miércoles, 21 de mayo de 2014

La España de políticos que se esconden y periodistas que les tapan



Elena Valenciano (PSOE), la periodista María Casado y Miguel Arias Cañete (PP) en los momentos previos a su debate en TVE (Foto:EFE).

La salud del periodismo y de la política acostumbran a ir de la mano. Cuanto más democrática es, de verdad, la política mejor es el periodismo y cuanto más profesional es, de verdad, el periodismo más democrática es la política.
A las administraciones se les ha de exigir no solo que no manipulen los medios públicos,  ni presionen a los privados vía publicidad institucional sino que, además, hagan todo aquello que esté en su mano para garantizar el derecho ciudadano a recibir información veraz.
Los periodistas, por su parte, están al servicio de la ciudadanía; es decir, han de situarse en la orilla contraria al poder, también del poder político. Los periodistas son la herramienta de la gente para intentar controlar al poder, no los lacayos de éste.
Todo el preámbulo es para poder decir que, en general, me avergüenza el papel de los políticos y de los periodistas en España y que, cuando como ahora estamos en campaña electoral, directamente me dan ganas de vomitar. Sirva como ejemplo de lo que digo los debates televisivos a los que estamos siendo sometidos estos días. Por cierto, el del pasado lunes entre seis de los candidatos en TVE tuvo un 4,5% de audiencia, apenas 800.000 espectadores en un país de 47 millones de personas.
No estamos ante debates, son falsos enfrentamientos dialécticos entre gente que viene con todo preparado y que han pactado hasta los más mínimos detalles. Son inaguantables, aburridos y poco creíbles. Son ceremonias social y democráticamente inútiles. Solo sirven como coartada para que no se pueda decir que los partidos se niegan a dar la cara.
Los debates que sufrimos en televisión están pensados para beneficio de los partidos, no de los ciudadanos. No se trata de satisfacer las necesidades informativas de los votantes y ayudarles a que se puedan formar una idea real de cómo son, qué saben, qué piensan y que ofrecen los candidatos. Lo que se pretende es mantener las cosas como están, favorecer a los grandes partidos y que nada escape a su  control.
Llamarle debate a una cosa en la que las interrupciones están prohibidas es como llamarle orgía a un funeral de  estado. Los  monólogos encadenados no son debate, por más que cada cual traiga un listado de reproches para el rival que se sabe que nadie contestará. Puesto que los partidos hacen los debates para ellos, mejor sería que los perpetraran en un cuartito cerrado. Lógicamente, si empezamos llamándole debate a lo que no lo es y falseando hasta ese punto un momento crucial de la campaña, el resultado es que la credibilidad de quienes participan en ellos (acatando sus normas) es menos que cero.



De izquierda a derecha: Francisco Sosa Wagner (UPyD), Ramón Tremosa (CiU-Coalición por Europa), Esteban González Pons (PP), Ramón Jauregui (PSOE), Willy Meyer (IU) y Josep Maria Terricabras (ERC) en el segundo (y masculino) debate en TVE (Foto: Álvaro García).


¿Qué confianza demuestran en si mismos los políticos si no son capaces de hacer algo digno de denominarse debate?  ¿Tan flojitos son? Si ni ellos confían en si mismos, ¿cómo esperan que alguien confíe en ellos? ¿Les da igual? Pues, sí,  les da igual. Su objetivo no está en el debate sino en mantener la apariencia de normalidad democrática que les permita seguir en las instituciones; que la gente tome interés, sepa lo que vota e, incluso, ser gobierno u oposición, les importa mucho menos que seguir en la pomada.
Y aquí es donde entra con fuerza el vergonzoso comportamiento de los periodistas que, por aceptar, aceptan incluso que los bloques de temas a tratar en estas treatalizaciones  los decidas los partidos. Los políticos ordenando cuales son los temas a discutir, por tanto, cuales son los temas que interesan a los ciudadanos, y los periodistas, a mirar.
Hay que tener muy poca conciencia de la responsabilidad social de un periodista para, como ha hecho estos días María Casado en TVE, prestarse a ser figurante de estos debates mentira orquestados por los partidos políticos. Hay que sufrir un síndrome de Estocolmo muy severo para, siendo periodista, llegar a la caricatura de reprender a los candidatos por interrumpirse y debatir de verdad recordándoles las normas antiperiodísticas que ellos mismos han pactado. Por supuesto que lo que vale hoy para María Casado, valía  para Manuel Campo Vidal, Olga Viza o para tantos otros en tantas otras elecciones y cadenas.
Lejos de ser cómplices de sus apagones informativos, lo que deberíamos hacer los periodistas es plantarnos ante los políticos que, ni tan siquiera en campaña electoral, se prestan a convocar una rueda de prensa. Viven blindados de los medios, blindados de la gente, con sus argumentarios por bandera y nosotros, los supuestos informadores, haciéndoles de mamporreros. Digamos abiertamente a la gente que los políticos que huyen de la prensa no son ni honrados, ni demócratas y que, si desprecian a los periodistas, mucho más despreciarán a los ciudadanos.
La negativa a rozarse con periodistas, a comparecer ante la prensa, es una deriva corriente en los gobiernos que temen la fiscalización mediática. Lo más grave es que ya incluso la oposición, cómplice y miope, se escabulle. Así las cosas, estamos como para exigir que salga Rajoy, si tampoco sabemos nada de Rubalcaba.
Los debates electorales en televisión deberían estar contemplados y reglados en la propia ley electoral. El garante de la emisión de esos espacios, así como de que su contenido estuviera pensados para satisfacer a los posibles votantes y no a los votados, habría de recaer en un Consejo del Audiovisual (o como se quiera llamar) que necesitamos más que el aire que respiramos. Los temas a tratar los deberían marcar los periodistas y los candidatos los desconocerían  hasta el momento de empezar el debate.
La realización de estos espacios debería recaer, básicamente, en la televisión pública y en sus profesionales, cosa que no ha de impedir que los canales privados, igual que quizá las universidades,  pudieran jugar también un papel en ellos. Si tenemos, en general, una mierda de televisiones públicas que tampoco merecen el mínimo de confianza para una empresa así, ese es otro problema, que, por supuesto, también se debe resolver.

martes, 13 de mayo de 2014

Raimon,València y la independencia de Catalunya.


  
Raimon aplaude al público al final de uno de los recitales que ofreció en el Palau de la Música Catalana de Barcelona después de la entrevista en la que se declaraba no independentista. Colgadas en los palcos se observan distintas banderas independentistas. (Foto: R. Molinari)


