martes, 4 de febrero de 2014

El suicidio de las televisiones autonómicas

La defensa de las televisiones autonómicas públicas está en el cumplimiento de su razón de ser, apelar a ellas desde las emociones o la justicia laboral es prueba de que se llega tarde. Esta imagen corresponde al momento que Canal 9 dejó de emitir. (Foto: EFE)
Si las televisiones autonómicas están para convertirse en el escaparate de las fiestas y tradiciones regionales varías o de los habituales recorridos por las inclemencias meteorológicas de aquí y de allá, mejor que no existan. Para ser más exactos, acabarán no existiendo. Aunque solo sea por la cantidad de necesidades sociales básicas que están quedando a la intemperie por culpa de la falta de financiación pública, si las teles autonómicas se entienden básicamente para ofrecer imágenes de jaranas, procesiones, nevadas o inundaciones, nos podríamos ahorrar el dinero que cuestan.

Digo todo esto desde el convencimiento absoluto de que, en una sociedad democrática, la comunicación no puede quedar de ninguna manera en manos de la lógica de mercado, de que los medios audiovisuales públicos son insustituibles. Como la atención a los dependientes, la educación o la sanidad, la comunicación es un elemento social y políticamente estratégico y, por tanto, la existencia de las televisiones públicas en el ámbito autonómico, es fundamental, imprescindible... pero, por favor, sin trampas.

Canal Sur, por poner un ejemplo, no puede estar todo el día con la copla, los toros o enlazando el Rocío con las procesiones de Semana Santa o la Feria de Abril, y sí, ya sabemos que en los montes de Granada nieva en octubre y que en las playas de Almería hay turistas bañandose en enero, pero para todo eso no se necesitan televisiones autonómicas. Y conste que lo dicho para Canal Sur sirve para todas las demás. Sean las Fallas de Valencia, los Carnavales canarios, el Apóstol gallego, etc, etc. Una televisión pública es mucho más que un contenedor que se ha de llenar con folclore, sucesos, frivolidades y fútbol. Tranquilos, mantengamos todos la calma, las fiestas existían antes de la llegada de las teles y seguirán... Y las nevadas,  igual. En cuanto al fútbol, quizá con menos "impuestos revolucionarios" televisivos, sería menos corrupto.
Esta concepción entre antropológica, festiva y curiosa de los canales autonómicos los condena a la insignificancia y a la falta de utilidad social. Unas emisoras así, más allá de fabricar postales bonitas, solo son útiles para quienes las controlan y, forzosamete, acaban  poniendo esos contenidos tan simples al servicio de su interés partidista. Las fiestas son el decorado y, por delante, ya iremos poniendo al gobernante de turno para que se luzca por su perfil más populista. El problema entonces es que cuando los políticos llegan a la conclusión de que "sus" televisiones ya no les sirve ya no hay defensa posible, y se acaba en el cierre. Pasó en Murcia, ha pasado con Canal 9 y es el peligro inmediato que se cierne sobre Telemadrid. Luego tocará reivindicar la continuidad de las emisiones en base a unos contenidos más trascedentes, justo los que hasta ese día habrán brillado por su ausencia. Conviene, pues, dejar las cosas claras mucho antes. Los trabajadores de estos medios tienen una gran responsabilidad. Su compromiso con el producto que se ofrece debe ser antes de verle las orejas al lobo. Si no les llega para hacerlo por responsabilidad que lo hagan, al menos, por egoísmo, si se pierde el producto acabarán perdiendo el trabajo.



La apuesta por los contenidos simples es pura miopía profesional. Basar los contenidos de los canales autonómicos en fiestas y chascarrillos puede llegar incluso a ser atractivo pero no es útil. (Foto: Canal Sur).

Los medios públicos deben huir del populismo como de la peste. Las fiestas y la meteorología, como los sucesos o los entrenamientos del equipo local, son los típicos temas de consenso, los que se plantean en un ascensor cuando no se sabe que decir. No generan polémica, hay acuerdo general. Son temas blancos. Son puro populismo. El sentido de los medios públicos pasa por justo lo contrario, por establecer una agenda propia que, huyendo de los intereses del mercado, sea capaz de garantizar a los espectadores unos contenidos informativos, un bienestar comunicacional, que les permita ejercer como ciudadanos. Lo simple no sirve. Cualquier comunidad política, sea región, país o estado, necesita de referentes propios potentes en los que identificarse y alrededor de los cuales cohesionarse políticamente. Esa tarea no nos la van a hacer desde Bruselas, Nueva York o Madrid capital de España.


Las televisiones autonómicas están para reflejar una determinada visión del mundo a partir de la mirada diferenciada de las gentes del territorio donde se hacen, cosa que supera con mucho el folclore o los sucesos. Claro que las fiestas o las nevadas han de estar presentes en los informativos de los medios públicos pero, ni de lejos, pueden ser su razón de ser. Para entendernos, eso ya lo daba el NODO.
No es de recibo que el poder público use la pulsiones más simples de las personas para captar su atención. Las fiestas, el fútbol o las lluvias vienen a ocupar los espacios que deberían llenar los debates sobre la autodeterminación de Catalunya, la corrupción, los desahucios, el fracaso escolar, el olvido de los dependientes o la crisis del bipartidismo. ¿Qué esto es más denso y puede ser más aburrido que lo otros? Pues hágase atractivo e interesante que se supone que para eso somos profesionales.

Los medios audiovisuales públicos son herramientas de país (quien quiera leer eso como región, que así lo lea). No puede haber comunidad de ciudadanos diferenciada si no dispone de medios audiovisuales de masas propios. Cada cual tendrá que decidir. Desde de una voluntad o un convencimiento de una España uniforme, las televisiones autonómicas no tienen sentido o, como máximo, lo tienen como herramientas de servicio, y eso no es de lo que yo hablo. Si, por contra, se cree en el hecho diferencial (el que sea y de las dimensiones que sea) hay que ser consecuentes. Es imprescindible huir de los temas de consenso y, justo al revés, promover el pensamiento crítico. Si eso no lo hacen los medios públicos, no lo va a hacer nadie. Con el mercado, con su lógica conservadora y de negocio, no podemos contar.

Los medios audiovisuales son el espejo donde una comunidad se reconoce a si misma, y han de ser plurales porque así son las sociedades. Hay que escapar de lo simple porque la sociedad es cada día más compleja y el reto está en entenderla y asimilarla. Por eso los temas de consenso no sirven. Son cómodos pero inútiles. No conquistaremos el futuro a base de fiestas y nevadas. Se avanzará planteando los temas de conflicto, haciéndolo abiertamente, discutiéndolos entre todos. Una comunidad vertebrada en base a fiestas y sus muchas o pocas lluvias será siempre una comunidad social y políticamente menor, democráticamente inmadura. Estaremos distraídos, eso seguro. Distraídos en el sentido de que nunca estaremos atentos al sitio donde pasen las cosas, siempre mirando hacia el lado equivocado y siempre llegando tarde y mal a todo. Cuanto antes entendamos el valor de lo que nos jugamos con los medios públicos autonómicos, mejor. Decidamos lo que queremos y organicémonos de acuerdo a lo decidido. Las televisiones autonónicas no son gratis pero pueden ser muy rentables. Donde hay descentralización ha de haber información descentralizada, de proximidad. Información. Ni espectáculo, ni propaganda, ni postales bonitas, información. Que lo entiendan los partidos, que lo entiendan los sindicatos, que lo entiendan los trabajadores implicados y que lo aprovechen los ciudadanos. Lo contrario es un fraude y, a día de hoy, vivimos instalado en él.

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