miércoles, 29 de enero de 2020

REFLEXION URGENTE SOBRE LA DECLARACIÓN DE EMERGENCIA CLIMÁTICA: LO QUE URGEN SON HECHOS

 El nuevo gobierno de Pedro Sánchez, en su primera reunión (Foto: EFE)


Los señores y señoras de la foto nos dicen que tenemos que conciliar el progreso de la industria española con la sostenibilidad y la descarbonización. No parece sencillo, ¿verdad? Pues, precisamente, por eso creo que mencionarlo es el punto de partida ideal de este articulo que pretende revisar la reciente Declaración  de Emergencia Climática aprobada por el Gobierno. La citada conciliación la encontramos, concretamente, en el compromiso número 24 del documento.
La clave está en saber qué es primero, qué está supeditado a qué. Porque, no nos engañemos, progreso industrial, sostenibilidad y descarbonización son términos de muy complicada compatibilidad. Claro que el sentido común indica que la sostenibilidad es lo primordial porque sin ella no hay nada, pero la dura realidad es que el progreso industrial, léase incremento de los beneficios económicos, ha estado siempre por delante de la sostenibilidad, y, precisamente por eso, hemos llegado a donde hemos llegado. Sólo un dato, el famoso Protocolo de Kyoto, que pretendía una reducción importante de las emisiones a nivel mundial, se firmó en 1997. Pues bien, en los siguientes 20 años las emisiones crecieron más que en los 20 años previos a Kyoto.
Digo todo esto que sé que suena a incredulidad porque la Declaración del Gobierno Sánchez no es un documento fruto del trabajo de un grupo de científicos, ni es obra de profesores universitarios, ni de divulgadores cargados de buena voluntad. No. La Declaración es obra de un Gobierno. Por tanto más importante que lo que dice, por bien que suene, es lo que se haga. La acción es lo que define y por lo que se tiene que juzgar a quien nos gobierna.
Suena bien lo de cumplir París, lo del cambio climático como reto y oportunidad, el reconocimiento del Mediterráneo como zona especialmente vulnerable, la total aceptación de que es nuestra calidad de vida la que está en juego y lo de que no se puede profundizar en las desigualdades. Me chirrían, en cambio, las abundantes apelaciones a la mejora de la competitividad, al fortalecimiento industrial, al incremento de la productividad. Cal y arena repartidas a partes iguales. Volvemos al principio: estaría bien definir qué es lo primero, no vaya a ser que cada cual entienda una cosa y acabemos en un pulso entre el gran  poder económico y la inmensa mayoría social que, como siempre en estos casos, se decante a favor de quien más tiene.
La Declaración de Emergencia Climática del Gobierno Sánchez es ambigua, redactada en unos términos de clásica corrección política y deja muchas dudas. Les pongo una frase de la introducción del documento como ejemplo, estudiadísima. Habla de ”encauzar el proceso de transformación en positivo de nuestra economía y de nuestra sociedad que se basa en la ciencia, en el principio de prudencia económica”. ¡Ole! Es un párrafo de “bienquedismo político” en estado puro que esconde una trampa y una contradicción:
1.     La trampa: En forma de “excusatio non petita”, al hablar de “transformación en positivo de nuestra economía”. ¿En positivo? Claro, quedaría mal hablar de transformación negativa pero a eso vamos, y no es malo. Cada vez son más la voces que mantienen que la Transición Ecológica que se precisa no se puede hacer fuera del marco del decrecimiento, cosa que es perfectamente compatible con una prosperidad compartida, con la reducción de las desigualdades y con un aumento de la felicidad de las personas. Pero conviene explicarlo y no mantenernos en imágenes y discursos tramposos y antiguos.
2.     La contradicción: Cuando dice que la transformación en positivo de la economía se tiene que hacer en base al principio de “prudencia económica”. Es contradictorio porque, justamente, ese principio mantiene que los riesgos deben ser tenidos en cuenta desde el mismo momento que se tiene noticia de ellos. Si en el tema que nos ocupa el citado precepto se hubiese considerado, no estaríamos en situación de emergencia.

