viernes, 24 de febrero de 2012

Valencia: por la corrupción hasta el abismo

Carlos Fabra, presidente del PP en Castellón, está a la espera de juicio por diversos delitos de estafa, tráfico de influencias y delito fiscal. Hace unos días declaró que "no me iré por más que me lo pidan cuatro inútiles". Problemas con la justicia y poco respeto a las formas democráticas son dos características ya tradicionales de los gobernantes valencianos.


Trabajo de periodista en Canal 9, la televisión autonómica valenciana, desde hace 22 años y ahora estamos a las puertas de un Expediente de Regulación de Empleo. La empresa está social y económicamente hundida. Los trabajadores no somos los máximos responsables del desastre pero seremos sus paganos. No quiero decir tampoco que seamos inocentes, solo digo que los delitos los han cometido otros. Nuestro error, grave, ha sido callar demasiado, denunciar poco y resistirse casi nada.
¿A qué viene esta confesión? Pues viene a que me parece que la situación de Canal 9 es una metáfora de lo que sucede en el conjunto del País Valenciano. Hoy, los trabajadores de la televisión autonómica lamentamos estar a las puertas del despido igual que los valencianos en general se quejan de la bancarrota de su economía, de todos los sacrificios que ello comporta y de la pésima imagen que se tiene de su comunidad autónoma. Nada es casual, ni la culpa está fuera de nosotros. Los que hablan de oscuros montajes de desprestigio lo hacen no desde la ignorancia sino desde una evidente mala fe.
Los que vivimos en el País Valenciano, como los que trabajamos en Canal 9, sabemos que llevamos muchos años de escándalo en escándalo, encadenando decisiones increíbles que no eran errores sino ilegalidades. Quienes pretenden hacer ver que en el País Valenciano no pasa nada que no pase en cualquier otro sitio mienten. En muchos otros lugares de España hay corrupción, uso y abuso de lo público, desprecio a los modos básicos de la democracia, persecución de los discrepantes, ejercicio del poder desde la total sensación de impunidad, promoción de los más incompetentes y poco honrados y marginación de los mejores... pero todo junto, a la vez y con tanta repetición, en ningún sitio como en el País Valenciano.
Aquí todos hemos visto a Zaplana nacer aprovechándose de una trásfuga y le hemos escuchado pidiendo comisiones bajo mano. Hemos sido espectadores de sus delirios de grandeza, de sus recalificaciones urbanísticas a peso, de sus pisos en la Castellana, de sus siestas en el Ritz, de sus pagos a Julio Iglesias en paraísos fiscales, de sus fichajes de lo más corrupto de las filas socialistas. Aquí todos hemos visto como el PP monopolizaba las empresas públicas y se empezaba a perder dinero a espuertas. Perder, obviamente, es una manera de hablar ya que el dinero no se perdía, pasaba de las arcas públicas a los bolsillos privados. Y todo el mundo ha callado. Una legión de políticos y militantes del PP han hecho de guardianes y han servido de coartada a dirigentes como Rita Barberá, Francisco Camps o tantos otros cuya gestión ahora rebosa en los tribunales. Corrupción en las empresas de saneamiento de aguas, en los viajes del Papa, en las cajas de ahorros, en la gestión deportiva, en la política de museos, en la construcción de colegios, en las actividades culturales, en la cooperación internacional, en los actos electorales, en las residencias de la tercera edad, en las recalificaciones de terrenos, en los medios audiovisuales, en los parques de ocio, en los aeropuertos, en las declaraciones de renta, en sus regalos navideños, en la recogida de basuras, en los planes urbanísticos, en la financiación del partido, en los ferrocarriles públicos, en la promoción turística... En todos estos campos ha habido casos de corrupción.
Mientras tanto, la oposición política todo menos alternativa, mirándose el ombligo, sin discurso, tantas veces cómplice, presa de una estúpida responsabilidad institucional que la desactivaba, descapitalizándose de su mejor personal y dando tumbos hasta llegar a un secretario general del PSPV-PSOE como Jorge Alarte. Los empresarios valencianos que ahora se quejan de la pésima imagen de su comunidad no solo nunca advirtieron de lo que pasaba sino que eran sus principales beneficiarios, los que pagaban comisiones por encargos a dedo, el núcleo de todo el clientelismo perfectamente tejido, los que aplaudían a los políticos del PP entre canapé y canapé. Los periódicos que hoy hacen campañas para "recuperar el prestigio de nuestra tierra" negaban todo lo que sucedía y, faltando a su responsabilidad social, se vendían por páginas de publicidad. La Universidad ha estado muy callada no fuera cosa que se la acusara de politizada, los sindicatos han convivido con los excesos ya que había trabajo para todos, los jueces eran "más que amigos" en lugar de pedir responsabilidades. En general, nadie ha estado a la altura. Nadie ha asumido el liderazgo social que le correspondía. Entretanto, los ciudadanos a la suya, y cuando les llamaban a votar, mayoría absoluta para el PP.
Mientras el robo, el abuso y la extorsión campaban a sus anchas, mientras la bola se iba haciendo grande, todo el mundo miraba hacia otro lado. Ahora la bola nos aplasta. Ahora resulta que las trampas no solo no eran éticas sino que tampoco eran útiles. Ahora sabemos que los deshonrados que nos gobernaban y nos gobiernan eran/son, además, un puñado de incompetentes. Ahora ya es tarde. Los trabajadores de Canal 9 nos quedaremos sin trabajo y los ciudadanos el País Valenciano se quedan con el trabajo de reconstruir su país.

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