miércoles, 12 de septiembre de 2012

Catalunya: referéndum, ya

Normalidad democrática. Más de un millón de personas salen a las calles de Barcelona reclamando la independencia de Catalunya. Estamos hablando de, poco más o menos, el 20% de la población catalana. Eso ni es un "lío", ni es un "problema", es una realidad. Una realidad que algunos consideran problemática pero muchos otros creen esperanzadora. Así que lo mejor sería no ponerle adjetivo.
El caso es que el sentimiento nacionalista catalán es antiguo. La Transición, sin ir más lejos, fue como fue por la existencia de ese sentimiento. La actual organización territorial del Estado no se puede entender sin tener en cuenta la existencia del nacionalismo catalán. Durante años, el fuerte liderazgo de Jordi Pujol canalizó (embridó) esa vocación nacionalista por los caminos del autonomismo. Digamos que se apostó por el perfil bajo a cambio de que al otro lado, los distintos gobiernos de España, también optaran por un nacionalismo español incluyente, tolerante y comprensivo con el hecho diferencial de la periferia. En Catalunya había independentismo pero hacía poco ruido. En España, a partir de la segunda legislatura de José María Aznar (2000-2004), se abrió el tarro de las esencia imperiales. Y ya no se ha cerrado.
Ahora en Catalunya ya no está Pujol y, desde el éxito de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), precisamente en los años de Aznar, el discurso independentista ha saltado al primer plano, y lo ha hecho para quedarse. La reforma estatutaria de Pasqual Maragall, un político distinto pero comparable a Pujol, quizá fue el último intento de avanzar sin volar los puentes. No fue posible. El horno, lo sabe todo el mundo, ya no está ni para "Pactos Fiscales", ni para "Haciendas propias".
Artur Más ni es Pujol, ni es Maragall. Convergència está en manos de políticos profesionales más atentos a su carrera que al horizonte a veinte años vista. Unió tiene de líder a un oportunista como Josep Antoni Duran i Lleida. Los socialistas, ni están ni se les espera. La política, en general, vive horas bajas. La catalana, también. Los políticos adolecen de capacidad de liderazgo, están desprestigiados y no tienen hoja de ruta ni nada parecido. A la gente se le piden sacrificios sin ofrecer nada a cambio. Las últimas grandes movilizaciones en Catalunya, desde las consultas municipales a la manifestación de ayer, se han organizado lejos de las cúpulas partidistas. La calle ha desbordado a sus dirigentes de manera evidente y ellos, en el mejor de los casos, intentarán subirse a la ola para no quedar al borde del camino.
Este es el marco en el que hay que situar la manifestación del "11 de Setembre". Para entender lo que está pasando se le debe añadir, además, el pesimismo, la falta de expectativas y la crisis económica que, igual que España, sufre Catalunya.
La independencia se ha convertido para los catalanes, para muchos de ellos, en una luz, una ilusión por la que entusiasmarse, una razón para salir a la calle no a la defensiva, no con un discurso negativo, sino en positivo. Salir con una sonrisa, la del orgullo, la del entusiamo... y el entusiasmo es muy contagioso. Será un espejismo o no lo será pero esa pulsión mueve a las miles de personas que ayer colapsaron Barcelona y a muchas otras que se quedaron en casa. Al discurso nacionalista de siempre, aquel que se basa en la cultura, en la historia, en héroes y batallas perdidas, se unen ahora los que se movilizan porque la independencia les supone una esperanza. Tal como están las cosas, la simple posibilidad de empezar de cero en la construcción de un país es un reclamo irrechazable.
Por eso todas las amenazas caen en saco roto, por eso todas las descalificaciones y todas la exageraciones se vuelven contra quien las hace. Los nacionalistas españoles están en la complicada situación de tener que alimentar a su electorado poniendose más y más duros frente al hecho diferencial catalán, cosa que a la vez da alas a ese mismo hecho diferencial. Así estamos y no creo que dejando pasar el tiempo se resuelva nada. Al contrario. No voy a decir lo que yo creo que saldría de un referéndum de autodeterminación en Catalunya pero lo que sí está claro es que la simple duda sobre su resultado justificaría su convocatoria.

2 comentarios:

Albert dijo...

Desde luego a nadie habría de obligarlo a estar donde no quiere.
Pero tampoco hay que obligar a nadie a aguantar al que continuamente pide un trato "especial" sobre los demás para quedarse. Muy de izquierdas esto, por cierto.
La llamada a la independencia no es sino el normal paso de la insatisfacción y necesidad patológica de estar un escalón por encima "dels espanyols" que se planteó en la Transición.
Una alusión en la que Ud. señor Álvaro también cae: ese cajón de sastre con el que se simplifica al resto de los pueblos del Estado, y como simplificación se lo caracteriza como centralista, imperialista, y de derechas. No se trata de hacer una federación, no se trata de ser un estado libre asociado mientras llega la independencia. Una falta de respeto el ninguneo a los demás.
Una espiral, que ha funcionado muy bien en Catalunya, y para la derecha española en otros lugares (no lo olvido).
No hay mejor técnica para evadir problemas de la clase dirigente que buscarse el enemigo exterior, para cegar al pueblo. Normal el éxito en estos momentos.

Avisen donde haya que firmar para apoyar la independencia.
Deseo al pueblo catalán un molt bon viatge. Adéu. Si us plau, però ja!

Anónimo dijo...

Si , estoy totalmente de acuerdo contigo, quiero REFERENDUM YA!!!!, si sale SI la independecia para Cataluña inmediatamente.
Si sale NO dejad de dar por culo con ese tema en 200 años !!!!!!