Lo dicho, estamos ante un documento gubernamental, por tanto, se deberá analizar en que hechos se concreta. Una ojeada a las 30 compromisos de la Declaración me suscita algunas preguntas:
Agua, ¿recuperaremos acuíferos? ¿Salvaremos nuestras masas de agua? ¿Pondremos pie en pared ante el aumento de la demanda de una agricultura intensiva y suicida?
Desigualdades, ¿buscaremos el dinero allá donde lo tienen los grandes defraudadores para equilibrar rentas?
Productos energéticos fósiles, ¿dejaremos de subvencionar por tierra, mar y aire a los Florentino, Iberdrolas, Botines y similares para que sigan hablando en verde y actuando en marón?
Sector financiero, ¿los usaremos como palancas para pagar la Transición Ecológica o seguiremos perdonando sus deudas ahora y en la hora de nuestra muerte?
Fiscalidad, ¿pagarán más y más y más los que más y más y más contaminan?
Género, ¿se movilizará el dinero necesario para acabar con la esclavitud femenina de los cuidados?
Pobreza Energética ¿de verdad se les piensa cerrar el grifo a las Endesas, Iberdrolas y similares? ¿ Se reducirá de una vez la parte fija de las facturas?
Movilidad, ¿el ministerio de Transportes dejará de ampliar autopistas y autovías a costa de zonas verdes y de huerta como, por ejemplo, está sucediendo ahora mismo en Valencia?
Salud, ¿contaminar llevará gente a la cárcel? ¿Puertos del Estado piensa reconsiderar sus actividades en instalaciones que están en el centro de grandes ciudades?
Desarrollo rural,  los pagos por servicios ambientales, ¿para cuándo? ¿Y el final de la dictadura de las grandes superficies sobre los agricultores?
Consumo, economía circular y residuos cero, ¿ Y si Ecoembes, Coca-Cola, Mercadona o Danone se enfadan?
Turismo, ¿extenderemos la tasa turística o seguiremos financiando con el dinero de todos los excesos del modelo?
Protección de la costa, ¿se acabaron los puertos invasivos que crecen y crecen acabando con su entorno?

Bienvenida la Declaración. Avanzamos, diplomáticamente avanzamos. Suena bien. Aunque le falta una nota: resulta extraño que “Transición Ecológica” no aparezca en todo el texto que está promovido por un ministerio (Vicepresidencia) precisamente con ese nombre. Pero, lo dicho, suena bien…

martes, 7 de enero de 2020

ENTRETANTO SUS SEÑORÍAS SE INSULTABAN...

Pese a los acuerdos internacionales, las emisiones contaminantes no van a menos sino a más (Foto: Istock)


Durante la interesante y larga, también triste, doble sesión de investidura de Pedro Sánchez, entretanto, mientras se negociaba, mientras se cruzaban descalificaciones, mientras volvía lo peor del “Santiago y cierra España”, mientras, también, se hacían discursos cargados de razón democrática y preocupación, mientras se pasaba de puntillas por una imprescindible transición ecológica, la emergencia climática seguía, es más, crecía. Dicho de otra forma, mientras sus señorías se insultaban nuestras hijas e hijos continuaban respirando un aire que les envenena, en un mundo cada día menos acogedor. Cada minuto perdido hoy es un poco más de sufrimiento en el futuro.

