lunes, 19 de julio de 2010

Del Bosque y el rey, lo normal y lo anormal

Impresionante: Del Bosque acude a una entrevista en su propio coche, lo aparca él mismo y llega a la cita por su propio pie. ¿Qué les parece? Del Bosque, ya saben, el seleccionador español de fútbol que acaba de ganar el Mundial. ¿A que es impresionante? Tan excepcional resulta tal comportamiento que el diario “El País” lo destaca más que cualquier otra cosa en el reportaje que le dedican en su edición de ayer domingo 18 de julio. Así de mal están las cosas, así de mentira es todo. Como si lo normal no fuera lo que hace Del Bosque, como si lo normal fuera lo que constantemente vemos a nuestro alrededor: cargos públicos rodeadas de asesores, técnicos, chóferes, secretarios, gabinetes de prensa, managers, ayudantes, productores, guardaespaldas, pelotas, chupones e inútiles que lo hacen todo más difícil para justificar la necesidad de su tarea. Se ha construido una casta, una gran burbuja clasista, ridícula y a cuenta del erario público que nace en el rey Juan Carlos y el resto de la familia real y acaba en concejales de tres al cuarto que viven rodeados de un boato indecente. Boato del que también forman parte los periodistas; por eso en los medios se destaca a un seleccionador de fútbol que llega por su propio pie a las entrevistas en lugar de poner el grito en el cielo por todo lo contrario. Por eso no parecen llamar la atención los directivos de empresas públicas que usan el coche oficial con chofer para ir al cine por las noches, los políticos que se sirven de mil gabinetes para evitar el contacto con la prensa, los concejales que comen gratis en todos los restaurantes de más de 80 euros de su ciudad o los reyes que tienen yernos que se dedican hacer negocios con la corona como tarjeta de visita.

miércoles, 14 de julio de 2010

Orihuela: su pueblo y las trampas

Un caso práctico de la diferencia entre responsabilidad política y responsabilidad judicial: Orihuela; un empresario, Ángel Fenoll, se dedica a afiliar al PP de esa localidad a un grupo de sus trabajadores sin que ellos lo sepan; luego les da un día de vacaciones, merienda y autobús para que vayan a la asamblea local de la formación a votar por la candidata, Mónica Lorente, que a él le interesa que controle el partido. Y Mónica Lorente gana. Y Mónica Lorente es hoy la presidenta del PP de Orihuela, y alcaldesa de la población. Las maniobras de Fenoll se conocieron ayer. Pues bien, la justicia dirá si tales maniobras son o no son delito. Toca esperar. No parece, sin embargo, que de lo dicho hasta ahora se pueda deducir alguna responsabilidad judicial que afecte a Mónica Lorente. En el terreno que sí está afectada, y mucho, es en el político. Lorente debería haber salido al paso inmediatamente para aclarar si lo conocido es cierto o no y, si es cierto, decir que le parece y que piensa hacer al respecto. Más allá tendría que explicar por qué cree que Fenoll hizo lo que hizo y cómo encaja eso con los negocios que desde la alcaldía facilitó al citado empresario. Lorente, en la medida que los votos "comprados" por Fenoll fueron decisivos para poder hacerse con el control del partido en Orihuela, está obligada a convocar de inmediato una nueva asamblea, revisar el censo de militantes de su partido y someterse a otra votación, esta vez limpia. Vuelvo al principio, puede que Mónica Lorente no tenga ninguna responsabilidad judicial por los tejemanejes de Ángel Fenoll pero, puesto que sus cargos son fruto de trampas, o actúa en consecuencia o se convierte en la máxima responsable política de las prácticas corruptas de Fenoll. Así de sencillo.

