lunes, 26 de enero de 2015

Podemos i el sucursalisme valencià


Pablo Iglesias abans de començar la seua intervenció en el míting de Podemos a València. (Foto: MAO)

Després de molts mesos d'estar governats des de Berlín (i qui diu Berlín, diu Brussel·les), els grecs van cridar ahir que volen governar-se ells. Sembla raonable. Cap govern pot ocupar-se millor dels problemes, les il·lusions, els anhels i les necessitats d'un país que aquell que respon a les demandes directes dels seus ciutadans sense passar per instàncies intermèdies. 

De governs dirigits amb comandament a distància en sabem prou al País Valencià. De fet, no coneixem altre model. Ho vàrem patir quan, durant els anys de govern socialista, Joan Lerma passava diàriament per taquilla d'Alfonso Guerra fins al punt d'haver-se de rendir-se amb armes i bagatges al blaverisme. Madrid li permetia a Lerma que fera el que volguera amb el partit (així li ha anat al PSPV) però era Madrid qui, de fet, manava al País Valencià, ja que reclamar, protestar o reivindicar més i millor autogovern era pena de mort. Fins i tot el post-lermisme va estar tutelat per l'Executiva espanyola del PSOE que va avortar qualsevol intent de veritable renovació quan es va intentar a finals dels 90 del segle passat. 

lunes, 12 de enero de 2015

Si ellos son “Charlie”, yo soy “Hebdo”

Los líderes políticos no desfilaron "junto" a la gente sino "aislados" y rodeados de guardaespaldas. Esta fotografía del periódico Le Monde es prácticamente la única donde se aprecie que los gobernantes mundiales estaban separados del resto de manifestantes. La inmensa mayoría de imágenes que se han visto en los grandes medios están hechas desde la calle y no se aprecia el detalle de la distancia entre grupos. (Foto:Le Monde)

Lo siento mucho pero  si ellos “son Charlie” que lo sean, pero, entonces, yo dejo de serlo. Viendo ese ejército de hipócritas poderosos que el domingo se hicieron un miserable selfie en el centro de París, blindados de la gente y enarbolando la bandera la bandera de la libertad que cotidianamente machacan, yo, desde la más sincera solidaridad con los asesinados de la revista Charlie Hebdo, me borro del cartel. Yo no puedo ser lo mismo que esos amos del universo que pretenden disfrazarse de víctimas cuando son, sin lugar a dudas, parte de los verdugos.

jueves, 8 de enero de 2015

Nuestro Mahoma se llama Felipe VI

Esta portada de "El Jueves" de julio del 2007 fue secustrada por orden judicial, y sus autores multados, por considerarla una injuria a la Familia Real. 



Pasados dos días del brutal atentado contra la revista satírica francesa “Charlie Hebdo”, ya puedo hacer tranquilamente comentarios a contracorriente sobre el suceso sin tener que pasar obligatoriamente por amigo de los terroristas, persona insensible o cosas similares.

Bestialidades como la vivida miércoles en París no tienen justificación posible, ni perdón de Dios por más que se hagan en su nombre. Todas las muertes provocadas por los fanatismos cuestan de comprender, pero si el fanatismo es religioso, todavía es más difícil, puesto que matar en nombre de aquello de cuya existencia nadie tiene pruebas es delirante. Lo que pasa es que no tener justificación no quiere decir no tener causas. En este sentido, pensar que en un mundo tan injusto como en el que vivimos, donde los países occidentales pueden invadir Irak y provocar más de un millón de muertos civiles, puede haber alguien absolutamente a salvo, es una ingenuidad. Las situaciones desesperadas facilitan los comportamientos irracionales de las personas. Por lo tanto, aunque sólo fuera para favorecer nuestra seguridad, bueno sería buscar un mundo menos desigual y no sacrificar la justicia por el beneficio económico de unas minorías que, habitualmente, ellos sí, viven blindados. Los 25.000 inmigrantes muertos que llevamos en el Estrechado de Gibraltar desde el año 2000, hablan también de un planeta injusto y, por lo tanto, inseguro, que nos pensamos que nunca nos afectará a nosotros pero que, a veces, nos estalla en la cara.

