domingo, 13 de diciembre de 2015

Frenar el Cambio Climático pasa por cambiar el modelo económico


Solo las movilizaciones ciudadanas pueden obligar a los gobernantes a tomar, de verdad, medidas reales contra el Cambio Climático. (Foto: AP)


Llevo todo el fin de semana repitiéndomelo: igual no he entendido bien el documento final de la COP21 pero a mí me  suena a fraude. Cuanto más me lo miro, peor me parece. Y cuanto más oigo a los poderosos (o a sus voceros defenderlo sin base alguna como si de una nueva religión de usar y tirar se tratara) más me convenzo de que es un fraude.

Ya sé que los grandes líderes mundiales dicen que es un "acuerdo histórico", lo que pasa es que con sus trajes a medida, sus séquitos, sus coches oficiales y sus hoteles a mil euros la noche, con toda sinceridad, estos profesionales de los "hechos históricos" no me merecen ninguna credibilidad. Y si, encima, los datos les quitan la razón, pues todavía menos.

Se habla de acuerdo vinculante pero, en realidad, no hay nada obligatorio, ni ningún tipo de sanción para quien pueda incumplir los compromisos que se formulan. Curiosa manera de hacer vinculantes los acuerdos, ¿no?

Vale, acepto que ya hay, al menos formalmente, unanimidad internacional sobre la realidad del cambio climático y sobre la necesidad de reducir las emisiones para detenerlo. Muy bien. Si tenemos que celebrar eso, celebremos pero reconozcamos a la vez que eso ya estaba decidido antes de empezar la COP21 y que, por tanto, si ese es el botín, no hacía falta tanta reunión.

Yo tengo la sensación de que los acuerdos estaban más que negociados antes de empezar la cumbre. No me puedo creer que las grandes empresas, que los grandes intereses multinacionales vivan con el ¡ay! en el cuerpo de lo que pueda salir de dos semana de reuniones impredecibles. No me lo creo. Ni de lejos.

El gran éxito es haber acordado que se pone en dos grados el límite al aumento de la temperatura media del planeta. Muy bien, de acuerdo pero ¿cómo se piensa hacer? Sin descarbonización, ni neutralidad climática, que son dos términos que se han caído del acuerdo, ¿cómo se piensa hacer? La respuesta es con fe y paciencia. Se habla solo de llegar al límite de las emisiones "lo antes posible" y de ir reduciendo a partir de mediados de siglo. Lo que no dicen es que si no hay descenso ya de las emisiones en 2050 ya estaremos por encima de los mencionados 2 grados. Los números no cuadran.
Si la realidad, como reconocen todos los científicos,  es que para llegar a lo que se ha comprometido se debería estar en emisiones cero antes de 2050 y el texto fija esa fecha (en el mejor de los casos) para empezar a reducir, ¿de qué estamos hablando? ¿A quién quieren engañar? ¿Cómo pueden ser tan irresponsables?

Sin descarbonización, ni neutralidad climática, presentan como gran receta la compensación entre emisión de gases de efecto invernadero y la absorción o captura de C02. Sí, claro, las plantas y los bosques serán los compensadores y, además, se confía en los avances tecnológicos. Qué casualidad que sean las mismas empresas petroleras las que estén investigando en este terreno y apuesten por almacenar CO2 en grandes bolsas subterráneas. Negocio sobre negocio. Igual que es muy interesante recordar que casi una cuarta parte de los patrocinadores de la COP21 eran grandes corporaciones con intereses directos en explotaciones energéticas altamente contaminantes.

En mi artículo del mismo sábado del cierre de la COP21 ya apuntaba otras consideraciones que me hacen desconfiar absolutamente de lo acordado en París: las ayudas a los países mensos desarrollados son ridículas (se habla de 100.000 millones cuando las subvenciones anuales a los combustibles fósiles superan los 500.000), no se reconoce la deuda climática de los países ricos, se cae del articulado toda referencia a los derechos humanos, no habrá recogida externa de datos para examinar el comportamiento de cada estado, la aviación y la navegación (grandes contaminantes) quedan fueran del control de emisiones...

En definitiva, que pese a todo lo dicho estoy dispuesto a aceptar que la COP21 de París ha sido el inicio del camino hacia el verdadero combate contra el cambio climático pero su avance ha sido tan pequeño que vuelvo a decir que me parece un fraude. El camino no había mas remedio que iniciarlo pero la forma de hacerlo pretende ralentizarlo. Es como si sabiendo que la carrera es de 100 kilómetros, y que no hay tiempo que perder,  hubiéramos recorrido 100 metros y todos estuviéramos celebrándolo. No hay nada que celebrar.

