lunes, 10 de noviembre de 2014

Catalunya ha hablado para poder seguir hablando


Cartel del referéndum sobre la Reforma política de diciembre de 1976.
 "Habla pueblo habla, tuyo es el mañana / Habla y no permitas que roben tu palabra /  Habla pueblo habla, habla sin temor / No dejes que nadie apague tu voz / Habla pueblo habla, este es el momento /  No escuches a quien diga que guardes silencio /  Habla pueblo habla, habla pueblo sí /  No dejes que nadie decida por ti"
Letra de la canción de la campaña del referéndum español de diciembre de 1976.
Todo el mundo tiene derecho a ganarse la vida, y, por supuesto, los tradicionales analistas de los grandes medios de comunicación, también, pero todo un lunes pontificando sobre lo sucedido en Catalunya en base a si es mucho o es poco que pasaran por las urnas 2'3 millones de catalanes me parece demasiado.

2'3 millones de personas participando en unas votaciones que se sabían simbólicas, inútiles (como decía El País), amenazadas por la ley y con la fiscalía en estado de guardia merecen ni más ni menos que la celebración de una consulta oficial, con todas las garantías y sin sombra ninguna de ilegalidad. Vamos, lo que piden. Los catalanes quieren votar y, eso, en democracia, jamás puede ser ilegal. Prohibir la participación ciudadana en democracia es como impedir los rezos en misa o el sexo en una orgía. Suponiendo que algún precepto legal se puede esgrimir para evitar que la gente que quiera hablar hable, el problema no lo tiene la gente, el problema es ese precepto legal y quienes lo utilizan. Cuando 2'3 millones personas reclaman poder votar, ningún gobierno puede hacer oídos sordos.

Por suerte, los atentados de ETA empiezan a quedar un poco lejos pero yo recuerdo perfectamente aquello que se decía cuando los terroristas  mataban en nombre de la independencia de Euskadi, "con las armas, nada; sin las armas, cualquier objetivo es defendible". Pues parece que no, parece que todo era mentira y que aquella formulación tan democrática era pura pose.

Resulta chocante recordar el cartel y la canción que encabezan este artículo y que, en 1976, invitaban a los españoles a participar en el referéndum para la Reforma política.  Dice muy poco de la evolución democrática del Estado que en ese ya remoto 1976,  dos años antes de la aprobación de la Constitución y, todavía, con las leyes franquistas vigentes, se aconsejara no callar y que ahora, cuarenta años después, el mensaje institucional sea justo el contrario.

Actualmente, el Partido Popular vive rehén del integrismo en el que le sumió el aznarismo. Ayer, cuando oía a a Esteban González Pons, diciendo que "todos somos berlineses" y que "mientras el PP gobierne nadie deberá irse de Catalunya", me llevaba las manos a la cabeza. No han entendido nada. Se les ha parado absolutamente el reloj. El problema del PP no es Catalunya, el problema de España no es Catalunya; el problema del PP y de España es tener a un secta al gobierno de la nave.

Cuando escribo estas líneas han pasado 24 horas desde el cierre de las urnas en Catalunya y el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, todavía no ha hecho acto de presencia. Parece mentira, pero no lo es. La negación de la realidad, en política, puede servir para las cosas pequeñas y un cierto tiempo pero no resuelve los grandes problemas. A Zapatero le hundió negar la crisis económica y con Rajoy acabará su negativa a aceptar el "caso catalán". Igual que la crisis multiplicaba las gráficas ascendentes de la prima de riesgo o el número de parados y no había negación que lo evitara, los constantes noes de Rajoy hacen progresar imparablemente el número de independentistas. Tanto que me temo que se ha llegado a una situación en la que a Catalunya tanto le da  lo que se diga, decida o plantee desde España; nada tiene ningún valor. Es como si la independencia ya fuera un hecho y, simplemente, lo que faltara fuese concretarla oficialmente.

Lo grave de la lógica de Rajoy es que, en el mejor de los casos, nos lleva a un callejón sin salida y, si la actitud del Presidente se mantiene invariable mientras los catalanes incrementan su presión independentista, el final debería ser la salida de los tanques a la calle. ¿Está dispuesto a eso Rajoy? ¿Lo está el PP? ¿Lo están los que de verdad mandan en España? Si, como supongo, la respuesta es no, hay que empezar a buscar una salida que satisfaga a los catalanes, y ya lo han dicho, quieren votar.

De nada vale, descalificar esa pretensión de votar con la excusa de que los catalanes llevan dos años perdidos hablando de independentisno, como si los españoles tuvieran el resto de problemas resueltos. Suponiendo que el proceso hacia la independencia fuera el origen de todos los males, al menos los catalanes sabrían a que atenerse, la cuestión sería como explicar que en el resto del Estado los conflictos fueran igual o mayores sin independentismo de por medio.

Así las cosas, lo que tiene que ir preparando España es un argumentario en positivo que enfrentar al mensaje independentista. El no porque no, no sirve. Se está viendo, no sirve. Nada es menos ilusionante que negarlo todo. Ante la oferta alegre y en color del independentismo, la triste respuesta españolista en blanco y negro es casi una invitación al suicidio. Si la alternativa es escuchar a Alicia Sánchez Camacho, no resulta extraño que haya quien prefiera pedirse muerte.

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