La simulada ignorancia occidental ante la desesperación de los marginados del mundo es un ejercicio de hipocresía, igual que lo son muchas de las apelaciones a la libertad de expresión que se han escuchado en las últimas horas aprovechando la condena del múltiple asesinado de París.

Cierto, matar por los contenidos de una revista es, seguramente, el más extremo de los ataques a la libertad de expresión pero hay otras formas de abuso equivalente que se practican cotidianamente entre nosotros. Cada día se perpetran en España múltiples atentados contra la libertad de expresión, menos sangrientos que el de París, ciertamente, pero más efectivos que un tiroteo. Los islamistas radicales, ni con los asesinatos, no conseguirán evitar que en Francia, o en cualquier otro rincón del mundo, se continúe caricaturizando a Mahoma, en cambio, en nuestro país, diariamente se censuran informaciones sobre bancos, grandes empresas o gobernantes de todo tipos, y no pasa nada.

Escuchar el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, el de la “ley mordaza”, decir que las muertes de París son un atentado contra la libertad de expresión, “la esencia de la democracia”, cuando su partido, el Partido Popular, es una máquina de censura y manipulación informativa, resulta vergonzoso. Tener que contemplar como La Razón o el ABC, ejemplos de periodismo-basura, sacan la bandera libertaria parece una broma; igual que suena patético el rey Felipe, jefe de la institución más hermética y opaca del Estado, cuando se refiere a valores democráticos como el de la libre expresión.

Tendría que recordar el rey, y con él, todos nosotros, que un atentado contra la libertad de expresión fue también, y de los grandes, el secuestro en 2007 de la revista “El Jueves” (nuestra “Charlie Hebdo”) por orden de la Audiencia Nacional por una portada en la cual se veía una caricatura de los entonces príncipes Felipe y Letízia practicando sexo. El fiscal argumentó que “el que ataca a la Familia Real ataca a tos los españoles” y quien en aquel momento era presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, no quiso opinar al respeto pero destacó la tarea del príncipe. El portavoz parlamentario del PSOE, Diego López Garrido, dijo que el secuestro era “sólo” cumplir la ley y la vicepresidenta Teresa Fernández de la Vega también se mostró comprensiva con la decisión judicial. Al final, los autores de la caricatura, Guillermo Torres y Manel Fontdevila, acabaron condenados a una multa de 3.000 euros. Y podía haber sido peor porque los artículos 490 y 491 de nuestro Código Penal, tan sensible a la protección del rey como los integristas a la de Mahoma, mantiene que “quién calumnie o injurie al rey o a cualquier de sus ascendientes o descendentes... será castigado a una pena de prisión de seis meses a dos años”.

Esta portada de junio de 2014 nunca llegó a los kioscos porque la dirección de "El Jueves" la censuró, con la orden añadida de que nunca más se caricaturizara a la Familia Real en la primera página de la revista.


Siete años más tarde, en junio de 2014, la historia se repitió. La dirección de “El Jueves” obligó a cambiar una portada cuando ya se habían imprimido 60.000 ejemplar para evitar que llegara a la calle un dibujo sobre la abdicación del rey Juan Carlos en la cual se le caricaturizaba entregándole a su hijo Felipe una corona sucia y llena de moscas. A raíz de esto, los antes mencionados Torres y Fontdevila abandonaron “El Jueves” y explicaron que habían recibido órdenes concretas de no poner nunca más a la Familia Real en la portada de la revista.

Hoy mismo se ha conocido que la Audiencia Nacional ha imputado a un presentador de un programa de humor de La Tuerka TV por un gag donde parodiaba la posible disolución del PP cómo si se tratara de una banda terrorista.

Así que, muy bien, condenemos todos juntos el brutal asesinato de “Charlie Hebdo” pero menos ponerse la defensa de la libertad de expresión en la boca aquellos que, precisamente, son los primeros en cargársela cuando mínimamente los molesta. No ser un asesino no es sinónimo de ser demócrata, y no es demócrata quién atenta contra la libertad de expresión aunque sea sin sangre. La condición de demócrata se gana por lo que se hace (o no se hace), y ni el gobierno de España, ni la Familia Real están en condiciones, precisamente,  de ponerse como ejemplo de comportamientos democráticos.

viernes, 2 de enero de 2015

Las Campanadas (de Canal Sur) y Canal 9

Imagen de la frustrada retransmisión de las Campanadas de Canal Sur. Los presentadores eran la actriz Ana Ruiz y el cocinero Enrique Sánchez.