La previsión para 2019 es que, de nuevo, las emisiones de CO2 a la atmósfera, lejos de disminuir, crecerán. Se calcula, dicen los expertos, que 2019 se cerrará con un aumento alrededor del 0’6% respecto a 2018. No está mal. Hay que recordar que el año pasado ya subieron un 2’7 y el anterior un 1’6. Teniendo en cuenta que para no pasar del 1’5 grados de aumento de la temperatura que se comprometió en la Cumbre de París de 2015 debería haber una reducción de emisiones superior al 7’5% anual de aquí hasta 2030, no vamos bien. Un dato más: cumpliendo lo acordado en París, que, por cierto, nadie parece dispuesto a revisar, no bajaríamos de los 3’2 grados de aumento de las temperaturas y si seguimos como hasta ahora, y no hay atisbo en contrario, nos acercaremos a los 4 grados. Más de la mitad de todas las emisiones desde el inicio de la era industrial se han dado en los últimos 25 años. Y, por supuesto, somos los ricos los que más contaminamos, de largo.




Ciertamente, las energías renovables son un 80% más baratas hoy que hace 10 años y su implantación crece a un ritmo del 15% anual pero, pese a todo, no compensamos el incremento del uso (y abuso) de las fósiles.

Además, mientras, por ejemplo, Adolfo Suárez, el hijo, se ponía follóricamente de espaldas cuando hablaban los portavoces de Bildu, la presencia de CO2 en la atmósfera, que se cuenta por partículas por millón (ppm), rozaba ya las 414. Las medias van subiendo a un ritmo de 3 ppm por año. En 2045 podemos estar por encima de las 500. Algo inédito desde hace 16 millones de años, cuando la temperaturas estaban casi 8 grados por encima de las actuales y el nivel del mar unos 40 metros más alto. En 1990 estábamos en 350 ppm y se decía que 400 era una línea roja. La hemos traspasado y la ciencia considera que pisamos un terreno desconocido. El reino de la incertidumbre. La contaminación mata alrededor de 9 millones de personas en el  mundo cada año. Según el IPCC de Naciones Unidas,  la diferencias de muertes según se incremente la temperatura 1’5 grados o 2 son 150 millones de personas, tres veces el número de muertos provocados por la II Guerra Mundial.

Llevamos muchas horas, días, años hablando del deseo de independencia de Catalunya, de referéndums, de negociaciones, de gente injustamente en la cárcel, un tema perfecto para envolverse en la bandera y predicar. Pero no hay bandera que nos salve de lo que puede venir porque, entretanto, hemos visto el Amazonas devastado por las llamas, inmensas masas boscosas calcinadas en Estados Unidos, en Grecia, en Portugal… Ahora Australia. Cinco millones de hectáreas arrasadas, más de 20 personas muertas, más de 500 millones de animales. Columnas de humo que llegan hasta Argentina. Imposible calcular las pérdidas económicas. Como incalculable fue el coste material y humano de las recientes inundaciones en Alicante o hace unos meses más en Andalucía o las Baleares. Grandes sequías y grandes inundaciones son el pronóstico para la cuenca mediterránea. Y no será que no nos estén llegando los avisos.

Nos retumban los oídos después de tanto exabrupto proferido, quien lo diría, por señores y señoras de supuesta exquisita educación pero, mientras, vivimos un invierno con demasiados días pasados en mangas de camisa. Los últimos cuatro años han sido los de mayores temperaturas desde que en 1880 se empezaron a recoger datos. La cuenca mediterránea es una zona especialmente afectada. También en cuanto a la temperatura del mar. Casi 2 grados de aumento en los últimos 35 años. Desde el año 2.000 venimos batiendo los récords históricos. Este año, otra vez. Tenemos veranos más largos y más noches por encima de los 20 grados. Las enfermedades tropicales  llaman a nuestras puertas. Los Pirineos van camino de parecerse a los montes del norte de Marruecos. Igual que los mares son inmensos vertederos de plástico que acaba en nuestros cuerpos vía el pescado que consumimos.

