viernes, 2 de diciembre de 2011

Una política con algunos delincuentes y muchos corruptos


Nada justifica estar gobernados por corruptos, nada. Aunque los corruptos ganen las elecciones son corruptos y las leyes, se supone que aprobadas por gente honrada, deberían evitar que personas de tal calaña se pudieran presentar a las elecciones. Al menos, lo deberían intentar, y si no se consigue a la primera, a la segunda, y si no a la tercera, pero nada hay más importante que tener gente honrada en las instituciones. No solo porque la cosa pública debe ser una tarea noble sino, además, porque los corruptos siempre suman a su falta de principios una gestión pésima. Ellos salen beneficiados personalmente, eso seguro, pero el balance de su tarea siempre es desastroso. Persona honrada es sinónimo de gestión al servicio de la ciudadanía y la simple posibilidad de trabajar correctamente es como un imán para la gente solvente y preparada; los mejores se sienten atraídos y los peores, rechazados.
A día de hoy, el problema es que no se está legislando para acabar con tanta corrupción, y ha de ser así porque, de hecho, los corruptos son más. No puede ser de otra forma. Por eso la corrupción se mantiene, sigue y crece . No quiero decir que la mayoría de políticos sean delincuentes pero sí que la mayoría miran hacia otro lado cuando las evidencias acusan a compañeros de partido, no preguntan lo que puede resultar incómodo, no exigen explicaciones, defienden con argumentos peregrinos las acusaciones más fundamentadas, en resumen, complicidad. La clase política está llena de cómplices de corrupción: tenemos algunos destacados delincuentes y muchos cómplices que no están dispuestos a poner en peligro sus privilegios exigiendo la rectitud que deberían exigir. Eso es lo que yo llamo corrupción generalizada. La ciudadanía lo nota claramente y por esta razón coloca a los políticos como el tercer gran problema de nuestra sociedad.
La clase política está por debajo de la media de la población en cuanto a capacidad y honradez. El uso que hacen de sus argumentos, su absoluta falta de coherencia les delata. En la calle, en el trabajo, no se acepta tanta estupidez, tanta incompetencia y tanto teatro. Si cada uno de nosotros lleva un pillo dentro, parece que los que nos gobiernan son los que tienen el pillo con menos escrúpulos y con menos ganas de trabajar. ¿Como es posible que todos los políticos sean tan sensibles a la corrupción ajena y tan poco a a la propia? ¿Se creen que el ciudadano no percibe eso? ¿No se percatan de que eso evidencia muy claramente su falta de honradez? Nadie en su sano juicio se preocupa antes de los problemas de la casa de al lado que de la casa propia, entonces ¿por qué sí lo hacen nuestros políticos? Pues porque no les mueve el interés general, y eso es falta de honradez. ¿Qué legitimidad tiene un representante del PP para acusar José Blanco por el "caso Campeón" si cierra los ojos a todos los pufos de sus compañeros de mesa? ¿Con qué cara un socialista va a pedir explicaciones por los mil casos del PP si no le dicen de inmediato a Blanco que detalle públicamente su comportamiento?
La lectura de los periódicos no puede ser un ejercicio masoquista de poner sistemáticamente la otra mejilla para después de la bofetada de los recortes recibir el puñetazo del enésimo caso de corrupción a cuenta del dinero público. Hoy, sin ser exhaustivo, repasando por encima "El País" tropezamos con los pufos de Urdangarín, las dietas millonarias de la Presidenta de la Diputación de León, los chanchullos del ínclito Fabra al frente de la de Castellón, los de Ripoll en la de Alicante, la depuradora de aguas de Valencia Emarsa convertida en la cueva de Ali Babá, la alcaldesa de Alicante mezclada en todos los líos inmobiliarios de su municipio, directivos de empresas públicas perseguidos por acoso sexual... Llevabamos demasiado tiempo conviviendo con estas situaciones y, como resuena por todos lados, nunca pasa nada.
El soniquete de la presunción de inocencia sirve para que las instituciones estén plagadas de corruptos, como si la responsabilidad judicial y la política tuvieran algo que ver. Es simple, el político sobre el que gravite una sospecha fundada y no pueda explicar su comportamiento está obligado a abandonar su cargo institucional. Un sospechoso judicial no puede representarnos. Solo si los tribunales le dan la razón y son capaces de demostrar la rectitud que ni él mismo justificó en su momento puede haber camino de vuelta a la función pública. Esta costumbre de nuestros políticos de apelar al "yo no sabía nada" no vale. Si para esconder la corrupción la excusa es la incompetencia, que la incompetencia manifiesta que da pie a corrupción sea también un motivo de retirada. No es tan complicado. Saber dónde está lo mejor no es fácil pero lo que está mal lo ve cualquiera... y nuestra política está mal. Y encima, ahora crisis. Como para estar tranquilo, como para creer en algo.

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