Primera observación: Las personas, sean andaluces, valencianos, alemanes o peruanos, que juzgan su televisión pública por cómo da o deja de dar las 'Campanadas de Fin de Año' son carne de cañón, gente que, a pesar de vivir en democracia, no ha llegado plenamente al estadio de ciudadanos.

Segunda observación: Una televisión pública que pueda ser cuestionada, como si se acabara el mundo, por su retransmisión de las Campanadas es evidente que deja mucho que desear, que no es la televisión pública que necesita la comunidad a la cual supuestamente sirve.

 Así pues, si la miserable anécdota de las Campanadas de Canal Sur es un hecho trascendental, es que Canal Sur es una mala televisión pública, y si los andaluces se ponen en pie de guerra por el que pasó la noche del 31, es que necesitan urgentemente una verdadera televisión pública.

 Hablo de Andalucía pero los argumentos sirven para explicar, cosa que conozco bien, el pasado de Canal 9 y su cierre y, sobre todo, hay que tenerlos muy en cuenta si, como parece, hay voluntad política y social de que a partir del año que viene las cosas en el País Valenciano se puedan hacer de forma diferente a cómo se han hecho en los últimos años, medios públicos incluidos.

 El sentido de una televisión pública no tiene nada que ver con las 'Campanadas de Fin de Año', ni, en el caso andaluz, está ligado tampoco a la Semana Santa, la Feria de Abril o similares; igual que, en el País Valenciano, Canal 9 no existía para ofrecer retransmisiones de Fallas, de Hogueras o Entradas de toros de Segorbe. No, una televisión pública tiene que tener todo esto, vale, sí, pero su papel fundamental es informar a la gente de aquello que necesita saber para poder ejercer de ciudadano, dotarles de espíritu crítico y procurar acercarles las claves de aquello que cotidianamente le pasa. Las fiestas y celebraciones, como el fútbol, las nevadas o el estado de las playas, son de muy buen comentar, son cosas tan blancas que al poder le encantan, pero no pasan de ser contenidos complementarios.

 Es muy curioso, que en Canal Sur las Campanadas hayan desatado como nunca la caja de los truenos cuando llevan casi 30 años haciendo una programación infecta, unos informativos oficialistas hasta la médula y con un organigrama tan socialista como del PP era el de Canal 9 en sus últimos años. El twitt que publicó Canal Sur después de su error es significativo de la presión a la cual se vieron sometidos: "Consternados, se ha ordenado la apertura inmediata de una investigación que aclare lo ocurrido". Y ayer ya dimitió el director de Emisiones de la cadena.

 Ni su programación vulgar, antigua, tópica y casposa; ni sus informativos oficialistas, manipulados, manipuladores y sectarios; ni la elección de sus directivos siempre con el carné del PSOE en la boca; ni la carencia de programación infantil; ni el abuso de corridas de toros y misas... Nada de todo esto, la mayoría de andaluces, trabajadores de la casa incluidos, deben de pensar que ya está bien, que la España profunda, la que ya describía Machado cómo "de charanga y pandereta, cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María...", todavía es la que representa y explica Andalucía.

 La "consternación" venía de unas Campanadas mal dadas. Pues eso es un inmenso error. Quejarse de las Campanadas y olvidar la desinformación es cómo, en el terreno de la Sanidad, aceptar los diagnósticos equivocados pero poner el grito al cielo porque se ha muerto un ficus en la sala de espera de Urgencias. Y quien piense que se puede tener una buena sanidad o una buena educación allá donde hay una mala televisión pública que se lo haga mirar... El País Valenciano es el mejor de los ejemplos: es una Comunidad Autónoma en quiebra y se dio la campanada cuando hace un año Canal 9 fue a negro.  


(Este artículo es una versión en castellano del original publicado en valenciano en eldiario.es)