lunes, 5 de noviembre de 2012

Lectura comentada del "Manifiesto federalista"

En tiempos de crisis, la venta de banderas también puede ser negocio (Foto: elmonomudo.com)

Para evitarle la lectura a aquellos que puedan tener expectativas diferentes a lo que voy a satisfacer, adelanto las conclusiones de mi lectura comentada:
1. Me parece que el "Manifiesto" publicado por "El País" exagera la radicalidad del sentimiento independentista en Catalunya.
2. Creo que se ofrece una visión excesivamente amable y positiva de la actitud de "España" ante el catalanismo en general.
3. Se apuntan dramáticas consecuencias del proceso independentista que no se concretan.
4. Se plantea la actual situación de conflicto descontextualizada de todos los desencuentros y contradicciones vividas en los últimos años.
5. El "Manifiesto" muestra una preocupación por la fractura social que consecuencia de la  fractura territorial como si la mencionada fractura social no fuera ya un hecho entre nosotros mucho antes de que Catalunya plantee o deje de plantear su voluntad independentista.
Dicho esto, empiezo la "lectura comentada":

"Varios centenares de intelectuales (295 no son varios centenares sino varias decenas) y profesionales han firmado en Cataluña un llamamiento a favor de la izquierda (pese a haber destacados derechistas) y del federalismo para responder al creciente secesionismo estimulado por Convergència i Unió, desde el Gobierno de la Generalitat, así como por otras fuerzas políticas de afinidad nacionalista.
Queremos atender esa llamada porque los promotores de una independencia inmediata de Cataluña aducen beneficios obviando penosas consecuencias para todos (no concretan tales penosas consecuencias que, obviamente, deben ir más allá de la ya efectiva fractura social que se está produciendo y sobre la que no se conoce manifiesto alguno). Además se eximen de responder a los ingentes problemas que, como europeos, como españoles, como ciudadanos de una comunidad autónoma y como vecinos de un municipio, nos plantea la crisis económica y la incapacidad que aquí y en Europa se advierte para adoptar decisiones válidas. Añadir una propuesta de secesión augura, bajo el pabellón de un nacionalismo exacerbado (es discutible usar este adjetivo, la manifestación del 11-S no parecía especialmente irritada), el desbordamiento a corto plazo del malestar social al que nos viene arrastrando el súbito empobrecimiento y el vértigo de la desesperanza de un número creciente de ciudadanos (suponer que el malestar se va a desbordar por la cuestión territorial , y no por ele mepobrecimeitno en si mismo, parece también una cuestión a discutir).
Los independentistas convierten su particular idea de España en el chivo expiatorio sobre el que cargar todos los malestares (esto es simplemnete falso, el independentismo catalán, sobre todo el más progresista, es plenamente consciente de que los "malestares" son muy diversos). Abonan así el terreno a la exigua minoría que, desde el resto de España, se propone hacer otro tanto con su particular idea de Cataluña (a la vista de la historia o de lo que aparece en los medios nadie diría que hablamos de tan poquita gente). La afirmación de que España perpetró agresiones contra Cataluña es una desgraciada manipulación del pasado, que olvida deliberadamente cómo en los conflictos y guerras civiles en los que todo el país se vio envuelto, los catalanes, al igual que el resto de los españoles, se dividieron entre los diferentes bandos (vieja argumentación que no está, para nada, en el sentimiento independentista de hoy; así pues, falso enfoque en el que resulta superfluo detenerse).
Ni Cataluña está sometida a un expolio por parte de España, ni el común de los españoles alberga sentimiento alguno de menosprecio hacia ella (menosprecio puede que no, pero desconfianza, sospecha y molestia, es evidente que sí) . Bien al contrario: Cataluña suscita afecto, admiración y reconocimiento (tal afirmación es más que dudosa, repásese lo aparecido en los medios en los últimos años y verán lo difícil que es encontrar ejemplos de esos sentimientos que, en todo caso, no parecen muy generalizados), entre otras razones porque sin ella, sin su lengua, sin su cultura y sin su aportación solidaria, no puede entenderse la España democrática (estas palabras se echaron de menos en tiempos de boicots, declaraciones de destacados políticos españoles y campañas varias que se han dado en este mismo decenio) . Las fuerzas políticas que han abrazado el independentismo calculan que, dada la drástica reducción de los recursos del Estado y los padecimientos de la crisis, sería llegada la hora de pugnar por sus aspiraciones maximalistas, sin atender al orden constitucional pactado por todos (la Constitución de 1978 en ningún caso se puede entender como un punto de llegada, todas las normas son revisables).