Todas las corrientes de opinión tienen en sus filas a gente poco reflexiva (y muy poco tolerante) que utilizan cualquier situación para arrimar el ascua a su sardina y, sin más razones que sus prejuicios, se lanzan a descalificar a quien opina diferente a ellos. En muchas ocasiones, y lo vimos ayer cuando hubo quien apuntó el asesinato de la presidenta de la Diputación de León a los escraches, se intenta aprovechar lo que no tiene nada que ver con tal de atacar al "enemigo". Luego, claro está, se hace el ridículo pero la andanada destinada a alimentar a lo más cafre de las propias tropas ya está lanzada y ya ha surtido efecto.
Hace unos días quienes hicieron el ridículo fueron quienes acusaron al nacionalismo catalán de haber cargado contra el cantante Raimon por sus dudas sobre el proceso independentista de Catalunya (unas dudas que ya había expresado en otras ocasiones sin que sus palabras tuvieran demasiada repercusión). Lo cierto y verdad es que la polémica alrededor de lo expresado por Raimon no ha sido tanto por lo dicho como por las reacciones a sus palabras, cosa que apunta a una clara instrumentalización de lo sucedido.
Claro que hubo voces que descalificaron a Raimon pero fueron, la inmensa mayoría de ellas, intervenciones anónimas en las redes sociales y que, por tanto, no son representativas de nada. Por contra, lo que hubo inmediatamente en Catalunya fue una reacción de apoyo a Raimón. En algunos casos apoyos desde la discrepancia pero, en general, mucho reconocimiento a la figura del cantante y a su derecho a expresar las opiniones que considere (faltaría más). Como ejemplo valga este editorial del periódico digital "Vilaweb", un medio abiertamente independentista.
En cuanto a quienes le han criticado, he visto que, insultos anónimos al margen, se ha utilizado contra Raimon el hecho de que en 1963 hubiera participado en el Festival del Mediterraneo (cantando en catalán, por cierto) o su intervención en 1997 en el homenaje al concejal del PP asesinado por ETA Miguel Ángel Blanco, durante el cual fue increpado por los asistentes. Si todas las sombras que se pueden proyectar sobre los más de 50 años de carrera y compromiso político, social y cultural de Raimon son estas dos circunstancias, es para tenerlo en un altar.
Dicho todo esto, en lo que yo sí discrepo de la argumentación de Raimon en su entrevista en Catalunya Ràdio es en la vinculación que hizo entre el proceso independentista de Catalunya y la realidad política y cultural en el País Valenciano. El cantante se declaró preocupado por si el anticatalanismo, que los sectores "blaveros" y el Partido Popular promueven sin descanso, pudiera crecer en el País Valenciano. Pese a llevar 50 años viviendo en Barcelona, Raimon ha mantenido siempre su activismo como "cantante valenciano" preocupado por la unidad cultural del catalán y, en este sentido, sus miedos son comprensibles y respetables. De todas formas,  es evidente es que la defensa de la cultura autóctona de los valencianos frente a los intentos de manipulación y españolización del PP y sus círculos de influencia no ha de depender de lo que hagan los catalanes sino de lo que se trabaje y se luche en el propio País Valenciano. Ni se puede esperar que los catalanes condicionen sus objetivos políticos a los intereses o preocupaciones de los valencianos, ni los valencianos pueden ni deben confiar en nadie de fuera para defender lo que les es propio. Tan clara como la unidad cultural entre Catalunya y el País Valenciano lo es también que cada cual ha de trabajar en el marco de su particular ámbito político.
En este sentido, junto a la visión del proceso independentista catalán como un peligro para la cultura catalana en el País Valenciano hay quien, justo al revés, lo considera un beneficio en la medida que disponer de estado propio puede ser un refuerzo cultural. Quienes así opinan defienden también que, en lo político, el nacionalismo valenciano puede ganar peso si consigue que una futura independencia de Catalunya sea vista como un éxito y, por tanto, como un ejemplo a seguir.

martes, 6 de mayo de 2014

Rajoy, el derecho a decidir de los catalanes... y dos huevos duros.

Esta portada de "El Mundo", de enero de 2010, recoge una entrevista al actual presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, cuando estaba en la oposición y acababa de visitar una oficina de empleo para conocer la realidad de la gente sin trabajo.

Con sus "bueno, vamos a ver..." y sus carraspeos dubitativos, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, acaba de destacar en su entrevista en la Cadena SER que todo va mejor pero que no hay forma de que esa mejora se concrete en beneficios para los ciudadanos.  El discurso de fondo es que, para la gente normal, la crisis no es coyuntural sino estructural: tenemos que acostumbrarnos a vivir mal y, dentro de ese mal, vamos a ir mejorando. A quienes ven sombras les llama aguafiestas pero él ni sabe de donde van a salir los puestos de trabajo que necesitamos, ni reconoce que, con la perdida de derechos aplicada, ya ni trabajar garantiza "poder llegar a final de mes".
El PP llegó al poder acusando al PSOE de haber negado la crisis, de su visión cosmética sobre la realidad, de verlo todo de color de rosa, de destacar "brotes verdes" allá donde solo había drama, ahora Rajoy hace lo mismo, con un tono todavía más triunfalista. Su discurso es que todo es relativo, la EPA es "solo una encuesta" y frente a un dato negativo siempre encuentra otro de positivo para compensar.
Tan relativo es todo que ni se acuerda de cuando habló con Aznar por última vez, ni ha encontrado a nadie en su partido que le pueda explica "algo" de lo que pasó con la gestión del dinero negro que les llegó para pagar tantos sobresueldos y hasta la reforma de su sede. Siendo como es el líder de un partido en el que tiene manos libres para designar todo tipo de candidatos sin consultar a nadie, resulta curiosa que no tenga forma de saber de dónde sale el dinero con le que trabajan y han trabajado.
De Catalunya dice que es un problema de "gran envergadura" y que todo es cuestión de hablar, igual que sobre la reforma de la Constitución, pero luego se niega a concretar qué está dispuesto a negociar o cuál es su punto de partida para empezar a discutir. Contrasta tanto misterio con un reconocimiento que ha hecho cuando se ha  referido a la reforma del artículo 135 de La Constitución que se hizo en 2011. "Me llamó Zapatero por teléfono y le dije que sí". O sea, que para poner en la Carta Magna que han de cobrar antes los bancos que las personas (por ejemplo, Bankia antes que los dependientes), eso sí, con una llamada de teléfono vale, pero para ajustarla a las demandas de los ciudadanos, eso ya se verá, según, depende, quizá, tal vez, más adelante...


