miércoles, 5 de diciembre de 2012

Nunca se está como siempre

Menos competitividad y más cooperación como garantía de resultados más justos

La sociedad, y más concretamente la política, tiende a diferenciarse a partir de la actitud que cada cual toma ante el concepto de "como siempre". Hay quien defiende sus deseos y sus decisiones porque las cosas han de ser "como siempre" y quien, por el contrario, parte de que no se puede seguir "como siempre". Lo vemos cada día, y la división no es exactamente una división izquierda frente a derecha. Me parece que la línea se ajusta más a conservadores contra progresistas, pero ni eso es exacto.
La cuestión reside en que la sociedad está viva y va evolucionando mientras el poder está lleno de inmovilistas, gente privilegiada e instalada, que, por tanto, está encantada de que todo siga igual. El hecho de que a sus pies, en la calle, los cambios se vayan produciendo, aunque solo sea por el simple paso del tiempo, les tiene desorientados y solo ceden cuando no hay más remedio. La historia está llena de ejemplos.
La actual crisis, que es mucho más que económica y que, sin lugar a dudas, solo tiene salida política, es un momento en que el apego del poder al "como siempre" se percibe de forma más evidente con toda su carga de injusticia, inutilidad y estupidez. Las crisis tienden a extremar las contradicciones y, por consiguiente, facilitan la aparición de voces alternativas.
La sociedad está ya hoy en otras cosas, en otros deseos, en otras forma, en otras ideas que cada vez se alejan más de las que se defienden desde el poder; de ahí la gran desafección hacia la política y hacia todo lo que suene a institucional. Lo que ha valido hasta ahora ya no sirve. Estamos en otro mundo. No podemos seguir "como siempre" porque nada dura siempre. Los cambios no son una estrategia, son una necesidad.
No se puede volver a la legislación sobre el aborto de los años ochenta, huir del mestizaje como si los inmigrantes no existieran o añorar la enseñanza de religión de los setenta. Ante el hecho religioso, el mundo de mi hija y el mío se parecen como un huevo y una castaña. Renovarse o morir. Si España quiere seguir adelante como hasta ahora tampoco lo puede hacer "como siempre"; empeñarse en "españolizar" Catalunya es chocar contra una pared. Realidad se llama esa pared. Es la misma con la que han chocado quienes se oponían al matrimonio homosexual y con la que, en breve, acabarán topando los defensores de la monarquía borbónica, de las corridas de toros o  los contrarios a la eutanasia.
La sociedad es cada día más compleja y quien pretenda soluciones de trazo gordo se equivoca. La cuidadanía dispone de unos niveles de información y participación como nunca y, pese a sus perversiones, ello conlleva una capacidad de agrupación y movilización hasta ahora desconocidos.
Ya no sirven los partidos organizados de forma vertical, la gente quiere otra cosa:  ser espectadores de la política no es suficiente, se desea ser protagonista. Se acabó también la economía al margen de las personas. Se ha visto lo que había tras el rostro amable del capitalismo y no le gusta a nadie. Para que una limitadísima élite multiplique sus rentas sin límite no se puede dejar en la miseria a más y más gente. El modelo soviético no sirvió como alternativa pero ahora tampoco vale como espantajo. Lo privado como muestra de excelencia ante lo público ya no cuela. Lo privado nos ha llevado al fondo del pozo y, en su ciego egoismo, todavía quiere salvarse a costa de lo público. Pues no. Economía para las personas y con las personas, más autogestión y objetivos que vayan más allá de la productividad. Ya tardan las leyes al respecto. ¿Qué es eso de tener que aceptar que, en economía, el fin sí justifica los medios? Energía limpia, decrecimiento, poder horizontal, banca ética, instituciones transparentes, empresas solidarias... conceptos que hasta hace cuatro días nos resultaban tan extraños como no poder fumar en un restaurante y ya ven: los conceptos han llegado con vocación de quedarse y como encienda usted un pitillo con el café hará el ridículo, quedará en evidencia y le acabarán multando. Vamos, como nunca.


La teoría del bien común es una de las corrientes que está planteando otra forma radicalmente distinta de hacer las cosas, empezando por la economía.

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