La mitad del Congreso de los Diputados que ha votado la investidura de Sánchez, ciertamente la mitad que ha votado no, desliga implícita o explícitamente la acción humana de toda responsabilidad en la situación de emergencia climática que vivimos. Incluso suponiendo que, contra la opinión de toda la comunidad científica y contra lo que dicta el sentido común, tuvieran razón sería una inmensa irresponsabilidad seguir de brazos cruzados. Argumentar que nosotros no tenemos la culpa de que el tren se haya quedado sin frenos para, como si nada, seguir cómodamente sentados en la vía por donde el convoy circula desbocado es de locos. Perder el futuro, el nuestro y el de nuestros hijos, por no cambiar el presente es de cobardes.

viernes, 3 de enero de 2020

BIENVENIDO EL GOBIERNO MÁS VERDE DE LA HISTORIA


Pablo Iglesias y Pedro Sánchez, en el Congreso de los Diputados, después de hacer público su acuerdo para conformar Gobierno. (Foto: EFE)


El “Acuerdo Progresista” entre el PSOE y Unidas Podemos, el que debe dar el gobierno más de izquierdas que haya tenido España en, al menos, los últimos 80 años es, leído en clave de ecología política, un paso adelante que abre la puerta al imprescindible proceso, ya en boca de todos, de una transición ecológica.

Ya no se trata de crear un Ministerio para la Transición Ecológica sino que armar un programa que la tiene en cuenta a la hora de definir las principales políticas a llevar a cabo.

Ahora lo que se precisa es, como tantas veces y en tantos marcos se ha dicho, pasar de las palabras a los hechos. Una transición no es una ruptura, no es un volantazo, no es un puñetazo en la mesa pero tampoco puede quedarse en un papel, en una declaración o en buenas intenciones. El proceso es urgente. Nuestra supervivencia en el planeta está en peligro. Nuestra calidad de vida es ficticia, se basa en la depredación de unos recursos finitos. El nivel de sufrimiento al que vamos a someter a nuestros hijos es impropio del amor que decimos tenerles.

Llama la atención que en la introducción del acuerdo no se haga ninguna referencia a la cuestión, así como el hecho de que en el primer párrafo de la declaración hasta por dos veces aparezca el término “crecimiento sostenible” que es un eufemismo para decir que pretende contentar a unos y a otros. Crecimiento y sostenibilidad son términos antitéticos y cuanto antes encontremos otra palabra para definir la necesidad de poder vivir bien, todos y todas, dentro de los límites del planeta más deprisa se podrá hacer la transición al modelo productivo, económico y de vida que necesitamos. Hablar de prosperidad compartida es bastante más realista inmersos como estamos en un proceso de decrecimiento en terminos productivos que debemos ser capaces de organizar sin que, como hasta ahora, lo paguen los más vulnerables .

Por contra, es muy positivo que se considere la despoblación rural como un problema clave a combatir (está en el apartado 1.1 y todo el 8 también se le dedica) y que el futuro del trabajo también se revise a partir de los desafíos ecológicos (1.2). También lo es que se hable de rehablitación de viviendas (2.9.2) y de favorecer los alquileres y no de nuevas burbujas inmobiliarias a costa del territorio.
Se echa en falta alguna referencia concreta a la necesaria reducción de los horarios laborales, a un nuevo modelo de reparto del trabajo. En toda Europa ya se está avanzando en esta dirección porque ese es un aspecto clave en el proceso de Transición Ecológica. A ver si la prometida ley de Usos de Tiempo (1.10) empieza a transitar este camino.

El apartado 3 del acuerdo, el que hace referencia a la lucha contra el Cambio Climático, podría haber ido un poco más allá empezando por el propio título. El Congreso de los Diputados reclamó al gobierno el pasado mes de septiembre la declaración de Emergencia Climática. Eso es lo que debería haber constado en el encabezamiento.

Dicho esto, bienvenido el compromiso de la aprobación, por fin, de una Ley de Cambio Climático (yo también la llamaría de Emergencia Climática) y Transición Energética y de la reforma el sistema eléctrico.