Mariano Rajoy, paseando por Nueva York en septiembre del 2013. (Foto:EFE)


El proceso por "el derecho a decidir" que se está viviendo en Catalunya es, en miniatura y con otro título, muy similar al proceso de cuestionamiento del actual orden social, político y económico que se está dando en los países desarrollados. La misma independencia que hoy quieren muchos catalanes para su país es la que querrían disfrutar millones de ciudadanos, catalanes y no catalanes, que ven su vida hipoteca no por unas fronteras indeseadas sino por una pobreza y falta de futuro que les devora. Los parados, los sin futuro, los desesperados no son ciudadanos independientes, no son ciudadanos libres, en realidad, no son ciudadanos sino rehenes.
Para nada es casual que, pese a tratarse de cuestiones muy diferentes, los muros de contención sean los mismos ante un posible referéndum en Catalunya que ante la posibilidad de legislar para poner la economía al servicio del interés general: los grandes partidos gobernantes que no quieren que nada se mueva, que pretenden que todo se quede como está; en España, el PP y el PSOE, por eso concretan determinadas reformas constitucionales contra la gente con una simple llamada telefónica.
Si los gobernantes, básicamente la derecha liberal o la izquierda socialdemócrata, defendieran los derechos de la ciudadanía, no estaríamos ahondando la brecha de la desigualdad entre ricos y pobres como lo estamos haciendo en la actualidad. Los gobiernos occidentales, lejos de servir a sus votantes, sirven a sus financiadores partidistas, a sus compañeros de fiestas, a sus vecinos de jet... a quien realmente manda, es decir,  al poder económico.
Y aquí es donde la demanda del "derecho a decidir" de los catalanes resulta un pésimo ejemplo. Lo que está pasando en Catalunya es que hay una inmensa parte de la ciudadanía, yo diría que claramente mayoritaria, que  no está de acuerdo con el modelo de autogobierno que tienen y quieren poder optar por otro.
Ese es justamente el problema, que la ciudadanía pueda decir claramente con que no está de acuerdo y reclame una rectificación concreta. No es el duro nacionalismo español el que se enfrenta al nacionalismo catalán; eso, en realidad, es solo la fachada. En el fondo, lo que late es el pulso de la democracia contra el sucedáneo de democracia que tenemos.  La clave está en que si a los catalanes se les permite decidir sobre una cuestión territorial, a ver quien le niega luego a los españoles decidir sobre la concreción de la política económica. No, nada de derecho a decidir. El "mantra" es que ya nos autodeterminamos cada cuatro años cuando votamos tal o cual parlamento, tal o cual ayuntamiento. El sistema quiere votaciones amplias, muy generales, donde nada se concrete, donde se formulen grandes discursos en los que todo se mezcla y que, después, nadie es capaz de controlar.
A mí, el "derecho a decidir" de los catalanes me parece indiscutible pero su reclamación querría verla acompañada de otros referéndums que seguro que también tienen un amplio consenso social. Pongamos por caso consultar sobre la garantía de una renta básica de ciudadanía, sobre el cumplimiento de la ley de la dependencia, sobre los paraísos fiscales, sobre el reparto impositivo, sobre el derecho a la vivienda o sobre las ayudas a los bancos. Esa es la cruzada general y mucho me temo que, por ejemplo, Convergència no estará por la labor.

PD: La distinta actitud de Rajoy en las dos fotos que acompañan el texto me parece un ejemplo muy aclaratorio de cómo funciona la política en España: cuando se está en la oposición y no se tienen responsabilidades directas se "baja al pozo" de la realidad (en este caso, se visita una oficina del INEM) y cuando se gobierna se pasea por Nueva York  con formas y comitiva de alto cortesano.