Toca seguir insistiendo. Presionando desde la sociedad civil. Votando por opciones electorales que defiendan políticas verdaderamente comprometidas contra el cambio climático. Y no nos engañemos, no hay freno al cambio climático sin cambio de modelo económico, sin cambio de modelo de vida, sin cambio de sistema. La clave está ahí. Así pues, imaginar que de la mano de los que han dirigido esta COP21 podemos llegar a todo esto es muy ingenuo. Deberemos pasar por encima de ellos. Nos jugamos el futuro.



sábado, 12 de diciembre de 2015

Palabras y tiritas contra el cambio climático



La Tour Eiffel ha anunciado todos estos días una descarbonización que nuestros dirigentes mundiales no han sido capaces de acordar. (Foto: AP)


He estado en París siguiendo la COP21. Llegué con la esperanza de que, esta vez sí, se iba a conseguir un buen acuerdo para frenar el cambio climático. Los días en aquel macrocomplejo de Le Bourget fueron tan interesantes como frustantes. Cada jornada era el anuncio de un nuevo recorte, de un nuevo paso atrás presentado con gran boato diplomático como si de un logro se tratara. El remate final ha sido la decepción que ya casi todos esperábamos.

En nombre del realismo político sin duda tenemos que celebrar que los acuerdos de París son un avance, pero cuando los avances son claramente insuficientes, cuando ofrecen todas las posibilidades para su incumplimiento y cuando suenan a tomadura de pelo, la sensación es, otra vez, de ocasión desaprovechada.

En lo que puede ser el gran titular de la cumbre está el núcleo de la trampa: los 195 países han acordado no superar los 2 grados de aumento de temperatura de aquí a final de siglo con respecto a la era preindustrial. Felicidades. Objetivo conseguido. Es más, añaden que se ha de rebajar el límite hasta los 1'5 grados... Mejor todavía. Bríndemos.

Y a partir de aquí, en la letra pequeñita, como si de un contrato se tratara, llega el torrente de decepciones. Las voy a enumerar muy por encima, después de una lectura apresurada del acuerdo final y de los primeros análisis de los expertos.

Empieza llamando la atención  que se haya solemnizado el objetivo final pero se hayan olvidado de los compromisos que lo pueden hacer posible. Las medidads de reducción en las emisiones de CO2, la principal causa que no aboca al cambio climático, se han quedado en poco más que buenas palabras.
Por supuesto "la descarbonización" se ha caído de los textos. Ya se han encargado de ello China, India, Australia o Polonia. Todo ha quedado en "llegar al límite de emisiones lo más rápido posible" e irlas reduciendo "a partir de mediados de siglo".
Incluso el concepto de "neutralidad climática" se ha cambiado por una alambicada formulación que habla de equilibrio entre emisión de gases de efecto invernadero con la absorción que hacen bosques, cultivos y el propio suelo como sumideros; todo ayudado por los avances tecnológicos que se dan por descontados. En otras palabras: trampas al solitario.
Esta actitud es la misma de quien nos asegura que bajará su peso en 20 kilos, o en 30, ya puestos, pero se niega a hacer cualquier tipo de dieta y nos dice que seguirá atiborrándose de bollos pero que, eso sí, lo compensará haciendo deporte.

Los famosos 100.000 millones para ayudar a los países menos desarrollados en su transición energética son 20 veces menos de lo que se gasta el mundo anualmente en armas. India y China, además, han quedado exentos de tener que participar y hasta dentro de diez años no se revisarán las ayudas. En cuanto, al dinero para solventar las pérdidas y daños que el cambio climático ya está ocasionando en los países más pobres se habla de poner a su disposición seguros económicos pero, de nuevo, los más vulnerables no han podido arrancar ninguna compensación por parte de los más ricos que son los responsables de la situación actual.
Del articulado del texto también se ha perdido cualquier referencia al respeto de los derechos humanos, a la igualdad de género, a los niños o a los migrantes, que han quedado en el preámbulo.

Los líderes de la COP21 celebrando el acuerdo final. (Foto:AP)


Por otro lado, no habrá revisión  de los compromisos antes de 2020. Las peticiones para que empezaran en 2018 no han tenido éxito. Eso quiere decir que en 2020 los diferentes países podrán volver a presentar las previsiones que han presentado ahora y que, en el mejor de los casos, nos llevarían a los 2'7 grados de aumento de temperatura. Estamos, pues, ante, como mínimo 5 años perdidos.

En el capítulo de transparencia, es decir, en la posibilidad de controlar lo que realmente hace cada país para cumplir lo pactado, se permitirá que haya inspección externa por parte de la ONU pero siempre respetando la soberanía de cada estado y con los datos que cada cual aporte. No habrá inspecciones externas de ninguna manera, cosa que tampoco parece demasiado tranquilizador. En esto China también se ha salido con la suya. Igual que han conseguido que la aviación y la navegación, dos agentes altamente contaminantes, no se incluyan en el control de las emisiones.

