jueves, 30 de septiembre de 2010

Huelga, todo huelga

Nuestro capitalismo está en crisis pero la crisis la pagan los que menos cobran. La economía capitalista siempre prefiere que los muchos pobres mantengan a los pocos ricos; es su condición natural. Para evitar tal abuso está la política, democrática, se entiende, que no parte de dar más a quien más tiene sino de procurar que las decisiones se tomen según el interés de la mayoría respetando a las minorías. Así, puesto que en número los menos poderosos son más que los que más tienen, se supone que el peso del dinero se compensa con el peso de los votos.
Tal equilibrio parece haber llegado a un punto de fractura. El capitalismo, que hunde a media humanidad en la miseria para que la otra media pueda nadar en la abundancia, no se resigna a que los más ricos de esa mitad rica vean frenado el crecimiento de sus fortunas y ya le molesta la política. Por eso fuerza a que las cuentas de resultados de los mercados sean el primer objetivo de la gestión gubernamental y pasen por delante de cualquier otra consideración.
El triunfo del mercado frente al estado obliga a la voladura controlada de la política. La política no sirve, este es el mensaje que se pretende hacer llegar a la población. No sirven los sindicatos que organizan huelgas que no sirven para nada; no sirven los gobiernos de izquierdas, como el de Zapatero, que adoptan decisiones de derechas. Luego no sirve la política si, al fin y al cabo, derecha e izquierda hacen prácticamente lo mismo, lo que dicta el dinero. El sistema, moribundo, solo puede extender su supervivencia si consigue que la ciudadanía, o una gran parte de ella, interiorice esta sentencia: ninguna de las garantías, ni de los agentes propios de la democracia son útiles. Luego que vengan los salvadores. Berlusconi, Sarkozy, gente dispuesta a saltar por encima de lo pactado. Populistas. Sobran los sindicatos, sobran los partidos, sobran las protestas, sobran las huelgas. Lo que nadie dice es lo que falta, cual es la alternativa a lo que no funciona, porque algo deberá organizarse para defender a los que no se pueden defender por si solos, ¿no? La derecha calla porque los problemas de la política nunca han sido sus problemas; la izquierda, porque parece no tener dada original que decir. La derecha jamás decepciona, jamás es contradictoria, actúa como un buldózer cargado de razones absolutas; la izquierda, enfrascada en esa perenne batalla-excusa de la ética de la convicción contra la ética de la responsabilidad, va cediendo terreno. El caso es que nadie responde a que si tantas cosas sobran qué es lo que falta.
Ver como a una crisis global como la que padecemos se le intenta poner solución a partir de que cada gobierno local procure la salvación de sus estructuras financieras es como pretender que una gran fuga de agua se resuelve achicándola a cubos a medida que se forman charcos; el rescate de los bancos son los últimos réditos de un sistema que agoniza y, después, que cada cual se apañe como pueda.
El pulso real es entre economía y política. A la primera la representa la derecha; a la segunda, la izquierda. En tanto que los mercados son los que dirigen las medidas de los gobiernos, también de los de izquierdas, no hace falta ser muy perspicaz para ver quien está ganando.

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