viernes, 27 de septiembre de 2013

Autodeterminación y República sí pero, antes, justicia social



España es el país más desigual de la eurozona y, además, el país donde más está creciendo la desigualdad. Es decir, los peores y empeorando más que nadie. (Foto: EFE)

Estoy absolutamente a favor de que los catalanes puedan celebrar un referéndum de autodeterminación,  me parece que deberíamos aprovechar los últimos tiempos en activo del Rey Juan Carlos para ir poniéndole fecha a una consulta sobre monarquía o república, defiendo la necesidad de limitar los mandatos de los políticos, me parecen indispensables los medios de comunicación públicos y soy partidario de una reforma electoral que apueste por la proporcionalidad y, de paso, nos ayude a acabar con el desvergonzado bipartidismo reinante. Además quisiera ver menos militares y más médicos, menos policías y más maestros, a los corruptos pudriéndose en la cárcel, el final de las corridas de toros y la demolición de centenares y centenares de edificaciones que destruyen nuestras costas... pero por  encima de todo eso quiero que los políticos busquen la manera de revertir el injusto reparto de la riqueza que hace que cada vez sea mayor la brecha entre ricos y pobres. Polemizamos, sin casi avanzar, sobre multitud de cuestiones que, por importantes que sean, son secundarias respecto a la necesidad de que todo el mundo pueda vivir dignamente. Ese es el campo en el que hay que invertir el máximo de esfuerzos. No será fácil pero es la máxima prioridad. Resumidamente se trata de meter la mano en el bolsillo de los más ricos y llevar su dinero a los más necesitados. Solo así habrá una sociedad más justa en la que, entonces sí,  ya tendrá todo el sentido discutir, como si se acabara el mundo, del derecho a la autodeterminación o de la lucha por la III República. ¿Vale de algo una Catalunya independiente o una España republicana donde las oligarquías financieras sigan repartiéndose el pastel como hasta ahora? A mi, en todo caso, no me vale.
Me avergüenza que continúe en pie el hotel de El Algarrobico, que el ayuntamiento de Madrid se empeñe en tener sus Juegos, que no haya forma de evitar el maltrato de los animales en las fiestas populares, que Rajoy pueda mentir sin que pase nada pero, antes que todo esto, no entiendo cómo hay cada vez más gente rebuscando en los contenedores, más familias sin casa, más niños con dificultades para comer, para comprarse libros o para ir al médico, y todo sin que se tomen medidas para evitarlo, ni se hagan propuestas concretas al respecto.
¿Dónde está el valor de la PAH, Ada Colau y compañía? Simplemente en que se ocupan de lo fundamental, del derecho a la vida digna de las personas, sea esa vida en una Catalunya independiente o no, en una España monárquica o republicana. No estoy llamando a la revolución. Con la simple aplicación efectiva del artículo 128 de la vigente Constitución española sería suficiente: "Toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general".
Cuando la izquierda, o la presunta izquierda, se cuestiona su falta de discurso, sus dificultades para llegar a la gente o los (pese a todo) buenos resultados de la derecha, haría bien en plantearse qué propone a la ciudadanía para garantizarle una casa, un plato en la mesa, un colegio para sus hijos o un hospital en condiciones cuando vengan mal dadas. Se deben garantizar estos derechos y, por ejemplo también, un trabajo digno, la defensa ante los abusos de poder, la posibilidad de comprarse libros, ropa, ese regalo que tanta ilusión le hace al hijo... de eso se trata.  No es complicado, es una simple cuestión de reparto de rentas y, por supuesto, de tener la valentía suficiente para enfrentarse al poder económico y decirle que seguirá teniendo más pero que se le ha acabado eso de tenerlo todo.
Existen decenas de informes que ponen de manifiesto lo que cada uno de nosotros ya ve cuando se asoma a la calle. No hay excusa para disimulos o despistes. La exclusión social crece (Informe de Cáritas 2013), los directivos las grandes empresas cobran noventa veces lo que cobra un trabajador medio de la misma empresa (artículo FUHEM Ecosocial) y los más ricos ganan hasta con la crisis (Informe Fundación 1 de mayo, 2013).
Es preciso, imprescindible, apostar por la equidad social pero no de una forma retórica sino concreta. Hay que decir como se conseguirá que nadie pueda tener cien veces lo que otro; que nadie pueda tirar de avión privado para sus caprichos mientras haya quien rebusca en los contenedores. Legislar. Se trata de legislar,  no hay otro camino. Repartir los tiempos de trabajo, evitar la desproporción en sueldos, redistribuir las rentas, utilizar, de verdad, los impuestos como forma de equilibrar la sociedad y evitar la fractura social. Hacer pedagogía de la justicia para no tener que apostar por la caridad como en los tiempos de las "damas postulantes". El dinero que va a las escuelas privadas que vaya a las públicas; el que va a los hospitales privados, que vaya a los públicos; lo que se da a la iglesia, para dependencia; las ayudas a los bancos, a programas de inserción laboral pagados... y así hasta el día que el mundo en lugar de dividirse entre ricos y pobres se divida entre ricos y no ricos. No apelo a la sociedad sin clases, solo reclamo una sociedad sin pobres.


