miércoles, 6 de febrero de 2013

¿De quién se ríen nuestros políticos?

Mariano Rajoy, presidente del Gobierno. (Foto: F.D.)

Me siento rodeado por la corrupción. No sé qué hacer. No sé cómo explicarle a mi hija todo lo que está pasando, ni cómo obrar en consecuencia. Tanta corrupción me resulta irreal. Miro a mi alrededor y solo veo trampas y abusos, levanto la vista y más de lo mismo, y más, y más. De lo más cercano a lo más lejano.  No sé a quién encomendarme, ni en quién confiar.
Empiezo por el ayuntamiento de Valencia y me encuentro a la alcaldesa Rita Barberá, cargada con sus bolsos de Gürtel,  multiplicando las recalificaciones de suelo mientras dice no saber nada de los 40 millones que han desaparecido de la depuradora de Emarsa. Populista, malcarada, opaca. Sé de su concejal, Jorge Bellver, que se escapa de un juicio por prevaricación asegurando que desconocía que un determinado jardín, junto al que concedió unas obras al "multiimputado" Enrique Ortiz, tuvieran carácter protegido. Como en su día, a Bellver, lo colocaron de diputado autonómico para huir del juez que le había tocado en suerte, ahora lo han hecho jefe del grupo parlamentario del PP en Les Corts.
No tengo escapatoria. La corrupción de Valencia me provoca nauseas pero si pienso en ir algo más al norte me encuentro con el Castellón feudo de Carlos Fabra, con su aeropuerto sin aviones y su Diputación donde se recibe a la oposición al grito de "hijo de puta". En Alicante, peor. Allá me esperan los pufos de José Joaquín Ripoll, las basuras del "caso Brugal", los Planes Generales de Ordenación hechos a medida de los constructores de los alcaldes de la capital, Luis Diaz Alperi y Sonia Castedo, los pelotazos de Terra Mítica o las mordidas de la Ciudad de la Luz.



De izquierda a derecha, después de una reunión del Comité Ejecutivo Nacional del PP: los diputados estatales Susana Camarero y Gerardo Camps; la alcaldesa de Valencia y diputada autonómica, Rita Barberá; el president de la Generalitat, Alberto Fabra; el vicesecretario general de Estudios, Esteban González Pons; el Embajador en Londres, Federico Trillo, y el vicepresident de la Generalitat, José Ciscar (Foto: EFE)


Subo un escalón y doy con la Generalitat. Entro en  el reino de las tinieblas; eso sí, después de esquivar los fantasma de Zaplana ("tu le pides dos o tres millones y me das la mitad bajo mano"), de Olivas (ante los tribunales por haber hundido Bancaixa) y de Camps ("Amiguito del alma, te quiero un huevo"). Preside la Generalitat un Alberto Fabra que ha edificado su carrera riéndole las gracias al antes mencionado Carlos Fabra y rompiéndose las manos a aplaudir cada vez que Camps se acercaba a Les Corts a descalificar a la oposición que le preguntaba por el "caso Gürtel". Sé de las finanzas del partido investigadas judicialmente, de los empresarios que les pagaban las fiestas, de los fondos de Solidaridad desviados a bolsillo particulares, de museos vinculados a la mafia china, de diputados del PP repartiéndose sobresueldos en sobres, de diez de esos diputados imputados, de uno recién condenado por prevaricación, de una visita del Papa aprovechada para robar tres millones de Canal 9. Veo como las instituciones desprecian  a las familias de los 43 muertos del accidente del metro de 2006  pero se arrodillan ante cualquier sinvergüenza con corbata o perlas que venga a ofrecer negocio. Toda la dureza que su policía emplea contra lo jóvenes estudiantes que salen a protestar es permisividad para los infractores urbanísticos o los defraudadores fiscales.


El poema "¿De qué ríe, Sr.Ministro?" de Mario Benedetti, en una versión de Quintín Cabrera.