lunes, 12 de julio de 2010

Fútbol contra la España diversa

Con lo bien que juegan esos muchachos de la selección española de fútbol, con la alegría que da cantar gol cuando marca quien tu quieres que marque, con lo que a mi siempre me ha gustado el fútbol, con todo eso, pese a todo eso, me queda la clásica sensación del "sí, pero" mientras veo a Casilla alzar la Copa del Mundo de fútbol y escucho miles de bocinas enloquecidas, banderas al viento, desbordando la calle. Lo que me molesta es la conversión del título mundial en un acto de afirmación nacionalista española absolutamente excluyente, que se use la victoria en un partido de fútbol para mostrar una falsa España. No nos engañemos, la afirmación de una parte siempre supone negar otra y en este caso lo que se afirma y reafirma es la España una y única que, como una pesadilla, nos persigue desde hace tantos años. Lo que se niega es la posibilidad de entender España de cualquier otra forma. Ese es el espíritu que late tras todas las celebraciones porque eso es lo que se fomenta desde todas las instancias de poder, desde los distintos medios de comunicación. El triunfo de la selección española se utiliza como respuesta y negación de las distintas identidades que conviven en España y, por eso mismo, solamente la bandera española simboliza la alegría por el título obtenido. Una única bandera como si resultara impensable poder celebrar el campeonato con una senyera, la verdiblanca andaluza o una ikurriña. Ya sé que a un independentista catalán o vasco eso le parecerá una herejía pero lo que me llama la atención es que al españolismo que ayer salió a la calle o que se puede leer en los periódicos también les resulte impensable.
Que cosas, las únicas banderas diferentes a la española las vi en manos de los jugadores justo acabar el partido. Por cierto que también fueron ellos los únicos que despreciaron, por estúpida, la constante referencia de los periodistas al dichoso pulpo que supuestamente pronosticaba las victorias de "La Roja". Vergüenza les debería dar a las radios y las televisiones españolas la tabarra que han dado con el pulpo: portadas, conexiones en directo, entrevistas, reportajes... Menudo periodismo que transita entre la propaganda y el ridículo.

lunes, 5 de julio de 2010

Quintacolumnismo liberal

La derecha es mucho más ágil que la izquierda, más dúctil, más manejable, más práctica. No me refiero a la derecha como extremidad, se entiende, supongo, sino como corriente ideológica. Por eso, por ejemplo, miles y miles de personas ubicadas en el pensamiento de derechas, defensores de la iniciativa privada, apóstoles del liberalismo y martillo de herejes de todo lo que suene a sector público desempeñan con toda normalidad cargos de máxima responsabilidad en la administración, como si nada. En cambio, que pocos adalides de lo público se pueden encontrar al frente de las grandes empresas privadas.
No hay nada peor para la buena marcha de cualquier tipo de organización, institución o entidad que el hecho de que su dirección esté en manos de personas que no crean en ella. Por eso lo público carga con la rémora insuperable de, las más de las veces, estar regido por gente ideológicamente contraria a su propia razón de ser, gente que no da al sector público ni la importancia que tiene, ni considera su valor social. Tal situación es inseparable de la bochornosa e imperecedera práctica que reclutar los altos cargos de la administración arbitrariamente atendiendo a cuestiones de confianza personal, relación familiar o militancia política. El caso es que los servicios públicos, en los escalones altos que escapan a la carrera funcionarial, están repletos de personas que defienden la iniciativa y la empresa privada como bien supremo mientras denigran lo público como foco de parasitismo social, despilfarro de recursos y perdida de competencia.
Así, por citar algunos casos que puedan ilustrar lo que digo, Juan José Güemes , que a los 23 años ya era asesor del PP a cuenta del erario público, no tuvo empacho en salir de la consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid pidiendo más privatización de la gestión sanitaria porque "la sociedad lo suele hacer mejor que los gobiernos". Igual que José María Aznar, expresidente del gobierno, que defiende la privatización de las Cajas de Ahorros por poco operativas y politizadas después de que su partido haya copado con militantes fieles todas las entidades de ese tipo que han caído en sus manos.
La paradoja está en que resulta que los mayores críticos del sector publico están en él, viven de él. Y no un año, sino cien. Encadenan cargos, responsabilidades, tareas. Pasa el tiempo y allí siguen. Una pregunta deberían contestar a toda prisa: ¿cómo se explica que si tanto defienden la iniciativa privada no trabajen en ella? ¿Cómo han acabado en lo que con tanto ardor descalifican e incluso combaten? ¿Qué les mantiene fuera de aquello que tanto adoran? ¿Cómo puede ser que sean tantos y tantos?
No es extraño que lo público tenga escasos defensores cuando incluso buena parte de sus dirigentes son refractarios a su sentido y valor. Ideológicamente es un autoproclamado liberalismo, muy de derechas, el que personifica la situación que describo, gente que tiene a Milton Friedman en un altar. Será por eso que perseveran y perseveran en su pésima gestión de lo público para dar la razón a su admirado Friedman cuando asegura que nada hay tan ineficaz como la tarea del Estado, que se dedica a gestionar dinero ajeno para prestar servicios también para otros. Vamos, la profecía autocumplida.
La administración está llena de quintacolumnistas que, obviamente, presentan balances de gestión muy negativos. No puede ser de otra forma. Su papel tiene un doble sentido: poner lo público al servicio político de aquel o aquellos a quien le deben el cargo y facilitar el beneficio de la empresa privada descapitalizando los recursos generales. No importa el servicio sino el saqueo. Son los actores del clásico proceso de privatizar las ganancias mientras que se socializan las pérdidas.