Las cuatro páginas dedicadas a este apartado tres representan un declaración de intenciones que invita al optimismo pero que es preciso acompañar con atención y con la presión ciudadana suficiente para que los grandes grupos empresariales y financieros no las conviertan en un maquillaje verde de las políticas marrones de siempre.

No son cuestiones menores introducir el concepto de transición justa (punto 3.3) aunque debe ir más allá de los trabajadores del carbón y las nucleares, ni es poca cosa una Ley de plásticos de un solo uso (3.4) pero que sea para reforzar la responsabilidad ampliada de los productores y no para castigar al consumidor. Fomentar el autoconsumo (3.5) viniendo de donde venimos es un anuncio halagüeño y la creación de un fondo de compensación de daños medioambientales (3.6) un buena iniciativa para hacer realidad que quien contamina paga y que los costes ambientales no puede obviarse.

El anuncio de una Ley de Movilidad Sostenible (3.8) que apueste por el transporte público y la electrificación de los vehículos, así como las distintas referencias a planes de mejoras en nuestros acuíferos (3.9) y a facilitar por la gestión pública y directa del agua (3.10) son buenas noticia pero en ambos apartados hay formulaciones que intranquilizan. Esperemos que las apelaciones a “promover inversiones productivas y sostenibles en los puertos” no quiera decir nuevas ampliaciones que acaben asfixiando las ciudades y que “garantizaremos el agua potable y de riego al mismo tiempo que se protege el medio ambiente” no signifique que mantendremos el mito de “agua para todos” como irresponsablemente hizo siempre el Partido Popular.

Muy interesante también el anuncio de una futura Ley de Bienestar Animal (3.16) que no cita ni los toros ni la caza pero que serán temas que no se podrán quedar fuera.

En el apartado dedicado a la industria suena muy bien el compromiso de un Plan de Desarrollo Industrial con el horizonte 2030 para la Transición Ecológica y al descarbonización (4.9) pero, en cambio, inquieta que se siga hablando de “crecimiento económico” como gran objetivo aunque sea referido a la revolución digital (4.1).

Coherente con la preocupación por el despoblamiento es el fomento de la compra de alimentos de proximidad y con criterios ecológicos (4.14) y la referencia una política forestal que ayudes a crear empleo de calidad en las zonas rurales (4.15) y, en ese sentido, reforzar las medidas de prevención de incendios (4.16) no en clave de extinción sino ligándolo a la mencionada política forestal resulta esperanzador.

Muy inconcreta es la referencia a la Estrategia de Turismo Sostenible 2030 (4.12). Sabemos el tipo de turismo que tenemos. La depredación de nuestras costas es su efecto más evidente. Su reconversión se intuye complicada y llena de obstáculos por más que el cambio en las temperaturas y en el nivel del mar la haga especialmente urgente.

A lo largo del texto hay dos referencias al Green New Deal (apartado 3.2 referido a la rehabilitación de viviendas y 11.2 sobre la necesidad de impulsarlo a nivel europeo). Sabemos que el Green New Deal es una propuesta discutida y discutible que pretende algo que a mi me parece imposible que es reverdecer el capitalismo. Pero, y vuelvo al principio, la Transición Ecológica no es un decreto sino un proceso y el Green New Deal puede formar parte de él si se gobierna adecuadamente. En ese sentido, facilitar fondos para el proceso de transición es fundamental y, yendo a lo que dice el documento, establecer “un impuesto europeo sobre el CO2 en frontera” puede ser muy útil.

Para acabar, solo una cosa más que me estoy alargando más de lo que quería. Se apuntan posibles cambios constitucionales únicamente para rebajar la edad de voto (5.7) y para reducir el aforamiento de los políticos (2.11.7). Se echa de menos alguna modificación “verde” que podría ayudar mucho al proceso de Transición Ecológica.

Llega el momento de pasar a la acción. Atentos.