En definitiva, mucho ruido y pocas nueces. Se empezó con la unánime preocupación de estar ante el mayor reto de la humanidad pero se ha avanzado muy poco. Habrá que seguir empujando desde la calle, aprovechar todas las pequeñas rendijas que se nos han abierto. Es evidente que tendremos que acercarnos un poco más al abismo para que nuestros dirigentes mundiales sean capaces de llegar a los compromisos que la ciudadanía reclama cada vez con más fuerza, a los compromisos que garanticen el futuro de nuestros hijos y nietos. El problema no es del planeta, el problema es de los que lo habitamos. Por desgracia, aquella frase que hizo fortuna en la COP15 de Dinamarca, "los políticos hablan y los líderes actúan", se mantiene vigente... y seguimos sin esos líderes.

lunes, 1 de junio de 2015

"El País" se disfraza de ABC

Produce risa ver como el ABC se erige en presciptor de las políticas del Partido Popular y les dice a los de Mariano Rajoy lo que han de hacer ante las generales.


A mí, esta portada tan poco periodística, tan falsa informativamente, no me llama la atención, en cambio, sí lo hace la editorial que ayer domingo dedicó "El País" a idéntica tarea, es decir, a dictarle al PSOE como tiene que gestionar sus pactos de cara a la formación de gobiernos autonómicos y municipales en toda España.



La portada del ABC y el editorial de "El País" demuestran, entre otras, dos cosas: la primera, que los poderes económicos que hay detrás de esos periódicos no se resignan a perder la capacidad de influencia de la que llevan gozando toda la vida; la segunda, que no se han enterado de que el bipartidismo que hemos vivido desde 1978 hasta hoy ha pasado a la historia.
No me voy a detener en el caso del ABC. Su deriva como altavoz sin disimulos del Partido Popular, su gobierno y sus políticas lo ha dejado más como un producto propagandístico que informativo, así que me evito insistir.
En cambio, me parece llamativo lo de "El País". Está claro que su carácter de periódico de referencia, y casi diría que de líder intelectual que desempeñó hace unos años, está muy superado por la obediencia a los intereses económicos de sus propietarios, pero, incluso reconociendo eso, su editorial de ayer muestra sus enormes dificultades para entender la España actual.
La obsesión de "El País" por apartar al PSOE de supuestos radicalismos resulta extraña ya que, por un lado, no se especifica que es lo que se entiende por radical y, por otro, se aconseja huir de los radicales al mismo tiempo que se reconoce la necesidad de pactar con ellos. La alternativa sería defender un pacto PP-PSOE pero hasta ahí el editorial no llega, aunque recuerda que ambos se sitúan cerca del 55% (en realidad, un 52%). Las constantes apelaciones contra la "radicalidad" de los nuevos y a favor de la "estabilidad" recuerdan las alarmas que han disparado últimamente dirigentes tan desmesurados como Esperanza Aguirre, Carlos Floriano o Rita Barberá; que "El País" coincida con esas voces resulta complicado de digerir si no es que, unos y otros, defienden a la misma clase dominante que ve peligrar su status.
En esa dirección de identificar PP y PSOE, "El País" personifica en los socialistas la posibilidad de un cambio "seguro y coherente", en palabras del líder socialista Pedro Sánchez... Qué casualidad, los mismos adjetivos que usó en campaña el PP para reclamar que no era necesario el cambio.
El editorial reconoce el giro a la izquierda que arrojan los resultados del día 24 pero, sin tener en cuenta que el PSOE ha perdido miles y miles de votos sobre los peores resultados de su historia que fueron las municipales de 2011, todavía defiende que el PSOE es "el centro del cambio político". Parecen no haberse enterado de que si hay mayoría de izquierdas es precisamente a pesar del PSOE, porque fuerzas emergentes, esas que "El País" apunta como "radicales", han compensado con creces el retroceso socialista.
Hay un pasaje que a mi me parece especialmente significativo de hasta que punto, "El País" ha perdido el pulso de la calle. Es cuando asegura en el editorial que el PSOE "tiene la oportunidad de recuperar gobiernos territoriales y locales... A cambio de votar a favor de algunas candidaturas ciudadanas municipales situadas en la órbita de Podemos y de otros partidos de la izquierda radical".
¿A cambio? ¿Qué quiere decir "a cambio"? Resulta difícil de comprender que, con la que está cayendo en la política española, se plantee la posibilidad de llegar a acuerdos en base a un cambalache de votos, "yo te doy, tú me das", como quien intercambia cromos, como quien solo se preocupa de garantizarse sillones sin entrar en cuales son las políticas a desarrollar.
En definitiva, que si los resultados del pasado día 24 ponen de manifiesto la necesidad de una renovación a fondo del PSOE (suponiendo que esté a tiempo), el editorial demuestra que "El País" también tiene sus cambios pendientes, casi más que los propios socialistas.
El remate del artículo es una buena prueba de como confunden deseos con realidad y hasta que punto les importa poco la coherencia entre el discurso del PSOE y su concreción en hechos. Es muy llamativo como, después de loar por enésima vez la figura de Pedro Sánchez y asegurar que "ha parado la sangría" y que su tarea empieza a "dar sus frutos", aplaude la celebración de primarias para la elección de candidato a la Moncloa pero, luego, casi las desaconseja no sea que pongan en peligro el sensato proyecto de Sánchez: "los candidatos que se presenten a competir con el actual secretario general debieran plantear alternativas constructivas que no frenen esa inercia positiva en la que se encuentra el PSOE". O sea, primarias sí... pero para ratificar lo que hay, que "El País" está encantado.
 

