jueves, 31 de mayo de 2012

¿Por qué le llaman política si quieren decir partidismo?

Sin política no hay democracia. La política no solo es digna y necesaria, la política es imprescindible. No puede haber una sociedad democrática si no está polítizada. Pues bien, los grandes partidos políticos españoles lo están haciendo tan mal que se están cargando la política. Ya han conseguido que "politización" sea sinónimo de corrupción, de abuso, de arbitrariedad y de sinrazón, y no parecen dispuestos a parar. Lo deseable sería que el desprestigio de los partidos políticos lo pagaran ellos pero, desafortunadamente,  lo paga la política, lo paga la democracia, lo pagamos todos. Mantiene la Constitución en su artículo sexto que "los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política". En resumen, que los partidos son instrumentos al servicio de los ciudadanos. Por eso, y porque la democracia se expresa a través de ellos, está bien que sea en última instancia de los partidos de quienes partan las propuestas de candidatos para tantos y tantos organismos e instituciones públicas. Desde el Tribunal Constitucional a los consejos de administración de las Cajas de Ahorros; desde la dirección de los medios de comunicación públicos a todo tipo de empresas ligadas a la administración o a las múltiples entidades reguladoras. Son cientos y cientos de cargos, cientos y cientos de puestos claves para la marcha de un país.
No hay nada con más legitimidad democrática que las cámaras parlamentarias y, por tanto, los grupos que las conforman, para elegir la composición de todos esos organismos. Así que ni una sola objeción a que todo este proceso esté "politizado".  Lo repito: es lo pertinente en democracia. La fractura llega cuando no estamos ante "politización" sino ante un evidente "partidismo". Y eso es a lo que se dedican los grandes partidos españoles, a colocar en todos los puestos a los que tienen acceso a estómagos agradecidos, militantes fieles, compromisos pendientes y pelotas sin más mérito que la proximidad militante o familiar. Por eso luego no hay nada que funcione, porque jamás piensan en los mejores para los cargos a ocupar sino, simplemente, en los suyos. Se juntan la incompetencia y la falta de honradez. Los despachos se llenan de incompetentes porque se trata de personas que no tienen los conocimientos mínimos requeridos para la tarea que, supuestamente, se les encomienda y no son honrados porque si lo fueran  no aceptarían puestos que les quedan absolutamente grandes. El resultado de sumar  incompetencia y falta de honradez es, siempre, una pésima gestión y mucha corrupción. Las cosas no pasan por casualidad.
Así que la politización no es mala pero si los partidos no quieren que los ciudadanos les vean como enemigos, desconfien de ellos y, con el tiempo, acaben huyendo de todo lo que huela a política, con lo peligroso que esto es, que hagan lo que toca; que se pongan al servicio de los ciudadanos, que se olviden del partido como oficina de colocación, que se abran a la sociedad y que piensen en los mejores cuando se trata de nombramientos claves en organismos oficiales. En resumen, que pongan la politica al servicio del pueblo. Es así de simple.
Por si alguien tiene dudas sobre la bondad de la política, recomiendo escuchar el discurso que Ada Colau, de la Plataforma de Afectados por las Hipotecas (PAH), durante el acto de recogida del premio "Català de l'any". Un discurso claro y sincero, que mueve a la confianza, a la empatía y a la ilusión. Toda la distancia que hay entre sus palabras y las habituales peroratas llenas de lugares comunes y circunloquios de los políticos profesionales es el boquete que nuestros grandes partidos han abierto entre las instituciones y las personas.


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