lunes, 16 de septiembre de 2013

El dedo de Javier Cercas































Javier Cercas firmando libros durante el Sant Jordi de 2009. Foto: EFE.




Ser inteligente y saber escribir posibilita algo que está al alcance de pocos: hacer pasar como argumentos sólidos y bien fundamentados lo que son poco más que ocurrencias u opiniones muy fácilmente rebatibles. Javier Cercas es inteligente y escribe bien, por eso sus puntos de vista son siempre interesantes aunque el artículo que escribió ayer en "El País" ("Democracia y derecho a decidir") sobre la independencia de Catalunya y el derecho a decidir haya que encuadrarlo más en el apartado de filigranas dialécticas y medias verdades que en el de aportaciones serias al debate. Los catalanes con sus demandas independentistas señalan la luna y Javier Cercas se empeña en hablar del dedo. Su escrito mantiene que el derecho a decidir no existe y que antes de convocar un referéndum sobre la autodeterminación de Catalunya es preciso que unas elecciones evidencien que "una mayoría clara e inequívoca de catalanes quiere la independencia". No estoy de acuerdo con ninguno de los dos planteamientos. Intentaré explicarme.
1. Sobre el derecho a decidir: Tiene razón Cercas cuando afirma que "en democracia no existe el derecho a decidir sobre lo que uno quiere, indiscriminadamente. Yo no tengo derecho a decidir si me paro ante un semáforo en rojo o no: tengo que pararme. Yo no tengo derecho a decidir si pago impuestos o no: tengo que pagarlos". La trampa está en que la reivindicación del derecho a decidir sobre la independencia de Catalunya no se demanda "indiscriminadamente", ni tiene la connotación caprichosa que se desprende de "lo que uno quiere". Nada tiene que ver con saltarse los semáforos o no pagar impuestos, cosas que, por otra parte, si algún día generan una respuesta masiva de los ciudadanos planteando su sustitución por otro tipo de métodos o prácticas,  también podrán ser revisadas. El derecho a decidir es una demanda en la que coinciden centenares de miles de ciudadanos catalanes, por tanto merece ser tomado en serio. La frase "no se puede ser demócrata y estar a favor del derecho a decidir" es una provocación innecesaria que no merece más comentario.
2. Sobre la necesidad de unas elecciones plebiscitarias: Vincular la posible celebración de un referéndum a una elecciones previas a las que todos los partidos, obligatoriamente, deban concurrir dejando claro si quieren o no la independencia es, como mínimo, tramposo. Unas elecciones no han de convertirse en un plebiscito, no es propio de demócratas. Las elecciones son otra cosa. Para plebiscito ya está el referéndum, pues usémoslo. Que en España las consultas al pueblo, al margen de los comicios, sean un acontecimiento excepcional no debe hacernos olvidar que en muchos otros países son muy habituales. El voto en unas elecciones tiene en cuenta muchos aspectos y desnaturaliza su sentido centrarlo todo en una sola cuestión. Yo puedo ser independentista pero que el programa económico que me resulte más atractivo sea el de una formación no independentista o puedo no ser abiertamente independentista y confiar en la política educativa que propone una formación que sí es independentista, ¿qué tengo que votar? ¿El sí o no a la independencia es anterior a todo lo demás? Pues si es así, lo dicho, referéndum.
La participación ciudadana que se vehicula a través de los partidos responde a la complejidad de hacer compatible la democracia directa con el funcionamiento de los órganos institucionales. Por eso, los programas con los que los partidos concurren a las elecciones son amplios y detallados. Un sí o un no a la independencia es algo que no precisa de intermediarios, no tiene sentido hurtárselo a la gente y mediatizar las respuestas a través de los partidos.
Además no es razonable pretender que la demostración de la existencia de una mayoría independentista sea anterior al referéndum. Dice Cercas que "si hay una mayoría de partidarios de la independencia, habrá que celebrar un referéndum; si no la hay, no". Bueno, lo que debería explicar el autor es el por qué de esta independencia a dos vueltas.  Si las elecciones ya demuestran que hay una mayoría independentista, ¿para qué se necesita el referéndum?, ¿qué sentido tiene obligar a una consulta para demostrar lo que ya sabemos? Demuéstrame que quieres la independencia para que yo te pregunte si quieres ser independiente... Extraño, ¿no?
En definitiva, que si a Javier Cercas no se le ocurren nada más que razones procedimentales para evitar la convocatoria de un referéndum, si ni él es capaz de esbozar una alternativa que pueda resultar atractiva para que los catalanes, mayoritariamente, quieran seguir en/con España... es la que cosa está muy mal. Perder el tiempo hablando del dedo no resolverá nada.