 

miércoles, 27 de mayo de 2015

El dilema del PP: ser banda o ser partido

De izquierda a derecha, Cristina Cifuentes, Mariano Rajoy y Esperanza Aguirre, paseando por Madrid en bicicleta durante la reciente campaña electoral (Foto:EFE)



Vamos a empezar por lo concreto: la debacle del Partido Popular en estas elecciones autonómicas y municipales (“qué hostia, qué hostia…”, en palabras de Rita Barberá) es la consecuencia de ser un partido corrupto, y no tiene solución, al menos a corto plazo, porque no son un partido democrático.

Cuando digo corrupto no me refiero solo a su condición de banda metida en delitos sino, también, a su abuso de las instituciones contra los intereses de la mayoría de la ciudadanía. Eso es lo que la gente les ha cobrado: tanto tiempo de mentiras, tanto maltrato, tanto servicio a los ricos, tanto desprecio a los pobres. Y, además, robando.

La gente, mucha gente, ya no llega a final de mes, con faena, llegan a medio mes, y algunos, ni eso. Los discursos de “las cosas están mejorando” se perciben como burla y si además, por culpa de la evidencia de que roban,  han perdido toda credibilidad, las “buenas noticias” se tornan contra quien las da.

Por eso han salido derrotados de  estas elecciones. Las han perdido porque la gente ha perdido el miedo, porque, a muchos, ya no les queda ni miedo. No queda sitio para el discurso de “nosotros o el caos”. La mayoría de la gente ahora percibe al PP precisamente como el caos.

Y así las cosas, a unos meses de las generales, cunde el pánico. Primero se perdió en las Europeas; ahora, más todavía, en las Autonómicas y Municipales; lo próximo será el hundimiento en las Generales.  Es urgente cambiar. Los barones regionales, tan calladitos hasta ahora, ya alzan la voz. Ahora resulta que Rajoy es el malo, que Cospedal es una inútil, que Hernando no es el adecuado… El andaluz Moreno Bonilla ha dicho, explícitamente, que hay que hacer cambios: “de caras, de formas, de estrategias…”. Pues no, el PP, al menos este PP, no tiene solución. No es cosa de cambios. Es necesario empezar de cero.

Pensar que la necesidad de cambio tiene que ver con las formas, las caras o la estrategia es no haber entendido nada. Es como lo de “tenemos un problema de comunicación”. Error. El drama del PP no es que comunique mal, el drama es que solo produce malas noticias. Una detrás de otra. Y no hay posibilidad de cambio verdadero porque sus estructuras y sus formas de funcionar son de base autoritaria. El problema del PP es que sigue siendo un partido con raíces en el franquismo, caudillista y antidemocrático. No es cosa de formas, es cosa de adaptar los métodos de funcionar, la organización, a la democracia: debate, crítica interna, asunción de responsabilidades, horizontalidad, transparencia… Desde la derecha, pero democracia. ¿O no se puede ser de derechas y democrático? Sí, ¿verdad? Pues eso es lo que le falta al PP.

Lo he dicho al principio, corrupción y falta de democracia son las dos etiquetas de lastran al PP y hacen inútil cualquier intento de cambio cosmético que posibilite  su recuperación. Un partido que funciona como una mafia es imposible que sea democrático. Por tanto, tienen que empezar por caer todos los dirigentes que, de una manera u otra, están ligados a este presente y pasado mafioso del PP. El primero, claro está, Mariano Rajoy y, luego, todos los demás. No será sencillo. Igual no se salva ni el conserje. Bueno, en el pecado llevan la penitencia. Tantas complicidades han hecho que no queden inocentes.


