el deterioro de nuestro entorno. Toda actividad que contribuya a fortalecer ese espacio es positiva. Si se sitúa por debajo significa explotación y desigualdad; si lo supera, insostenibilidad y depredación. En el primer caso nos cargamos el presente; en el segundo, el futuro. Pero no un futuro lejano sino un mañana distópico que intuimos o que ya directamente rozamos.
Fuera de la buena vida es el reino de la miopía ya que nadie está a salvo. Un mundo desigual es injusto y donde hay injusticia no hay seguridad, para nadie, por más que algunos, la minoría situada en la cima de la pirámide, puedan sentirse momentáneamente blindados. Sobre la insostenibilidad hay poco que discutir. El manido “estamos todos en el mismo barco” se puede contestar con que “las condiciones de los camarotes son muy distintas”, y es cierto, pero si el barco se hunde no hay botes salvavidas para nadie.
Ahora que Amsterdam ha puesto en el mapa las teorías económicas del “donut” de Kate Raworth, les propongo que dediquen algún momento del fin de semana a leer sobre ello en internet. En esa línea van los dos párrafos que acaban de leer.


Juan Roig (izquierda) y Vicente Boluda, dos de los principales dirigentes de la Asociación Valenciana de Empresarios, en un acto reciente en favor del Corredor Mediterraneo (Foto EFE).


En cambio, no es necesario perder el tiempo con voces como las de la Asociación Valenciana de Empresarios (AVE) a través de la cual armadores como Vicente Boluda o grandes distribuidores como Juan Roig reclaman la actividad económico como si aquí no pasara nada. Da la sensación de que no es que no les importe la salud sino que la suya se deteriora cuando no oyen el “clin clin” de las cajas registradoras.
El otro día, también en su nombre, el expresidente del Gobierno Felipe González, hoy miembro del Consejo de Administración de la empresa de Boluda, reclamaba grandes consensos mientras se burlaba de la presencia de Podemos en el Gobierno. La derecha siempre pide consensos cuando pierde las elecciones. ¿Por qué no consensuó el PP la reforma laboral, la ley mordaza o la guerra de Irak? Pues porque gobernaba y no los necesitaba. Cuando la derecha gana las elecciones gobierna, normal, y cuando las pierde, la izquierda no pude gobernar porque hay que consensuar. La ley del embudo. Ya está bien de apelar al consenso. El consenso es una figura excepcional y de naturaleza no democrática ya que implica que la minoría puede vetar a la mayoría. Si, en su momento, se hubieran tenido que consensuar decisiones como las vacaciones pagadas, el divorcio, los impuestos progresivos, la igualdad de género, las bajas laborales, la separación Iglesia- Estado, el matrimonio homosexual, la abolición de la esclavitud o el derecho a la huelga, por no alargarme, todavía estaríamos esperando.

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