domingo, 4 de marzo de 2012

"El País" en el reino de las maravillas borbónicas


La prensa escrita pierde lectores, cierto. Los pierde porque cuesta que las nuevas generaciones se enganchen al papel pero también porque se equivoca mucho. Un periódico, para ser comprado, precisa de una identificación con el ciudadano que va más allá de la voluntad de estar informado. Un periódico es un referente y, como tal, se espera de él que esté a la altura. Hoy "El País" no lo ha estado. El editorial sobre la Monarquía española, a vueltas con el "caso Urdangarín", podría estar en las páginas de "La Razón" o del "ABC". Es verdad, uno puede avergonzarse incluso de sus propias acciones. Pero en ese supuesto, nadie puede desentenderse de uno mismo. De un periódico, sí. Cuando tu periódico te avergüenza lo mínimo es dejar de comprarlo.
El editorial sobre la Monarquía es una babosada en toda regla revestida de esa responsabilidad institucional que coloca el cartel de cuestión de Estado a lo que no se quiere que sea discutido, como si en una democracia hubiera espacio para tales actitudes. El estilo Juan Luis Cebrián está presente en cada renglón. Eso de "la eficiente y arrolladora personalidad del Rey contrasta a veces con las rigideces y corsés, cuando no el oscurantismo, de quienes le adulan" es caricaturesco. Como lo es pretender que la reacción del Monarca a los tejemanes del yerno fuera rápida y ejemplar, cuando no hizo otra cosa que intentar esconder a la ciudadanía unos supuestos delitos que conocía. En otro cargo público esto hubiera sido ocultamiento cuando no complicidad. Su dimisión habría sido el menor de los costes.
Sí, la Monarquía española está cuestionada. Claro que está cuestionada. Y lo está absolutamente al margen del "caso Urdangarín". El "caso" ha facilitado la visualización de las dudas y las objeciones, de las opiniones de los contrarios a los regímenes monárquicos. Nada más. Decir que discutir sobre la Monarquía es una "contorsión intelectual" o que la "ovación [del Congreso] desmiente" las críticas son afirmaciones tan vacías que demuestran la falta de argumentos. Igual que lo demuestra tachar de frívolo, populista o amarillista el que, ahora que el escándalo del yerno está de actualidad, se pueda debatir sobre el futuro de la Monarquía. ¿No se puede ser republicano? En fín , el editorial está lleno de adjetivos y de descalificaciones. Uno no espera esas formas en "El País". "Discusión ficticia", "debate artificial", "lucubraciones y cotilleos", "teatrales escaramuzas"... quizá son demasiados epítetos. Igual que apuntar la crítica a la Monarquía a los que "andan al acecho para desestabilizar la democracia" suena a teoría de la conspiración. Eso de que los "prácticamente nadie duda hoy —y ese nadie incluye a los más relevantes republicanos de nuestra historia reciente— que el Rey y la Corona han rendido y seguirán prestando servicios impagables a la libertad de nuestros ciudadanos" es, simplemente, mentira. Mentira.
De "El País" no se espera una publi-editorial monárquico, ni una lectura de cartilla estilo institutriz autoritaria, "España debe rechazar con contundencia [el debate sobre la Jefatura del Estado]". De "El País" se espera un análisis profundo de la realidad, un análisis que no niegue las evidencias, que aporte el máximo de consideraciones, que esté hecho con sensibilidad democrática pero que no huya de que el tiempo pasa y de que no hay nada ni invariable, ni sagrado. Aceptando que puedan haber cuestiones de Estado, estas no han de venir a proteger a las más altas instancias del poder sino, precisamente, a los ciudadanos. Lo único imprescindible para el Estado es contar con ciudadanos. Los reyes son pura circunstancia. "El País", quizá el "ABC" no tanto, debería tenerlo claro.
En este sentido, cuestionar la Monarquía, con o sin Urdangarín, no tiene nada de particular. La Monarquía hereditaria es un cuerpo extraño en una democracia por más que haya muchas democracias con rey. Pretender que la preocupación sobre la economía impida hablar de nada más es pura trampa. Precisamente esta crisis y el empobrecimiento del país tienen mucho que ver con el trato de privilegio que determinados poderes reciben frente al común de los mortales. Unas leyes hechas siempre, como si de un embudo se tratara, a favor de banqueros, empresarios y políticos (en todo el mundo, ya lo sé) nos ha llevado hasta aquí. Por tanto, si este mal momento sirve para evidenciar a los ojos del ciudadano que ya está bien de privilegios y ventajas, habrá servido de algo. En tal supuesto, la institución monárquica ha de ser la primera en cuestionarse. Eso que dice el editorial de buscar una "protección jurídica adecuada para el heredero" parece una broma. Puestos a proteger jurídicamente, a mi se me ocurren alrededor de 40 millones de españoles más necesitados que el heredero.
Basar la inoportunidad del debate sobre la Monarquía española en los servicios prestados tampoco me parece argumento. Después de Franco, la democracia la trajo el pueblo. Mejor dicho, el pueblo y los tiempos. Con Juan Carlos o sin Juan Carlos hoy España sería una democracia, al menos, del nivel que lo es ahora. Igual que Portugal, que Grecia, que Francia, que Irlanda o que Austria.
Es cierto, la Corona forma parte del "pacto en el que se fundaron nuestras libertades" allá por 1978. Discutible sería si eso es bueno o es malo, pero la afirmación del pacto es verdad. Lo que sucede es que pasadas más de tres décadas es oportuno preguntarse a cuántas generaciones más debe obligar tal pacto sin que tengan la posibilidad de expresar su opinión. Sí, en el Congreso de los Diputados, representantes de 20 millones de españoles aplaudieron al Rey pero España tiene más de 40 millones de habitantes y la representatividad de los diputados no es universal, ni se debe entender de forma automática al referirse a una cosa tan concreta. Cuando se habla de la necesidad de "apoyar nuestras instituciones" es muy evidente que en la medida que son "nuestras" se nos debe consultar qué pensamos al respecto y no dar nada por hecho. La afirmación de que se precisa "potenciar la solidez y el prestigio de las instituciones" olvida que solo profundizando en la democracia se refuerzan las instituciones que la conforman. Y puesto que democracia es debatir y no callar, únicamente el debate sobre la Corona puede definir su futuro.
¿Sin entrar en cual ha sido su trayectoria, tenemos que recordar a estas alturas que al Rey lo puso Franco? ¿Se nos ha olvidado que el supuesto refrendo popular al Rey vino de una votación constitucional en el cual se planteaba, a todo o nada, democracia o no se sabe qué? ¿Vamos a fingir que no sabemos que en este país llevamos 35 años de campaña de imagen de la intocable familia real con todos los grandes medios, los grandes partidos y las grandes fortunas al mando del botafumeiro?

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