jueves, 12 de septiembre de 2013

La privatización miope de las televisiones públicas

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En un mundo lleno de leyes y normas que, a veces para bien y otras, muchas, para mal, limitan nuestra libertad, la televisión parece el único gran agente social  que vive abiertamente al margen de la legislación. Tele 5 nos inunda diariamente de basura saltándose a la torera todas las normas existentes pero nadie dice nada. TVE disfruta de la original situación de ser una televisión pública pero cuyos contenidos en programas los deciden única y exclusivamente los grandes bancos y las grandes empresas. Con la desaparición de la publicidad, TVE ya solo programa espacios patrocinados y, puesto que los únicos que patrocinan son el BBVA, Telefónica o El Corte Inglés, la realidad es que exclusivamente se hacen los programas que estas grandes corporaciones quieren. Así las cosas, ¿dónde está el carácter público de TVE?
Más curiosidades: Canal 9 está a punto de privatizar sus contenidos. Casi 50 empresas productoras, agrupadas en distintas candidaturas, optan a los tres lotes de programación a concurso. No hay mejor imagen para definir el proceso que la de un grupo de náufragos (las productoras, la mayoría de ellas cargadas de deudas y casi en quiebra) que se pelean entre ellos por subir a un barco que se está hundiendo (Canal 9 arrastra deudas por 1.300 millones de euros, no llega al 3% de audiencia y tiene su futuro en manos de los tribunales que han de decidir si el reciente despido del 75% de su plantilla es o no legal). Se dan casos tan curiosos en esta privatización como que el periódico "Las Provincias" opta a los tres lotes en juego cuando en 2006 ya recibió la adjudicación de una licencia de TDT por parte de la Generalitat pero la tiene alquilada para emisiones de teletienda, cosa absolutamente ilegal. No parece muy razonable que quien incumple abiertamente la ley en la última concesión pública conseguida, pueda optar a una nueva...
La mencionada imagen de los náufragos y el barco a la deriva pone de manifiesto la nulidad manifiesta de todo el audiovisual valenciano, que tiene depositadas sus esperanzas de futuro en la moribunda Canal 9. Si las productoras valencianas tienen un mínimo de calidad, ¿por qué no se la juegan en el sector privado? ¿Por qué lo confían todo al dinero público? ¿Estamos simplemente ante un capítulo más de transferencia de capital público a lo privado como en sanidad o educación? Pues sí, eso es. Aquí nadie tiene ni proyecto, ni a nadie le importa la democracia comunicativa o el derecho a la información. La consigna es: toma el dinero y corre.
Lo triste es que la carrera es hacia el abismo. Un sector audiovisual no puede depender de los medios públicos, igual que el sector alimentario no puede esperar que sean las instituciones las que compren su producción. No estamos ante compartimentos estancos pero si ante realidades diferentes. Las empresas privadas deben trabajar en el mercado y hacer se fuertes en él. En cambio,  los medios públicos han de alejarse de la lógica de mercado y  responder a un proyecto político que los ponga al servicio de la comunicación democrática, en definitiva, de la democracia. Es su única razón de ser, el único camino por el que pueden ser viables. Desviarse de eso, sirva como ejemplo precisamente Canal 9, es quedarse sin sentido. La inexistencia de un proyecto político sobre medios de comunicación público es, a la postre, el desastre asegurado. Los medios públicos cuando pierden su razón de ser arrasan todo lo que tocan, también a las productoras que pretenden aprovecharse de ellos. Las empresas que optan a la privatización de Canal 9 han de saber que su viaje es a ninguna parte y que, además, cuando un nuevo gobierno dirija la Generalitat, serán los primeros en caer. Si tuvieran más visión y menos prisa se darían cuenta que su mayor suerte sería un Canal 9 público potente, de referencia, con la plantilla necesaria, una gestión austera y contenidos democráticos y útiles. En esa situación no podrían "pegar los pelotazos" que han pegado pero tampoco sufrirían los impagos que han sufrido, ni los vaivenes que han tendido que soportar. Entonces, las productoras valencianas, y los proveedores en general, sabrían a que atenerse y disfrutarían de la seguridad de realizar de forma constante determinados trabajos complementarios que la cadena contrataría. De esa forma, el sector podría ir ganando músculo y, quizá, hasta llegaría a ser lo suficientemente fuerte como para colocar sus productos en las grandes cadenas privadas y, de una vez, ganar el dinero honradamente.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Explicación olímpica del independentismo catalán