Busco confiar en órganos públicos menos ligados a los partidos y vuelvo a naufragar. El hedor de la casta política me asalta de nuevo. La televisión pública que pago me desinforma, el Consell Jurídic Consultiu es un cementerio de elefantes especializado en hacer la ola al poder; el Síndic de Comptes, siempre llega tarde; el Síndic de Greuges, ni está ni se le espera, y de las Cajas de Ahorros ya no quedan ni los anagramas.
Descarto la posibilidad de huir a Catalunya por miedo a topar con los líos de Duran i Lleida, las ITVs de Oriol Pujol, los dineros evadidos del otro Pujol, la mafia rusa de Lloret o todos los pufos socialistas del cinturón de Barcelona. Por no poder  no puedo ni volver al pueblo donde nací, Llavaneres, allí también los hay implicados en la "operación Mercurio",  el "caso Pretoria" y sus cien  chanchullos urbanísticos.
Pongo rumbo a Madrid. Vale, ¿y qué? Allí me espera un gobierno, y un partido de gobierno, hasta las cejas de corrupción, gesticulando y boqueando como un pez fuera del agua. Con Bárcenas marcando los tiempos, preocupados solo de diseñar estrategias para salvarse, apelando a la transparencia pero huyendo de los periodistas, parapetándose tras los guaradespaldas para no topar ni con los ciudadanos. Con una amnistía fiscal de la que solo se sabe que ha servido para que un hatajo de delincuentes blanqueara su dinero, con la ministra Mato celebrando saraos y viajes pagados por delincuentes, con el nombre de Rajoy entre los que cobraban en negro, con un tesorero del PP que disponía de millones y millones en el extranjero pese a no conocérsele negocios, con un tramposo reconocido, como Jesús Sepulveda, cobrando del partido del gobierno, con espías perseguiendo a militantes del PP por orden de otros militantes del PP. Si conecto TVE me escupen mentiras. De la Defensora del Pueblo, ¿qué quieren que les diga?, de lo poco que sé de ella es que defendía a Juan José Güemes cuando esté resultó ser directivo de la empresa a la que él mismo había dado la privatización de los análisis clínicos cuando era consejero de Sanidad de Madrid.
¿Sigo? Sí, sigo. La Familia Real implicada en un caso de corrupción de libro; el yerno, timando a diestro y siniestro, el Rey, que lo sabía todo, tapando, tapando;  sus hombres de confianza,  en el ajo; el Príncipe, de perfil; todos imputados menos la Infanta. Muchas promesas de transparencia pero ni una concreción. El Rey, que llegó pelado, ahora aparece en la lista de las grande fortunas de Forbes  y nadie nos explica sus negocios.
De la justicia sabemos que no atina o está superada: sin medios, con las leyes al gusto de los delincuentes de guante blanco y acosados por poderosísimos y bien pagados despachos de abogados, jueces y fiscales de a pie no dan abasto. Además resulta que el que nos parecía bueno, Baltasar Garzón, acaba expulsado de la carrera judicial por malo.  ¡Qué cosas! Por contra, hemos tenido a Carlos Dívar al frente del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), con sus lujos por cuenta ajena, y ahora vemos a Fernando de la Rosa, de vicepresidente, pese a arrastrar en su currículum una carta de recomendación para una amiga de su mujer siendo alto cargo de la Generalitat o haber sido cómplice de Francisco Camps en su defensa por el "caso Gürtel".
Gobernantes, arreglen todo esto, por favor. Dejen de justificar la corrupción propia y de cargar contra la ajena. Entérense ustedes de lo que pasa en su casa antes de atacar a la de enfrente. ¿Cómo vamos a confiar en quien siempre necesita que le digan los de fuera lo que pasa en su propio partido? Descubran, aunque solo sea una vez, su propia corrupción. Bárranla.  No les pido nada para mí, bueno, sí, le pido respeto. Un poco de respeto. Y si no pueden arreglarlo, no nos cuenten más milongas, Váyanse, ¡va-yan-se! Sobran la mitad. Muchos por corruptos; y los que no levantaron la  mano y se plantaron ante tanto abuso, por cómplices.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Mejor explicado imposible, resumido, ya que es imposible abarcar toda la corrupción en un articulo solo, la "maraña" existente es bestial, al final se nombra a un tal Fernando de LA Rosa , su hermano es quien gestiona el privatizado hospital "La Ribera" de Alzira, entre hermanos, maridos, esposas y cuñaos anda el lio......cuatro se lo llevan crudo y todos lo pagamos.

Ginger dijo...

Me ha encantado tu artículo y solo puedo decir que escuchar o leer las noticias da verguenza.


Saludos