Limpiar el partido y cambiar las políticas, esa  es la receta. No puede ganar ininterrumpidamente quien gobierna contra la gente. Eso no quiere decir que tengan que hacer políticas de izquierdas. ¿Son de derechas? Pues que hagan políticas de derechas pero que no sean depredadoras. Igual estoy pidiendo demasiado. A lo mejor sí. En todo caso, si no se deciden por un cambio de verdad, tampoco pasa nada, casi mejor: así tardarán más en volver al gobierno.

lunes, 11 de mayo de 2015

Un plan de negocio llamado Ciudadanos


Josep Oliu, presidente del Banco de Sabadell, en junio de 2014, en Madrid, habla del miedo a Podemos y de la necesidad de crear un "Podemos de derechas". Junto a él, Mónica de Oriol, presidenta del Círculo de Empresarios.

Hay que reconocer que la gente de derechas, cuando habla de negocios, es gente de palabra. Era junio, cuando Josep Oliu, presidente del Banco de Sabadell, planteaba la necesidad de un Podemos de derechas (ver vídeo en cabecera). Ya lo tienen. Se llama Ciudadanos y, que nadie lo dude, ha llegado para reforzar el sistema, para apuntalar el viejo bipartidismo rancio, caduco y depredador que representan el Partido Popular y el Partido Socialista Obrero Español. En definitiva, para garantizar que las cuentas de resultados del poder económico no peligran, que las desigualdades se mantendrán. En junio lo estaban preparando, en otoño lo concretaron, en enero todavía no salía en las encuestas y, ahora, solo cuatro meses después, Ciudadanos ya casi encabeza los sondeos. Solo han necesitado que los grandes medios, esos que están mayoritariamente en manos de los bancos, qué casualidad, llenaran sus noticias, sus barómetros y sus debates con Ciudadanos. Buen trabajo, compañeros.

Si Ciudadanos es el Podemos de la derecha, que lo es, será el grupo que en Andalucía le dará el gobierno a Susana Díaz y, en unos meses, veremos como se harta de darle gobiernos autonómicos y grandes ayuntamientos al Partido Popular. Serán tantos como pueda. Si pueden salvar a Rita Barberá, la salvarán; si pueden ser el oxígeno de Fabra, lo serán; apoyarán a Esperanza Aguirre, a Monago, a Cospedal, a Cifuentes. Allá donde el PP necesite los votos de Ciudadanos los tendrá, y si es el PSOE, pues el PSOE. El único freno es hacerlo de forma discreta ya que hay que mantener la imagen hasta las generales. Entonces sí, ese será el momento definitivo. Ciudadanos es el encargado de evitar que el bipartidismo tenga que abandonar la Moncloa. No hay que descartar, incluso, ver un pacto entre Ciudadanos y CiU, o una parte de esa coalición, en Catalunya. A día de hoy, con la posición independentista de los convergentes puede parecer extraño pero, precisamente, para apoyar a los sectores más tibios de la coalición, todo puede pasar. Oliu y el Banc de Sabadell, la Caixa o el grupo Lara, todos catalanes, lo tienen clarísimo.

El argumento de que Ciudadanos no pactará con PP o PSOE porque eso sería quemarse y tirar por la borda sus posibilidades de futuro tiene poco valor. Ciudadanos, para ser más exactos, Albert Rivera, sabe perfectamente que si está arriba del todo de las encuestas es porque los grandes poderes económicos así lo han querido. Su cometido es ahora, el futuro no importa. Hacen las veces de "kleenex" del sistema, usar y tirar. Están dispuestos a inmolarse, en lugar de por una religión, por un inmenso negocio. Sus dirigentes lo saben de sobras, aunque su tropa piense otra cosa.

Las grandes empresas, los grandes bancos, con su inmensa potencia mediática, han llevado a Ciudadanos de la nada al todo (o casi) y, por tanto, son sus dueños. Están para defender sus intereses. Están para apuntalar el sistema, garantizar que las cosas seguirán como están, con modificaciones cosméticas, con cambio en las formas... pero todo igual. Y si se queman, son gajes del oficio. Volverán a donde estaban, pero seguro que les pagarán los servicios prestados. Es tan viejo como aquello de "Dios te lo da, Dios te lo quita".

Ciudadanos exigirá para apoyar a los viejos PP y PSOE (en el caso andaluz ya lo está haciendo) que se aparten las caras más gastadas de sus cúpulas dirigentes, algo que a los partidos les cuesta mucho de hacer. El gran poder económico tiene menos sentimientos: fuera los achicharrados no sea que con su mala imagen nos echen por tierra el negocio. Ciudadanos hará esta tarea de limpieza formal para renovar los rostros visibles del bipartidimo y, luego, cuando la gente ya se de por satisfecha con esos retoques, cuando se los crea, todo volverá a la normalidad. Oliu y compañía ya no le temerán a Podemos. La tormenta habrá pasado.

