lunes, 5 de julio de 2010

Quintacolumnismo liberal

La derecha es mucho más ágil que la izquierda, más dúctil, más manejable, más práctica. No me refiero a la derecha como extremidad, se entiende, supongo, sino como corriente ideológica. Por eso, por ejemplo, miles y miles de personas ubicadas en el pensamiento de derechas, defensores de la iniciativa privada, apóstoles del liberalismo y martillo de herejes de todo lo que suene a sector público desempeñan con toda normalidad cargos de máxima responsabilidad en la administración, como si nada. En cambio, que pocos adalides de lo público se pueden encontrar al frente de las grandes empresas privadas.
No hay nada peor para la buena marcha de cualquier tipo de organización, institución o entidad que el hecho de que su dirección esté en manos de personas que no crean en ella. Por eso lo público carga con la rémora insuperable de, las más de las veces, estar regido por gente ideológicamente contraria a su propia razón de ser, gente que no da al sector público ni la importancia que tiene, ni considera su valor social. Tal situación es inseparable de la bochornosa e imperecedera práctica que reclutar los altos cargos de la administración arbitrariamente atendiendo a cuestiones de confianza personal, relación familiar o militancia política. El caso es que los servicios públicos, en los escalones altos que escapan a la carrera funcionarial, están repletos de personas que defienden la iniciativa y la empresa privada como bien supremo mientras denigran lo público como foco de parasitismo social, despilfarro de recursos y perdida de competencia.
Así, por citar algunos casos que puedan ilustrar lo que digo, Juan José Güemes , que a los 23 años ya era asesor del PP a cuenta del erario público, no tuvo empacho en salir de la consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid pidiendo más privatización de la gestión sanitaria porque "la sociedad lo suele hacer mejor que los gobiernos". Igual que José María Aznar, expresidente del gobierno, que defiende la privatización de las Cajas de Ahorros por poco operativas y politizadas después de que su partido haya copado con militantes fieles todas las entidades de ese tipo que han caído en sus manos.
La paradoja está en que resulta que los mayores críticos del sector publico están en él, viven de él. Y no un año, sino cien. Encadenan cargos, responsabilidades, tareas. Pasa el tiempo y allí siguen. Una pregunta deberían contestar a toda prisa: ¿cómo se explica que si tanto defienden la iniciativa privada no trabajen en ella? ¿Cómo han acabado en lo que con tanto ardor descalifican e incluso combaten? ¿Qué les mantiene fuera de aquello que tanto adoran? ¿Cómo puede ser que sean tantos y tantos?
No es extraño que lo público tenga escasos defensores cuando incluso buena parte de sus dirigentes son refractarios a su sentido y valor. Ideológicamente es un autoproclamado liberalismo, muy de derechas, el que personifica la situación que describo, gente que tiene a Milton Friedman en un altar. Será por eso que perseveran y perseveran en su pésima gestión de lo público para dar la razón a su admirado Friedman cuando asegura que nada hay tan ineficaz como la tarea del Estado, que se dedica a gestionar dinero ajeno para prestar servicios también para otros. Vamos, la profecía autocumplida.
La administración está llena de quintacolumnistas que, obviamente, presentan balances de gestión muy negativos. No puede ser de otra forma. Su papel tiene un doble sentido: poner lo público al servicio político de aquel o aquellos a quien le deben el cargo y facilitar el beneficio de la empresa privada descapitalizando los recursos generales. No importa el servicio sino el saqueo. Son los actores del clásico proceso de privatizar las ganancias mientras que se socializan las pérdidas.

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