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Una niña con una bandera independentista por el centro de Barcelona. Foto:Jordi Cotrina.

Ahora que España está en plena resaca de la derrota de Madrid como ciudad candidata a los Juegos Olímpicos de 2020 y hoy que es "11 de setembre" y miles de catalanes  de la mano gritan "adiós España ", ver conjuntamente ambas cosas puede ayudar a los españoles a entender la fuerza del independentismo catalán y la firme determinación social que lo sustenta.
En los días previos al 7 de septiembre y a la decisión del COI Buenos Aires sobre quien había de organizar los Juegos del 2020 se habló mucho de la candidatura de Madrid como un proyecto de país, como un proyecto ilusionante, como un proyecto compartido capaz de unir transversalmente amplísimos sectores de la sociedad española. Se habló de la movilización ciudadana, de un altísimo apoyo social. Se decía que era un reto compartido al que la gente se incorporaba porque el protagonismo era compartido, porque era de todos. No era necesario ser un aficionado al deporte para dejarse arrastrar por la esperanza o la euforia de Madrid 2020. Así al menos se vendía por parte, precisamente, de los sectores más reacios al nacionalismo catalán y a sus reivindicaciones.
Pues bien, quien entienda la fuerza ilusionante y cohesionadora de un proyecto como Madrid 2020, básicamente deportivo, que lo multiplique por mil y tendrá lo que representa para los catalanes su "plan independentista". Puede aceptarse o negarse, dialogar o no, ponerse manos a las obras o hacer como si no sucediera nada pero los catalanes no se van a conformar con seguir como hasta ahora, ni siquiera les valen parches cosméticos en forma de más o menos dinero. Ya no es eso...
Con el horizonte del referéndum prometido para 2014 en primer plano, el proceso hacia la independencia de Catalunya es un movimiento social absolutamente transversal. No se debe leer en clave de partidos políticos. Por raro que suene, incluso entre los votantes del PP habría quien votaría sí a la independencia. El sueño nacional de los independentistas de siempre se ve acompañado de la ilusión de miles y miles de ciudadanos recién llegados a la reivindicación. El motor es mucho más que un cálculo. Son emociones. Sueño e ilusión. Dos palabras clave que explican que cuanto más duros se ponen los adversarios, cuanto más amenazan, más crece la marea de banderas catalanas coronadas por una estrella. El entusiasmo siempre es contagioso y el independentismo catalán está entusiasmado.
La ilusión no son unos Juegos, no son tres semanas de deporte y fiesta. Aquí el reclamo es ser dueños de su propio futuro, edificar un nuevo país, empezar de cero, estar ahí cuando todo se ponga en marcha, formar parte de la historia. Esa misma aura que tuvo la Transición después de Franco es la que hoy tiene el "adiós España". Los balcones de Barcelona están llenos de "estalades". No hoy que es 11 de septiembre. Hoy desborda. Me refiero al mes pasado, al mes que viene. El proceso está en marcha. La ilusión está creada y tanto da que las expectativas no vayan a cumplirse, que el Estado propio no sea la tierra prometida. Las cosas no son como son, ni como van a ser sino como las percibe la gente. Catalunya tiene su proyecto y lo va a sacar adelante. No se les va a cruzar ni el PP, ni la Constitución, ni Estambul o Tokio.