Este es el diseño del gran poder económico y los peones de Ciudadanos están para ser carne de cañón. La única esperanza es que, por separado, ni PP, ni PSOE sumen mayorías absolutas con Ciudadanos. Entonces sí, o vamos a la gran coalición o a un intento de cambio real. La calle está muy cansada, la paciencia no es la de antes. Oliu tiene mucho que perder y por eso dice tener miedo. La gente, en cambio, la que en un año no cobra lo que Oliu en una semana, por no tener, ya no tiene ni miedo. 

miércoles, 6 de mayo de 2015

El PP, un iceberg de basura

En el Partido Popular se ha convivido siempre con absoluta normalidad con los casos de corrupción y sus protagonistas. En realidad, el Partido Popular ha estado sistemáticamente gobernado por los protagonistas de los casos de corrupción. (Foto: Carles Francesc)


Lo tóxico del Partido Popular (PP) no es tanto lo que conocemos, lo que ha salido en los medios e investigan los jueces como lo que nos queda por ver, lo latente. El inmenso problema social y democrático que representa el PP son todos los supuestos dirigentes "limpios" que, periódicamente, se van poniendo en el sitio de aquellos que, descubiertos con las manos en la masa, han de abandonar sus cargos.
Esos "limpios" no lo son de ninguna de las maneras. En cualquier colectivo puede haber personas corruptas en cargos menores sin que eso contamine el funcionamiento global de la organización. No es el caso del PP. El País Valenciano es el mejor de los ejemplos. Los que han tenido que dimitir han sido los máximos responsables del partido, los cargos institucionales más destacados, y no uno, todos. Han caído presidentes autonómicos, de las diputaciones (de las tres), de los principales ayuntamientos, secretarios generales, gerentes, consellers autonómicos, tenientes de alcalde... En fin, todos. Y ahora, sus "números 2" dan un paso al frente y, armados con la espada de la regeneración, se hacen sitio en los puentes de mando como si tal cosa. Increíble. Cuando los corruptos son los que mandan, esa organización se llama mafia y si, coyunturalmente, las caras visibles no están manchadas es solo cuestión de de tiempo. Nadie puede estar en un partido como el PP, donde los escándalos se suceden diariamente, y no enterarse antes que la prensa (o que la oposición) de lo que pasa. O se es estúpido (y mucho) o se está en el ajo. Yo me decanto por lo segundo.


Esperanza Aguirre es uno de esos casos de dirigente que todo lo sabe, que todo lo controla... pero que se entera la última de los casos de corrupción de su propia casa. (Foto: EFE)


El PP es como un gran iceberg de basura que asoma un extremo aparentemente legal pero que, por debajo, es simple porquería que siempre acaba asomando.
Los que hoy hablan de limpiar son los que dentro de cuatro días sabremos que están en el fango hasta la boca. Ya ha pasado. Sucede como con los deportistas tramposos. Denigran a sus compañeros pillados en casos de doping, se declaran avergonzados por los comportamientos ajenos para que, a la vuelta de la esquina, se destape que ellos hacían exactamente lo mismo.
Con el PP estamos igual. Todo empezó con aquel Eduardo Zaplana que pedía "comisiones bajo mano", y la cosa sigue. ¿Qué credibilidad tiene Alberto Fabra como "Mister Propper" de la corrupción cuando toda su carrera política se ha hecho a la sombra, ni más ni menos, que del otro Fabra, Carlos, el cacique de Castellón? Si Alberto Fabra tuviera un mínimo de honradez política jamás le hubiera reído las gracias a Francisco Camps cuando, éste, se burlaba de la oposición y negaba toda información en "Gürtel", "Blasco" o tantos otros casos. ¿Esperanza Aguirre es la "limpia" en Madrid? ¿Monago en Extremadura? ¿Rajoy en España? Eso no se lo cree nadie.

Rajoy apoyó en 1991 la moción de censura que, apoyándose en una tránsfuga, dio la alcaldía de Benidorm a Eduardo Zaplana que, unos meses antes, había aparecido pidiendo comisiones "bajo mano" en las conversaciones del caso Naseiro. (Foto: DESC)


