martes, 5 de marzo de 2013

Ni cebrianes, ni pedrojotas: periodismo


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El periodismo, entendido como lo hemos conocido hasta ahora, está muerto. Profesional y laboralmente muerto. El control de los contenidos es cada vez más asfixiante, el dominio empresarial está en manos de corporaciones y hombres de negocios que solo ven en los medios la plataforma para consolidar su poder y el de su partido amigo. Los periodistas escriben al dictado. Bueno, ahora se le llama línea editorial pero para el caso, y para entendernos, escribir al dictado. Todo el mundo da por bueno que "ya se sabe para quien se trabaja" y, por tanto, toca informar (o lo que sea) según desea quien mande. Y quien manda, manda, ya sea un empresario o un político gobernante. Además, las condiciones laborales se han precarizado tanto que vivir del periodismo ya es una entelequia. Tal precarización, cómo no, facilita el poder del empresario/gobernante. "Como crees problemas, a la calle, que hay ciento y la madre como tú esperando ahí fuera". Los contenidos, fruto del mismo control empresarial, se han ido haciendo más y más superficiales con lo que preparación de los periodistas cada vez es menos importante. Es más, cuanta menos preparación mejor, ya que se exige mucho menos, se obedece mejor y se cobra peor. Todo perfecto. El círculo vicioso está servido: peores contenidos permiten peores periodistas; peores periodistas empeoran los contenidos y facilitan la manipulación; los contenidos siguen empeorando, los periodistas, también... y así hasta que las noticias estén directamente elaboradas por los gabinetes de comunicación de empresas y partidos. Luego ya solo quedará que en las redacciones (cualquier día deslocalizadas como unos teleoperadores más) un reducido grupo de "periodistas basura", cada cual según las características del medio, se dediquen al corte/pega para llenar periódicos, radios o informativos de televisión.
Vamos camino de los 8.000 periodistas despedidos en los últimos cinco años y hoy cualquier nuevo empleo son no más de 1000 euros mensuales, sin horario, con tareas de redactor-cámara-técnico-fotógrafo-documentalista (todo a la vez) y con contrato temporal. Para que luego digan que sin periodismo no hay democracia y que sin periodistas no hay periodismo. ¿Qué periodismo se puede hacer en estas condiciones laborales?  Igual con el carné de "fidelidad a la causa" en la boca se pueda encontrar trabajo un poco mejor pagado en algún gabinete de empresa o partido pero, eso, no es periodismo.

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Dicho todo lo dicho, no tengo ninguna duda de que el periodismo, otro periodismo, nacerá. Lo que sucede es que tenemos que ayudar a que ese nacimiento sea en las mejores condiciones posibles y que ese universo que es la red no acabe siendo una trampa para la profesión, en la que todo valga, todo sea lo mismo y no haya forma de distinguir el grano de la paja. En el periodismo  que ha de venir es obligado que se pueda ejercer de periodista y que se pueda vivir dignamente de ello. Ninguna profesión ejercida por profesionales al dictado de intereses ajenos y con sueldos de miseria ha sido jamás útil a la sociedad. El periodismo, el de verdad, no puede quedar en manos de cuatro románticos francotiradores con pequeñas ventanas de excelencia en la Red. Una democracia no se mantiene si la información de calidad no llega a un número significativo de ciudadanos. No digo a todos, eso es imposible, pero si al número suficiente para que haya una vanguardia social que se resista a las trampas, abusos y excesos del poder, sobre todo del económico.


