jueves, 14 de febrero de 2013

Rajoy convierte un resfriado en pulmonía

Lo dicen las encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) desde febrero del 2010, los políticos son el tercer problema del país. Llevamos así tres años... y las cosas van a peor. Pues nada, ahí les tienen, como si tal cosa. Solo hay que verlos en acción para desconfiar de ellos. Hacen cosas que los demás no hacemos. No son normales. No digo que nosotros, los de a pie, la tropa, seamos lo contrario de ellos. Lo que digo es que entre la gente corriente hay variedad, en cambio, entre los políticos, todos (al menos, y sobre todo,  los mayoritarios) parecen cortados por el mismo patrón.
Todos mentimos de tanto en tanto, mentiras piadosas y, a veces, no tanto; todos buscamos excusas que, en ocasiones, nos suenan raras incluso a nosotros mismos, pero la gente normal no basamos en eso nuestro quehacer diario. Bueno, alguno puede haber pero ese o nos tiene engañados, cosa que no dura siempre, o está más que marcado. Si un compañero de despacho, de barra de bar o de taxi es oportunista, siempre arrima el ascua a su sardina, esconde la parte de realidad que le es incómoda, solo habla de lo que le interesa, niega las evidencias, asegura una cosa y luego la contraria, es duro con los defectos de los demás y niega siempre los propios por más grandes que sean, incumple su palabra sistemáticamente, nos hace la pelota solo cuando quiere sacar algo de nosotros... alrededor de él se forma una especie de cordón de seguridad, está señalado, el "grupo" lo aparta. En política no pasa eso. En la alta política española, ante los ojos de todos, sin esconderse, es más, sacando pecho, nuestros dirigentes han convertido la doblez, el insulto a la inteligencia y la desvergüenza, la intelectual y la absoluta, en norma de conducta. En otro momento podía pensarse que se trataba de algo coyuntural, una especie de sarampión que tocaba pasar, pero no. Ahora vemos que el sistema político español está instalado en eso. Tan instalado que pese a que los ciudadanos ya han dicho (en las encuestas, pero también en la calle) que no cuela, que ya está bien, ellos siguen erre que erre. Está claro que no van a reconsiderar su manera de hacer las cosas, aunque ello mismo sea lo que los destruya. Son como ese escorpión que, no sabiendo nadar, pasaba la charca a lomos de una rana y no pudo evitar picarla, con lo que la pobre rana murió y él acabó ahogado. No pudo evitarlo, era su naturaleza. A los políticos, ya digo, sobre todo a los del PP y del PSOE, aunque se puede generalizar, les pasa lo mismo. Si no, de qué, tenemos que aguantar a Soraya Sánz de Santamaría, con sus aires chulescos en el Congreso, contestar con desprecio las críticas de la oposición. ¿La han visto? ¿Se puede estar más fuera de sitio? ¿Se imaginan a alguien, cogido en falta, adoptar la misma actitud en un trabajo normal, en una obra, en una tienda, en la Universidad...? No duraría ni dos días. Pues bien, estos son los que nos gobiernan. En la alta política española, cuando alguien adopta esas actitudes perdonavidas, sobreactuadas y vacías de Saénz de Santamaría, sus compañeros no solo no la llaman al orden sino que la aplauden, con deleite, con una sonrisa en los labios, la jalean.





Igual que se jalea a Rajoy cuando se permite contestar a Rubalcaba con desaires, a Ana Mato cuando ofende la inteligencia declarándose limpia de polvo y paja (con todo lo que se sabe de ella), a Montoro cuando asegura que el sistema fiscal es perfecto o a Fátima Báñez, la misnitra de Trabajo, cuando se declara "muy moderadamente satisfecha" de estar casi en los 6 millones de parados.
Tales compoortamientos políticos corresponden a quienes entienden su tarea desde una lógica de guerra: todos son enemigos, la verdad no importa y cualquier debilidad puede convertirse en un peligro; primero disparar y luego preguntar. Las reglas no cuentan. Lo que está sucediendo en España tiene mucho que ver con las consecuencias de esa lógica de guerra. Las víctimas no importan porque el objetivo es la victoria, ganar la guerra. El fin absoluto es salvar España, aunque la realiad demuestre que se está haciendo a costa de los españoles. Quienes se oponen, ya se sabe, son la anti-España, los malos. Poner a la gente agazapada en trincheras permite la impunidad. Salvar España es una causa tan justa, tan alta... El problema es que los ciudadanos ya han empezado a sacar la cabeza por encima de la trinchera y han visto que la batalla es falsa, que lo único que se pretende salvar son los intereses de los poderosos, aunque sea al precio de ir restando rentas de los que menos tienen para darselo a los que ya son inmensamente ricos. Por todo esto, los políticos son vistos como el tercer gran problema del país. Por eso el PSOE, mientras el PP se hunde, tampoco remonta, porque la gente ve que son lo mismo, o casi, y que precisamente ese "casi" es la trampa. Se extiende la percepción de que el "casi" no es más que el anzuelo que nos pone el sistema para que pensemos que, dentro de él, puede estar la solución. No es así. Solo saldremos de ésta cuando consigamos que la lógica del trabajo, la que gastamos a diario, que tiene una parte de competición y enfrentamiento, pero mucho más de participación, colaboración, reflexión y servicio, se instale también en las instituciones. Nos gobiernan los más torpes, fruto de la selección negativa que se da en el interior de los partidos (se promocionan los peores), y los menos honrados. No se puede hacer política sectaria si no es desde la falta de honradez intelectual y, no nos engañenemos, quien no se tiene respeto a si mismo no tiene respeto a nada, ni a nadie, tampoco al dinero ajeno. Ahi nace la corrupción. Sí, los políticos españoles son un problema. Lo son no solo porque no resuelven nuestros males sino porque muchos los crean ellos. Uno tiene la sensación de que a nuestros gobernantes les das un resfriado para que te lo curen y te lo devuelven en forma de pulmonía... El beneficio es para los de la industria farmaceútica y a ti te intentan consolar diciéndote que con "los otros" sería neumonía.

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