martes, 20 de marzo de 2012

1812-2012. ¡Vivan las cadenas!


Sillas como tronos, reyes aplaudidos, imágenes de santos, flores de ofrenda, políticos trajeados, banderas milimétricamente dispuestas, militares de asistencia, oros, terciopelos... la solemnidad propia seguramente de 1812 para honrar a quienes hace 200 años querían romper con el pasado.

Cierto. El Rey Juan Carlos tiene razón, y el Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, también: los promotores de la Constitución de 1812 demuestran que en momentos de dificultad se pueden dar pasos adelante que doscientos años después son unánimemente reconocidos. En lo único que no acertaron fue en el papel que se atribuyeron ambos. El Rey y Rajoy tienen poco que ver con los constituyentes de Cádiz. El Rey y Rajoy son más, mucho más, los representantes de lo antiguo, los que no quieren que nada cambie. La apuesta liberal de "La Pepa" equivaldría hoy a más democracia, a profundizar en la descentralización, en la transparencia y en la igualdad de oportunidades de todos los ciudadanos como garantia de libertad. Vamos, todo lo que parece no importar al Rey y a Rajoy. Escuchar a este último identificar sus reformas con la Constitución de 1812 no demuestra otra cosa que su falta de vergüenza y su mínimo respeto a la inteligencia de los ciudadanos.
Tomémosle la palabra al Rey y al Presidente. Seamos valientes. Ellos son los absolutistas del siglo XXI. España necesita hoy su nueva Constitución de Cádiz. La que sea un ejemplo de democracia y de espíritu progresista como lo fue la de hace dos siglos.
Hagamos una nueva Constitución. Que empiece a sonar el run run de esta necesidad. Cualquier otra cosa son parches, tiempo que ganan los culpables del desastre que nos rodea. España hace aguas por todos lados y las leyes tienen una culpa evidente. Hasta que no haya nueva Constitución todo seguirá igual. Las leyes son el contrafuerte que los poderosos del país han levantado para seguir beneficiándose de la ruina de todos. Los islandeses están en ello, han hecho una nueva constitución entre todos. No es imposible. Es más, lo que es imposible es seguir como estamos. Seguro que al Rey y a Rajoy ya les va bien, pero a la mayoría le va fatal.
Pensemos en una Constitución que ponga la economía al servicio de los ciudadanos. Una Carta Magma que mire al futuro y que sitúe la sostenibilidad medioambiental y la equidad social como ejes de los nuevos tiempos; que abra la puerta a la III República, que recorte los privilegios de los que más tienen y donde ninguna religión tenga más presencia pública que aquella que le quieran otorgar sus seguidores sin molestar a quienes no lo son. Un Constitución que sea fuente de leyes iguales para todos, de las que no puedan escapar ni los políticos, ni los banqueros; que cada cual pague impuestos según lo que gana y que cada cual vaya a la cárcel según lo que roba, que en ninguno de los dos casos haya escapatoria. Un marco legal que busque la puesta en pie de un ejército de ciudadanos conscientes de sus deberes y de sus derechos, hijos de una educación bien dotada y de una administración absolutamente transparente. Un nuevo texto que asegure unas instituciones más proporcionalmente representativas y que permita que la relación entre las distintas naciones que conforman España se establezca como cada una de ellas considere mejor.
Concluyendo: si alguien no debiera identificarse con los promotores de la Constiución de 1812 son el Rey y Rajoy. El primero, doscientos años después, sigue representando una institución, la monarquía, contra cuyos prerrogativas se redactó el texto que ahora se conmemora, y, en cuanto a Rajoy, teniendo en cuenta que ha llegado a La Moncloa con el único interés de salvaguardar a los ricos de la crisis, lo mejor que podría hacer sería ponerse de perfil. En realidad, su grito sigue siendo aquel ¡Viva las cadenas!... pero ahora de televisión, ellos las controlan y así quieren tener a la gente domesticada.

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