Produce un inmenso dolor saber que durante años y años nos ha estado gobernando la mafia, que las leyes que tenemos las han aprobado delincuentes, que las votaciones en sede parlamentaria las han ganado sistemáticamente los malos. ¿Qué tipo de legislación podemos tener si se la debemos a los corruptos? ¿Para quién habrán hecho las leyes? ¿Qué país nos habrán dejado? La respuesta, aunque suene mal, es que tenemos unas leyes de mierda pensadas para favorecer a los verdaderos jefes de la mafia, los del IBEX, y que, en consecuencia, tenemos un país de mierda.
Eso sí, cuando nos explota toda esta podredumbre en la cara, deberíamos reflexionar sobre qué hemos hecho cada uno de nosotros con nuestro voto, qué hemos defendido en nuestras conversaciones familiares o qué reacción hemos tenido cuando hemos sido protagonistas, más o menos directamente, de alguna práctica poco ética. Al final, nada es gratis y nuestras acciones, por pequeñas que puedan parecer, también suman (o todo lo contrario) a la corrupción rampante.
Estamos a las puertas de nuevas elecciones. La mafia seguirá limpiando lo visible para convencernos de que esta vez sí, de que los de ahora, pese a ser "hijos" de los malos, son buenos de toda bondad. Pretenden convencernos de que merecen otra oportunidad, de que se puede votar PP para que se haga justo lo contrario de lo que sabemos el PP ha estado haciendo todos estos años. No les resultará sencillo. Esta vez lo tienen tan mal que se han tenido que inventar una marca blanca para salir del atolladero. Se llama Ciudadanos. Los han puesto en circulación para que los que siempre han votado al PP, pero ya no están dispuestos a hacerlo ni con una pinza en la nariz, puedan seguir votando lo mismo sin votarlo. Adelante. No se sabe quién son, ni qué defienden pero, con la inestimable colaboración de los grandes medios, abanderan las ideas moderadas, bienpensantes y sensatas, los mensajes de orden. Esos que los señores elegantes y engominados dicen que son garantía de futuro. Son, pues,  como el PP pero en moderno, y no apestan. Son la "nueva" derecha. 
A mí me parece que no tienen nada de nuevo. Se los han inventado, en tres meses, para que el PP, o el PSOE en Andalucía, tengan una muleta para seguir haciendo lo que han hecho los últimos treinta años, para continuar con el latrocinio, para que nada cambie. En definitiva, que cada cual se engañe como quiera, pero votar Ciudadanos es votar al PP. Los mafiosos también tienen derecho a jubilarse, y alguien tiene que tomar el relevo.

miércoles, 25 de marzo de 2015

La abuela disfrazada de bicicleta que votó en las elecciones andaluzas.



Dos personas a punto de votar en Sevilla el pasado domingo (Foto: EFE)


Si el pasado domingo en Andalucía solo hubieran votado las capitales de provincia, el PSOE se hubiera quedado en 32 escaños. Nada de mayoría absoluta, nada de 47 escaños, 32 y gracias. En cambio el PP hubiera conseguido colocar 40 diputados, en lugar de los 33 que obtuvo. También Podemos lograría un mejor resultado si solo hubieran votado las capitales de provincia, tendría 21 y no 15 diputados; e igual Ciudadanos que llegaría a los 14 en lugar de 9. Por el contrario, Izquierda Unida vería reducidos sus 5 escaños a 3.

Tenía un profesor que, cuando hacíamos conjeturas del estilo que acabo de hacer, nos miraba como perdonándonos la vida y decía que sí, que sí, que “si mi abuela tuviera ruedas sería una bicicleta”. Luego, es verdad, añadía que es bueno sacarle punta a todos los datos.

Pues de eso se trata. Los datos que acabo de exponer no pretenden analizar el resultado andaluz sino contraponerlos a los que se dan en otras comunidades autónomas y, así, entender un poco más el “hecho diferencial andaluz" (el electoral). Acercándonos a él se comprende mejor que lo que sucedió el domingo en Andalucía no vale para el resto de España.

La ausencia de homogeneidad en el voto andaluz entre las capitales y el resto de poblaciones no tiene comparación posible en ninguna otra comunidad autónoma. La diferencia que hay entre el resultado real del domingo y el que se hubiera dado de votar solo las capitales de provincia es mucho mayor en Andalucía que en cualquier otro sitio. En concreto, en la comunidad andaluza, el baile de escaños sería de 23 sobre 110, es decir, casi el 21%. Una brutalidad. En cambio, en las autonómicas de Catalunya, si solo votaran las cuatro capitales provinciales, se modificaría la asignación de 16 escaños sobre 135 (11’8%); en el País Valenciano, 8 de 99 (8%); en Galicia, 4 de 75 (5’8%), y en la Comunidad de Madrid, 4 de 129 (3’1%). Los resultados son, pues, mucho más homogéneos y, por tanto, más útiles que los de Andalucía si pretendemos especular con ellos.


