domingo, 15 de enero de 2012

Fraga, Barberá, bolsos y espíritus franquistas

Hoy, que la noticia de la muerte de Fraga sigue ocupando mucho espacio informativo, yo quiero hablar de una política que siempre se ha declarado "hija política" del fallecido: Rita Barberá. Ayer estuvo en su capilla ardiente. Fraga y Barberá se tenían, según parece, un aprecio mutuo. Hace apenas dos años, con los escándalos en Valencia a todo trapo, el político gallego apostaba por la alcaldesa valenciana como posible nuevo líder regional.



Hay muchos políticos a los que resulta vergonzoso escuchar. Fraga me parece un inteligente oportunista ("Talento para adaptarse a los tiempos", ha dicho muy respetuosamente Santiago Carrillo) que no tuvo reparos en ponerse a las órdenes de un dictador igual que, como dijo él mismo un día, podía haber sido Fidel Castro en Cuba; pero a Fraga, la mayoría de las veces, valía la pena escucharle.
No es lo habitual. En sus largos discursos y sus excesivas presencias en los medios, lo más usual es que los políticos se limiten a los lugares comunes, las descalificaciones de los rivales, las proclamaciones de fe ciega en la propia gestión y una capacidad casi infinita para no decir nada por más que hablen. Esperar de nuestros profesionales de la política algún comentario brillante o una reflexión suguerente es, me temo, imposible. Hasta ahí todo normal. Triste pero normal. Lo peor es cuando no solo no suman sino que restan; cuando sus palabras son monumentos a la corrupción, a la deshonestidad, a la estulticia y a la falta de vergüenza. En este caso se convierten en pésimos ejemplos para una sociedad que necesita, precisamente, liderazgos morales. Rita Barberá, la alcaldesa de Valencia, es uno de los políticos menos ejemplares que conozco.
Barberá ve el mundo en blanco y negro: los suyos y los demás, el error siempre le lleva la contraria y las evidencias, para ella, siempre que le perjudiquen, como si no existieran. Responsabilidad política, transparencia, debate o reflexión son términos que parece desconocer.
Con el PP del País Valenciano sumido en la corrupción, ella, que es un puntal de la organización, nunca ha expresado ni un asomo de preocupación, ni, mucho menos, de autocrítica. Barberá siempre ha adoptado una actitud ofendida cuando se le han señalado posibles responsabilidades en esos casos de práctica corrupta. Nadie como Rita Barberá estuvo al lado de Francisco Camps mientras las evidencias del "caso Gürtel" le rodeaban. Ella fue su principal valedora y quien más intentó que Camps no dimitiera.



De Rita Barberá es aquella frase de que "todos los políticos reciben regalos". Ella fue quien sacó a colación las anchoas que el Presidente cántabro Revilla regalaba al Presidente del gobierno Zapatero, y que, por tanto, eso se igualaba con los trajes de Camps.
Ahora sabemos que ella sí recibía lujos sos regalos de los "amiguitos del alma" de "Gurtel". Se pudo escuchar claramente en una conversación grabada por la policía al jefe de la trama en Valencia, Álvaro Pérez, "El Bigotes", cuando dice que está “comprándole un bolso a la alcaldesa, como llevo haciendo desde hace cuatro años". Todo lo que ha dicho Barberá al respecto es que "un bolso se Louis Vuitton es un regalo habitual".
Ahora, Barberá está directamente implicada en el escándalo político que representa el "caso Emarsa", una empresa que estaba controlada por el Ayuntamiento de Valencia y que ha generado un agujero que puede que llegue a 40 millones de euros por culpa de prácticas corruptas de todo tipo. La alcaldesa de Valencia no se da por aludida. No quiere hablar de los directivos a los que nombró, ni de cuantos de los ahora acusados eran afines suyos. No quiere ni detenerse en los regalos (otra vez más regalos para la alcaldesa) que, según una carta enviada por ella misma, le hacían los directivos ahora que ahora están ante el juez. Cuando se le pregunta, Barberá ni se plantea dar explicaciones. Su actitud es justo la contraria. Displecente, ofendida o retadora según el día, pero jamás dispuesta a contestar a lo que se le cuestiona.
Cuando hace unos días le inquirieron por el caso, Rita Barberá negó cualquier respuesta y dijo que no pensaba contribuir al enredo. Terrible. Se le piden explicaciones a un cargo público sobre un asunto turbio gestado en su ámbito de responsabilidad y dice que contestar sería aumentar el enredo. De enredo, nada. Lo de Emarsa es un saqueo en toda regla, con todos los ingredientes: malversación de dinero público, facturas falsas, pagos por cosas que no existían, viajes, fiestas, prostitución... Y a Rita Barberá lo que se le pide es que dé explicaciones en función de sus responsabilidades. Por tanto, lo que ella llama enredo solo aumenta si calla, si no tiene explicación al respecto. Aunque a lo mejor es eso, que no la tiene. Si ella estuviera dispuesta a explicar lo que sabe no solo no haría más grande el enredo, sino que serviría para resolver las incógnitas planteadas. Cuando no lo hace, es porque no puede contar lo que sabe, es decir que tiene cosas que esconder. Vamos, que su responsablidad política es evidente.
La actitud de Rita Barberá es la propia de un dirigente político de una dictadura, no de una democracia. En democracia, a los dirigentes no debería ser ni siquiera necesario pedirles explicaciones, las darían antes.



El difunto Fraga tenía muchas veces respuestas propias de un dirigente franquista pero se podía pensar que era la consecuencia de sus años en el puente de mando de la dictadura, que cuesta olvidar viejos hábitos; en el caso de Rita Barberá, no hay ni una costumbre a la que apelar como excusa. Lo impropio de sus palabras y sus actitudes no puede tener que ver con otra cosa que no sea su modo de entender la política y, dicho en términos académicos, su "baja densidad democrática".
Un ejemplo simple: Si yo le pido explicaciones a mi hija por una travesura de su grupo de amigos, no aceptaría que se negara a responderme con la excusa de que no quiere "aumentar el enredo". ¿Cómo es posible que lo que no sería de recibo en el caso de mi hija, lo demos por bueno en el caso de nuestros representantes políticos? En realidad, a mi hija no se le ocurriría contestar semejante insensantez. Tiene solo 6 años, pero tiene vergüenza.

No hay comentarios: