jueves, 1 de marzo de 2012

Mentirosos contra manifestantes; políticos contra cuidadanos


Me parece obligatorio hacer alguna consideración sobre el tema de las manifestaciones que se están multiplicando por toda España. De forma interesada, se está hablando más de violencia que de reivindicaciones, y no es casual. La violencia es obra, lamentable obra, de dos grupos muy concretos: por un lado, una parte insignificante de los manifestantes y, por otra, mucho peor y más grave, la policía. Una vez conseguidos los incidentes, la campaña de imagen es sencilla. Desde el gobierno, con la ayuda de sus voceros mediáticos, desde Intereconomía a El Mundo, desde la COPE a ABC, desde Telemadrid a La Gaceta, se pone la lupa en los actos violentos y se manipulan convenientemente para, primero, desacreditar a los manifestantes y, segundo, extender un clima de preocupación y miedo que desactive las movilizaciones. Es todo muy viejo.
Se empieza siempre con lo de que el derecho de manifestación es sagrado pero luego se encadenan los argumentos, las conspiraciones, los prejuicios y las mentiras para "recomendar" que las cosas se hagan de otra manera. En realidad, lo que se pretende es que no se hagan. Y ya está.
Efectivamente, el derecho de manifestación está en la Constitución y, por sus características, es ridículo esperar que los manifestantes pidan las cosas por favor y digan "caramba, caramba" en lugar de "estamos hasta los huevos". Una manifestación es un acto de participación política, uno de los más extremos, es verdad, pero un acto estrictamente político al que se llega después de haber agotado las vías de diálogo y acuerdo. Cuando un gobierno tiene tanta gente en la calle, algo estará haciendo mal. En el acto de manifestarse no hay ninguna irresponsabilidad, sino todo lo contrario. El participante asume la plena responsabilidad de su papel político y lo ejerce directamente y no por representación.
Lo que está pasando en las manifestaciones de estos días es, básicamente, responsabilidad del gobierno de Mariano Rajoy. No solo del gobierno, de acuerdo, pero sobre todo del gobierno. Se plantea que sindicatos, partidos de oposición y demás grupos convocantes han de extremar las precauciones y la prudencia para evitar enrarecer más el clima de tensión social existente. Yo creo que nada está crispando más el clima social que el incumplimiento sistemático de las promesas electorales de hace tres meses. Nada cabrea más que las mentiras. El PP ganó unas elecciones sabiendo que iba a cortar por lo sano pero dijo todo lo contrario. Es así de sencillo, si el PP hiciera desde el gobierno lo que aseguró que iba a hacer cuando pedía el voto, las manifestaciones no se hubieran producido. Pues que lo haga.
La gente sale porque ve desmoronarse su vida, porque tiene la sensación de haberse quedado sin futuro. La gente grita porque tiene problemas y porque quienes deberían aportar las soluciones ni están, ni se les espera. En todo caso, si aparecen, es para algún nuevo engaño. ¿Alguien puede honradamente extrañase de que haya manifestaciones en un país que considera que sus dos principales problemas son, primero, la economía y, a continuación, los políticos?
Deberíamos mentir, mentirnos, menos. Estas manifestaciones no son como las que organizaba la Conferencia Episcopal y a las que asistía el PP. Ahora no se trata de protestar por el hecho de que los homosexuales puedan casarse o por el cuarto supuesto del aborto. Ahora no son cosas que, de hecho, afectan a otros porque nadie se casa o aborta por decreto. Ahora, sin más opción, es que te quedes sin trabajo, que te dejen sin sueldo, que tus hijos tengan problemas para comer, que no puedan estudiar, que te quedes sin casa o que no te atiendan en el hospital. Tal como están las cosas, de lo único que podemos estar orgullosos en este país es, precisamente, de las manifestaciones. Si no las hubiera, estaríamos muertos. Y para los del "Santiago y cierra España" que se acuerden de cuando se hizo frente a la ocupación francesa y piensen que, de hecho, dos siglos después, la resistencia en la calle también es una prueba de valor, en este caso democrático.

No hay comentarios: