miércoles, 27 de mayo de 2015

El dilema del PP: ser banda o ser partido

De izquierda a derecha, Cristina Cifuentes, Mariano Rajoy y Esperanza Aguirre, paseando por Madrid en bicicleta durante la reciente campaña electoral (Foto:EFE)



Vamos a empezar por lo concreto: la debacle del Partido Popular en estas elecciones autonómicas y municipales (“qué hostia, qué hostia…”, en palabras de Rita Barberá) es la consecuencia de ser un partido corrupto, y no tiene solución, al menos a corto plazo, porque no son un partido democrático.

Cuando digo corrupto no me refiero solo a su condición de banda metida en delitos sino, también, a su abuso de las instituciones contra los intereses de la mayoría de la ciudadanía. Eso es lo que la gente les ha cobrado: tanto tiempo de mentiras, tanto maltrato, tanto servicio a los ricos, tanto desprecio a los pobres. Y, además, robando.

La gente, mucha gente, ya no llega a final de mes, con faena, llegan a medio mes, y algunos, ni eso. Los discursos de “las cosas están mejorando” se perciben como burla y si además, por culpa de la evidencia de que roban,  han perdido toda credibilidad, las “buenas noticias” se tornan contra quien las da.

Por eso han salido derrotados de  estas elecciones. Las han perdido porque la gente ha perdido el miedo, porque, a muchos, ya no les queda ni miedo. No queda sitio para el discurso de “nosotros o el caos”. La mayoría de la gente ahora percibe al PP precisamente como el caos.

Y así las cosas, a unos meses de las generales, cunde el pánico. Primero se perdió en las Europeas; ahora, más todavía, en las Autonómicas y Municipales; lo próximo será el hundimiento en las Generales.  Es urgente cambiar. Los barones regionales, tan calladitos hasta ahora, ya alzan la voz. Ahora resulta que Rajoy es el malo, que Cospedal es una inútil, que Hernando no es el adecuado… El andaluz Moreno Bonilla ha dicho, explícitamente, que hay que hacer cambios: “de caras, de formas, de estrategias…”. Pues no, el PP, al menos este PP, no tiene solución. No es cosa de cambios. Es necesario empezar de cero.

Pensar que la necesidad de cambio tiene que ver con las formas, las caras o la estrategia es no haber entendido nada. Es como lo de “tenemos un problema de comunicación”. Error. El drama del PP no es que comunique mal, el drama es que solo produce malas noticias. Una detrás de otra. Y no hay posibilidad de cambio verdadero porque sus estructuras y sus formas de funcionar son de base autoritaria. El problema del PP es que sigue siendo un partido con raíces en el franquismo, caudillista y antidemocrático. No es cosa de formas, es cosa de adaptar los métodos de funcionar, la organización, a la democracia: debate, crítica interna, asunción de responsabilidades, horizontalidad, transparencia… Desde la derecha, pero democracia. ¿O no se puede ser de derechas y democrático? Sí, ¿verdad? Pues eso es lo que le falta al PP.

Lo he dicho al principio, corrupción y falta de democracia son las dos etiquetas de lastran al PP y hacen inútil cualquier intento de cambio cosmético que posibilite  su recuperación. Un partido que funciona como una mafia es imposible que sea democrático. Por tanto, tienen que empezar por caer todos los dirigentes que, de una manera u otra, están ligados a este presente y pasado mafioso del PP. El primero, claro está, Mariano Rajoy y, luego, todos los demás. No será sencillo. Igual no se salva ni el conserje. Bueno, en el pecado llevan la penitencia. Tantas complicidades han hecho que no queden inocentes.


Limpiar el partido y cambiar las políticas, esa  es la receta. No puede ganar ininterrumpidamente quien gobierna contra la gente. Eso no quiere decir que tengan que hacer políticas de izquierdas. ¿Son de derechas? Pues que hagan políticas de derechas pero que no sean depredadoras. Igual estoy pidiendo demasiado. A lo mejor sí. En todo caso, si no se deciden por un cambio de verdad, tampoco pasa nada, casi mejor: así tardarán más en volver al gobierno.

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