martes, 17 de abril de 2012

Un cementerio de elefantes, reyes y periódicos

¿Puede un ciudadano español decir que se siente avergonzado de que la primera autoridad del Estado dedique, en este 2012, su ocio a matar elefantes en el Tercer Mundo? ¿Debe conformarse ese ciudadano con que esa primera autoridad le avergüence y no poder hacer nada al respecto? Esa es la cuestión. Más allá de cómo se desenvuelve el Rey Juan Carlos, esa es la cuestión.
El reciente episodio protagonizado por el Rey en Botsuana es simplemente el síntoma de un problema mucho mayor: no es tal o cual comportamiento lo que chirría, lo que no encaja con la democracia es la institución monárquica. Si la monarquía se basa en la irresponsabilidad política del rey mientras que en una democracia el principio fundamental es que todos somos responsables de nuestros actos, empezando por las autoridades, la conclusión evidente es que democracia y monarquía son conceptos incompatibles.
Matar elefantes a mí me parece miserable pero sé muy bien que hay gente que se dedica a eso. Puede pasar incluso que un aficionado a matar elefantes sea un alto dirigente político y que se vaya de safari pese a tener a su país sumido en la crisis. Que lo haga, de acuerdo, pero que se le juzgue políticamente por ello, que asuma su responsabilidad, que si a la mayoría de ciudadanos no le gusta tal actitud, usando unas elecciones, se le pueda sustituir.
Se suponía que los privilegios de un Rey se veían compensados por su actitud ejemplar, por su saber estar. Nos mintieron también en eso. Desde su origen hasta hoy el reinado del actual monarca no tiene nada de ejemplar. Desde Franco al elefante, es todo muy poco presentable. El último episodio conocido hoy sobre la supuesta intermediación a favor de Urdangarín alrededor de la Copa América apuntan a que si conociéramos las conversaciones habituales del Rey se parecerían más a las de "El Bigotes" y Camps que a las de un estadista preocupado por su país.
Empiezan a sonar voces que apuntan a la abdicación de Juan Carlos en su hijo Felipe. No se trata de eso. Suponiendo que el heredero fuera más razonable (cosa que cuesta de creer si recordamos aquel episodio con una joven que le hizo unas observaciones en plena calle en Pamplona y que recojo a continuación), el problema es que tampoco se le puede controlar de ninguna forma. ¿Y si en lugar de ser más razonable, resultara que lo es menos?



También del Rey Juan Carlos se ofreció, y caló socialmente, una imagen intachable: razonable, moderno, cercano, honesto, escrupuloso, preocupado por el interés de España, buen padre de familia. Todo falso. La realidad es, simplemente, que no sabíamos nada de lo que estaba pasando, que la monarquía estaba tan blindada mediáticamente que no nos enterábamos de nada. Por eso en la Casa Real no quieren oír hablar de medidas que favorezcan la transparencia de la institución, por eso tanto el PP como el PSOE tienen tan poco interés en impulsarlas. Lo que pasa es que los tiempos del muro de silencio se han acabado. Se ha abierto la veda (con perdón) y ahora vemos que todas las imágenes eran falsas.
Ni la denodada tarea de los medios convencionales a favor del Rey sirve ya. En este episodio de la cacería de elefantes se ha visto que la información y el debate estaban en internet. Mientras los grandes medios se dedicaban a pasar de puntillas sobre el fondo de la cuestión y se obsesionaban en explicarnos la operación de cadera de Juan Carlos y su currículum quirúrgico (como si eso tuviera algún interés), los detalles del safari, los pormenores del accidente, sus compañías, sus anfitriones, el runrún republicano que se escucha... todo eso estaba en blogs y en diarios digitales. En este sentido, el papel del periódico "El País", y no es nuevo, ha sido especialmente triste y ha estado mucho más cerca del oficialismo monárquico del "ABC" o "La Razón" que de su supuesto papel de agente intelectual alrededor del cual se reúnen miles de lectores progresistas. No es extraño que la prensa de papel esté pasando un mal momento. Grandes, viejos y pesados como son, los periódicos no parecen buscar el futuro sino más bien encontrarse camino de su propio "cementerio de los elefantes". Vamos, como la monarquía.

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