jueves, 5 de septiembre de 2013

Por "patriotismo de la sensatez": No a los Juegos Madrid 2020

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Deseo fervientemente que Madrid no resulte elegida sede de los Juegos Olímpicos de 2020. Me parece que ya está bien de tomarnos el pelo. "España necesita ilusión y los Juegos se la darían", eso es lo que dicen nuestros dirigentes para justificar la necesidad de ganar la elección. Yo pienso que, justamente, ilusiones son lo que menos necesita el país, por tanto mejor que le den el "premio" a Estambul o Tokio. Para ellos las ilusiones y centrémonos nosotros en las realidades. Aseguran que unos Juegos transforman a la ciudad que los organiza. Aunque también dicen que en Madrid la mayoría de obras están hechas (de ahí los más de 7.000 millones de deuda municipal). Luego si todo está hecho, ¿en qué consiste la transformación? ¿No será que falta mucho más de lo que ahora aseguran y que una vez elegidos, hechos consumados, será el momento de ir descubriendo todo lo que todavía hay que hacer y todo lo que todavía hay que gastar? ¿De dónde sacará España el dinero? ¿De la educación, de la sanidad, de las prestaciones sociales, del sueldo de los funcionarios, de la precarización laboral? Solo en gastos de organización son unos 2.000 millones de euros y en cuanto a construcciones, solo contando el Estadio Olímpico se deberán invertir otros 2.000 millones. Ya está bien. Los únicos que, una vez más, van a sacar tajada de unos posibles Juegos son los grandes bancos y las grandes constructoras. Más dinero público a bolsillos privados a cuenta de un modelo desarrollista y depredador. Vamos, un país un poco más desigual. Unos cada vez más tiesos y otros, nadando en la abundancia. Como si no hubiera llovido ya suficiente. Como si no hubiéramos visto ya esta película.
Ya sé que nadie se atreve a decir abiertamente "No a los Juegos". Los medios de comunicación, a coro, cambian información por propaganda y llevan días con el "botafumeiro" en marcha. No quieren enemistarse con las autoridades y todo lo que sean posibles beneficios en publicidad, bienvenido sea. En cuanto a los partidos, no hay ninguno, al menos entre los mayoritarios, que se quiera quedar atrás en patriotismo y todos tiran del "carro olímpico" porque creen que hacer lo contrario les restaría votos y, lo que para ellos es peor, les supondría enemistarse con los poderes fácticos. Si Habermas defendió  lo del "patriotismo constitucional" como la unión de un país en base a su democracia, yo, modestamente, defiendo el "patriotismo de la sensatez" como la necesidad de pensarse un poco las cosas para no dejarlo todo peor de lo que está.
Recuérdese, por ejemplo, que la Barcelona del 92  multiplicó por cinco el gasto previsto y a Grecia, los Juegos de Atenas, la acabaron de rematar y ya lleva dos rescates y se habla del tercero.
Desde Valencia no se puede olvidar la Copa América de vela o la Fórmula 1. También eran acontecimientos que tenían que obrar poco menos que milagros y que, al final, lo único que han traído es vergüenza, despilfarro, deudas, pobreza para la mayoría y, eso sí, un negocio redondo para los que ya eran millonarios. En el país de la corrupción, con el PP en la alcaldía de Madrid, en la Comunidad Autónoma y en el gobierno central, con dirigentes encausados, con sus mentiras devorándonos cada día, con una opacidad absoluta en las cifras, con la Familia Real al mando y con el COI presidiendo, más que unos Juegos, tenemos derecho a pensar que lo que se nos ofrece es un atraco. Nos machacan con la creación de 300.000 puestos de trabajo. Dan la cifra y bajan el telón. Ni un dato para justificarlo, ni una explicación sobre de dónde saldrían, qué características tendrían o cuanto durarían. Igual hicieron cuando aseguraron, antes de 2010, que el AVE Madrid-Valencia iba a crear más de 200.000 puestos de trabajo y lo único que se ha conseguido es multiplicar los parados, poner en marcha una línea deficitaria y, eso sí, cargarse otras de medio recorrido que tenían miles de usuarios que, ahora, no pueden pagar el billete de AVE.
Dos cosas para acabar. La primera que si de lo que se trata es de darle un espaldarazo al deporte español de base, nada mejor que los clubes de fútbol (y también las grandes estrellas) paguen sus deudas con Hacienda y con la Seguridad Social. Con eso se podría fomentar, y mucho, la práctica deportiva. Si todavía faltara algo, grabando negocios como los traspasos de Bale o Neymar seguro que se recaudaría un buen pico. Y la segunda cosa, teniendo en cuenta que, según dicen, la elección de Madrid generaría tanta ilusión, Mariano Rajoy podría aprovechar la semana que viene para disolver el Parlamento y convocar elecciones. Un país deslumbrando por los "cromos de colorines" igual se olvidaba de sus penurias y abrazaba otra vez la candidatura del PP como quien abraza un amuleto. De hecho, si el pueblo español votando está a la altura del mencionado Rajoy nombrando tesoreros y controlando las cuentas de su partido, igual el PP renueva su mayoría. ¿Qué le parece Sr. Rajoy, probamos?