jueves, 8 de enero de 2015

Nuestro Mahoma se llama Felipe VI

Esta portada de "El Jueves" de julio del 2007 fue secustrada por orden judicial, y sus autores multados, por considerarla una injuria a la Familia Real. 



Pasados dos días del brutal atentado contra la revista satírica francesa “Charlie Hebdo”, ya puedo hacer tranquilamente comentarios a contracorriente sobre el suceso sin tener que pasar obligatoriamente por amigo de los terroristas, persona insensible o cosas similares.

Bestialidades como la vivida miércoles en París no tienen justificación posible, ni perdón de Dios por más que se hagan en su nombre. Todas las muertes provocadas por los fanatismos cuestan de comprender, pero si el fanatismo es religioso, todavía es más difícil, puesto que matar en nombre de aquello de cuya existencia nadie tiene pruebas es delirante. Lo que pasa es que no tener justificación no quiere decir no tener causas. En este sentido, pensar que en un mundo tan injusto como en el que vivimos, donde los países occidentales pueden invadir Irak y provocar más de un millón de muertos civiles, puede haber alguien absolutamente a salvo, es una ingenuidad. Las situaciones desesperadas facilitan los comportamientos irracionales de las personas. Por lo tanto, aunque sólo fuera para favorecer nuestra seguridad, bueno sería buscar un mundo menos desigual y no sacrificar la justicia por el beneficio económico de unas minorías que, habitualmente, ellos sí, viven blindados. Los 25.000 inmigrantes muertos que llevamos en el Estrechado de Gibraltar desde el año 2000, hablan también de un planeta injusto y, por lo tanto, inseguro, que nos pensamos que nunca nos afectará a nosotros pero que, a veces, nos estalla en la cara.

La simulada ignorancia occidental ante la desesperación de los marginados del mundo es un ejercicio de hipocresía, igual que lo son muchas de las apelaciones a la libertad de expresión que se han escuchado en las últimas horas aprovechando la condena del múltiple asesinado de París.

Cierto, matar por los contenidos de una revista es, seguramente, el más extremo de los ataques a la libertad de expresión pero hay otras formas de abuso equivalente que se practican cotidianamente entre nosotros. Cada día se perpetran en España múltiples atentados contra la libertad de expresión, menos sangrientos que el de París, ciertamente, pero más efectivos que un tiroteo. Los islamistas radicales, ni con los asesinatos, no conseguirán evitar que en Francia, o en cualquier otro rincón del mundo, se continúe caricaturizando a Mahoma, en cambio, en nuestro país, diariamente se censuran informaciones sobre bancos, grandes empresas o gobernantes de todo tipos, y no pasa nada.

Escuchar el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, el de la “ley mordaza”, decir que las muertes de París son un atentado contra la libertad de expresión, “la esencia de la democracia”, cuando su partido, el Partido Popular, es una máquina de censura y manipulación informativa, resulta vergonzoso. Tener que contemplar como La Razón o el ABC, ejemplos de periodismo-basura, sacan la bandera libertaria parece una broma; igual que suena patético el rey Felipe, jefe de la institución más hermética y opaca del Estado, cuando se refiere a valores democráticos como el de la libre expresión.

Tendría que recordar el rey, y con él, todos nosotros, que un atentado contra la libertad de expresión fue también, y de los grandes, el secuestro en 2007 de la revista “El Jueves” (nuestra “Charlie Hebdo”) por orden de la Audiencia Nacional por una portada en la cual se veía una caricatura de los entonces príncipes Felipe y Letízia practicando sexo. El fiscal argumentó que “el que ataca a la Familia Real ataca a tos los españoles” y quien en aquel momento era presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, no quiso opinar al respeto pero destacó la tarea del príncipe. El portavoz parlamentario del PSOE, Diego López Garrido, dijo que el secuestro era “sólo” cumplir la ley y la vicepresidenta Teresa Fernández de la Vega también se mostró comprensiva con la decisión judicial. Al final, los autores de la caricatura, Guillermo Torres y Manel Fontdevila, acabaron condenados a una multa de 3.000 euros. Y podía haber sido peor porque los artículos 490 y 491 de nuestro Código Penal, tan sensible a la protección del rey como los integristas a la de Mahoma, mantiene que “quién calumnie o injurie al rey o a cualquier de sus ascendientes o descendentes... será castigado a una pena de prisión de seis meses a dos años”.

Esta portada de junio de 2014 nunca llegó a los kioscos porque la dirección de "El Jueves" la censuró, con la orden añadida de que nunca más se caricaturizara a la Familia Real en la primera página de la revista.


Siete años más tarde, en junio de 2014, la historia se repitió. La dirección de “El Jueves” obligó a cambiar una portada cuando ya se habían imprimido 60.000 ejemplar para evitar que llegara a la calle un dibujo sobre la abdicación del rey Juan Carlos en la cual se le caricaturizaba entregándole a su hijo Felipe una corona sucia y llena de moscas. A raíz de esto, los antes mencionados Torres y Fontdevila abandonaron “El Jueves” y explicaron que habían recibido órdenes concretas de no poner nunca más a la Familia Real en la portada de la revista.

Hoy mismo se ha conocido que la Audiencia Nacional ha imputado a un presentador de un programa de humor de La Tuerka TV por un gag donde parodiaba la posible disolución del PP cómo si se tratara de una banda terrorista.

Así que, muy bien, condenemos todos juntos el brutal asesinato de “Charlie Hebdo” pero menos ponerse la defensa de la libertad de expresión en la boca aquellos que, precisamente, son los primeros en cargársela cuando mínimamente los molesta. No ser un asesino no es sinónimo de ser demócrata, y no es demócrata quién atenta contra la libertad de expresión aunque sea sin sangre. La condición de demócrata se gana por lo que se hace (o no se hace), y ni el gobierno de España, ni la Familia Real están en condiciones, precisamente,  de ponerse como ejemplo de comportamientos democráticos.

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