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Asociaciones profesionales, sindicatos, consumidores, Universidad, empresarios y, sobre todo, los partidos políticos democráticos deberían ponerse a la tarea. No es una cuestión de un convenio colectivo o de tal o cual demanda, estamos ante una "cuestión de Estado", de verdad y sin falsas solemnidades. Es mucho más que economía o negocio. Se trata de un tema estratégico; igual que lo es el respeto al medio ambiente para garantizar que dejaremos mundo a nuestros hijos, igual que lo son las infrestructuras para el desarrollo de un país, como la sanidad para el bienestar de los ciudadanos o la educación para garantizar la igualdad de  oportunidades o las pensiones para procurar una vejez digna a los mayores. La información no incide en un campo concreto de nuestra vida porque incide en todos. La información es la garantía de la democracia y, por tanto, es la garantía de nuestros derechos, del respeto que merecemos como ciudadanos. Sobran los somoanos, los nachos villas, los cebrianes, los sopenas, los pedrojotas, los marhuendas o los cientos de caciques provinciales que ensucian todo lo que tocan. Hay que legislar pensando en la gente, en lo que dice el artículo 20 de la Constitución y lo que está recogido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (artículo 19): existe el derecho a la información y solo es información aquello que nace de la libertad del que la da, de su honradez y del convencimiento de su veracidad. Hay que legislar dando todo el poder al ciudadano, asegurándole no solo la libertad de expresión sino la igualdad de expresión. No es suficiente con poder decir lo que se quiera, es preciso que todo el mundo tenga la posibilidad de ser escuchado. ¿De qué sirve la libertad de expresión si no te escucha nadie? De que vale esa libertad al lado de la del editor que tiene 20 periódicos o el gobernante que tiene cinco grandes televisiones a su disposición. Esa libertad de expresión es totalmente injusta, no es democrática. Igual que una persona es un voto, una persona ha de ser una voz.

3 comentarios:

Héctor dijo...

Julià, tengo la sensación de que el "otro periodismo" que está por nacer no es más que el periodismo original. Ese en el que no hay intereses sino realidades. En el que no existe una línea editorial sino opiniones de todos los tipos, que no se mezclan ni confunden con las noticias.

Al fin y al cabo, en mi opinión, el nuevo periodismo tiene que ser una vuelta al viejo periodismo, al periodismo de verdad. Porque, lo que tenemos en la actualidad, salvando excepciones, ¿es realmente periodismo o panfletismo?

Un saludo,
Héctor.

Anónimo dijo...

ZORRO DIXIT:

Una vez más has vuelto a dar en el centro de la diana. Es imposible que la libertad de expresión sea eficaz si no hay comunicación y la comunicación nunca se produce si el mensaje no es escuchado por el receptor. Los políticos, gobiernos, empresas audiovisuales no solo se han encargado de controlar a sus herramientas transmisoras de sus mensajes sino que además se han ocupado de analfabetizar al receptor para que éste no codifique cualquier señal que vaya en contra del político de turno. De lo contrario, cómo se explica que en Valencia, Castellón y Alicante, Pais, Comunitat o Regne Valencià (menudo debate más estéril) vuelva a ser reelegido por mayoría absoluta un Partido Popular lleno de imputados, corruptos y chorizos impunes.
Sólo se entiende, con un pueblo aletargado o atontolinado, el mejor aliado de una democracia decadente.

Anónimo dijo...

Cierto, la comunicación está copada por los amos de la comunicación, los poderosos, los que lo dominan todo. Eso de la libertad de expresión sin más me suena al liberalismo económico más salvaje: que cada cual gane lo que quiera, que cada cual compre lo que quiera, que cada cual venda lo que quiera. En este caso que cada cual diga lo que quiera. Cojonudo entre el PP que tiene mil altavoces y yo, ¿dónde está la igualdad de oportunidades? ¿Y entre yo y Cebrián o Lara el catalán? Eso es que como si todo el mundo tuviera derecho a ir al médico pero como no te lo puedas pagar, te jodes. Libertad toda pero la realidad es que al médico solo irían los poderosos. Pues eso es lo que pasa con la libertad de expresión. Más allá de su familia y amigos, la incidencia en la opinión pública es cosa de cuatro poderosos y eso no es democrático o, en todo caso, democracia decadente.