En definitiva, que cuando pensemos en lo que puede pasar en futuras elecciones en otros ámbitos a la luz de los datos de los comicios andaluces, tengamos en cuenta que el voto "no urbano" no será en ningún sitio como el de Andalucía. Valencia, Alicante, Barcelona, Madrid, La Coruña, Bilbao, Zaragoza, Palma de Mallorca Las Palmas y tantas otras  serán circunscripciones electorales donde los resultados se parecerán mucho más a los de su respectiva  capital que lo sucedido en Sevilla, Málaga, Huelva y demás. Así que no hay que descartar que en próximos comicios el descalabro del PP no sea tan grande y que a las fuerzas alternativas al PSOE por la izquierda  les vaya algo mejor que por tierras andaluzas. O no, claro, que las abuelas nunca tuvieron ruedas… pero por si acaso.

lunes, 23 de marzo de 2015

Cambio "vaticano" en Andalucía




Susana Díaz a punto de comparecer ante los periodistas después de conocer su victoria electoral de ayer (Foto:EFE)


Resulta que, después de más de treinta años de gobiernos del PSOE, los andaluces han votado cambio votando a los mismos socialistas que les llevan gobernando desde hace treinta años. No está mal. Son como el Papa Francisco que, después de 2000 años con la empresa funcionando a tope, se presenta como borrón y cuenta nueva.
El gran éxito de Susana Díaz ha sido que las elecciones andaluzas se han jugado en clave estrictamente española, con lo cual el desgaste de gobierno de su partido se lo ha pasado a Rajoy. En Andalucía, desde las primeras elecciones de 1982,  no han gobernado otros que no sean los socialistas pero, ahora, han hecho esta campaña en clave de oposición, y les ha funcionado.
Eso sí, el PSOE tiene lo que tenía antes de la convocatoria electoral: un gobierno en minoría. Ha perdido 120.000 votos, más de cuatro puntos y, sobre un censo de 6.500.000 de personas, han tenido exactamente 1.400.000 votos. Así que menos lobo.
Ciertamente la debacle del PP ha sido tan grande que maquilla el retroceso socialista pero tampoco hay que olvidar que la distribución de voto ha favorecido al PSOE. Si el retroceso de 500.000 del PP les ha supuesto perder 17 escaños, los 120.000 que han perdido los socialistas equivaldrían a 4 escaños menos, pero no, los han salvado todos. Seguramente si Díaz se hubiera quedado en 43 diputados, ahora su éxito sería un poco más relativo.
La identificación de Andalucía con el PSOE es otro de los mitos que se debe ir olvidando. Susana Díaz ha recogido, sobre censo, poco más del 20 por ciento de los votos.  De 6.500.000 de personas llamadas a las urnas, 5.100.000 no han votado a los socialistas. Me parece que de cara a entender la necesidad de pactos, estos datos son fundamentales.
Dicho todo lo anterior, que no he visto recogido en los distintos análisis que he escuchado hasta ahora, me parece que los resultados de ayer de Andalucía son un gran balón de oxígeno para el PSOE que, aunque sea con muchos matices, tiene argumentos para vender imagen de ganador. Y, puesto que los matices cotizan a la baja en el trazo grueso electoral, el botín no está mal. Con la distribución provincial de escaños que hincha la representación de la España interior, igual le sirve para aguantar un tiempo más el tirón de los nuevos partidos, pero pensar que puede gobernar todo el Estado un partido poco más que andaluz es ver visiones.
Lo que viene no tendrá nada que ver con lo que hemos conocido. Las mayorías absolutas no volverán, al menos durante una buena temporada, y es una buena noticia. Lo de Andalucía es simplemente un adelanto. Los parlamentos se harán más plurales, más diversos, más complicados para los aparatos partidistas pero, también, mucho más democráticos.
Por lo demás, me parece que Izquierda Unida ha pagado su imagen de debilidad frente al PSOE y discutir el aldabonazo de Podemos, suena muy tramposo. Podemos han venido para quedarse, y solo estamos al principio. Ciudadanos me parece otra cosa pero, pese a que nadie sepa ni quienes son sus líderes, ni conozca sus políticas, continuarán creciendo, continuarán alimentándose a costa del electorado que huye del PP. En realidad, de eso se trata, ¿no? Sin Ciudadanos muchos de esos votos podrían caer en las redes de Podemos, cosa que espanta al gran poder económico, vamos, al poder.
Sobre el trompazo del PP, lo más relevante me parece que sus políticas de austeridad se han llevado por delante el mito de la fidelidad de sus votantes. El espejismo del crecimiento no cuela, su imagen de grandes gestores se ha disuelto. Me temo que lo peor para ellos está por llegar. Ni un funambulista del nivel de Rajoy puede sobrevivir en la cuerda floja que habitan, y los zarandeos electorales que vienen los pueden hacer caer muy bajo. Les ha derrotado la economía. Es lo que tiene no hacer política. Su política son los negocios, y la gente percibe que los hacen siempre a favor de los grandes consejos de administración, contra la calle.

Lo preocupante de lo que ha sucedido en Andalucía es que el electorado no ha castigado para nada la corrupción. El escándalo de los EREs ha pasado como si tal cosa. Con lo cual, y esto vale para comunidades autónomas importantes como Madrid o el País Valenciano, si alguien pensaba que las derrotas del PP podían llegar vía Gürtel, Púnica o similares, que no se confíe, que busque otros argumentos.