En Cataluña existe un profundo sentimiento nacional, del que el resto de los españoles es plenamente consciente (no parece que esa consciencia sea suficiente para entender que tal singularidad es razonable que se concrete en las leyes) . De ahí que sostengan con firmeza que haya de ser reconocido e integrado de nuevo en el seno de instituciones compartidas (ya pero ¿cómo?). No obstante, si ese sentimiento de forma mayoritaria se manifestara contrario de modo irreductible (¿irreductible? aquí se nota un prejuicio muy claro, si es mayoritario y democrático, ¿por qué habría de reducirse?) y permanente al mantenimiento de las instituciones que entre todos nos dimos, la convicción democrática nos obligaría al resto de los españoles a tomarlo en consideración (¿quiero esto decir que los firmantes están por el referéndum?) para encontrar una solución apropiada y respetuosa: los ciudadanos de Cataluña tienen que saber que este es nuestro compromiso irrenunciable. Pero tienen que saber también que en el resto de España y en la misma Cataluña hay muchas voces que reclaman seguir avanzando juntos (eso lo sabe todo el mundo y andie lo discute, de ahí el conflicto).
El programa de construcción nacional incentiva a los independentistas a sentirse víctimas de una opresión por parte de España, a rechazar la toma en consideración de las propuestas de entendimiento (¿cuales son las propuestas de entendimiento a  las que se hace referencia rechazadas por el nacionaismo catalán?)  y a silenciar o relegar a todos aquellos ciudadanos catalanes que no suscriban ese programa de secesión (es discutible mantener que los partidarios del no a la independencia hayan sido silenciados, ni en las instituciones, ni en los medios, ni en la calle). La transición de la dictadura a la democracia se hizo de la ley a la ley pasando por la ley (apelación debatible ya que el espíritu de consensos de la transición no parece un clima muy parecido al actual). Ahora, paradójicamente, los independentistas para llevar adelante su denominada transición nacional se proponen violentar la ley democrática, hecha por todos y para todos, con el propósito de alumbrar una ley nueva, hecha solo por los que se sienten llamados a una misión sin contar con los demás (las leyes nunca las hacen las minorías, así que tranquilos, no hay violación posible solo presión para adaptar la legislación a una posible voluntad mayoritaria de un pueblo). En la aritmética política sucede que el orden de los factores altera el producto.
Ni España ni la Constitución de 1978 ni el Estatut de 2006 niegan a los ciudadanos de Cataluña ejercer su derecho a decidir (por tanto, ¿referéndum, sí?); son los partidos que apoyan la fulminante independencia de Cataluña quienes confunden las opciones al concurrir, una tras otra, a las citas electorales con programas edulcorados, indoloros y sin coste político, social o económico alguno, pensando ampliar así sus apoyos en las urnas (eso sirve solo para CiU a quien, precisamente, tantas veces se ha apelado, y loado, como apoyo de los gobiernos de España).
Es preciso que CiU y otras fuerzas de afinidad independentista (además de CiU, ¿cuales?) asuman sus graves responsabilidades en la equivocada gestión de la presente crisis económica y en los abusos en que incurrieron y dejen de exculparse bajo el supuesto expolio perpetrado por España. Esa estrategia de exculpación les ahorra el debate económico y social que necesitan tanto Cataluña como el resto de España, exacerbando y absolutizando, en su lugar, un debate nacional y nacionalista (lo curioso del caso es que este manifiesto aparece cuando se habla de cuestiones nacionales y no ante una deriva social que, como se apunta, ya es una realidad indiscutible. Por tanto, el "debate económico y social" también se lo han ahorrado los firmantes).
Consideramos, además, que todas las fuerzas democráticas deberían sumarse en la búsqueda de un mejor encaje institucional para Cataluña, de una financiación más justa y de una federalización del deteriorado Estado de las autonomías (se echa en falta que esta actitud se hubiera puesto de manifiesto cuando se cercenó la reforma del Estatut en tiempos de Pascual Maragall o, por añadir una cuestión  relacionada, cuando se erchazó el "Plan Ibarretxe"), que inscriba en su norma suprema la solidaridad interterritorial y los criterios de su aplicación compatibles con el esfuerzo común de todos y el principio de ordinalidad. Por ese camino podremos seguir ampliando las cotas de libertad, igualdad, progreso y respeto mutuo logradas con la Constitución de 1978".

Este fin de semana ha aparecido un segundo manifiesto, titulado "Con Cataluña, con España", esta vez publicado en el periódico "El Mundo". Este texto, que comparte algunos firmantes con el de "El País"que ni siquiera insinúa la posibilidad de tener en cuenta una posible voluntad mayoritaria de los catalanes de revisar su relación con España.

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