miércoles, 16 de junio de 2010

De economía y de burros

Pasan los días, se agravan las consecuencias de la crisis económica y no se adivinan medidas más allá de recortes en el gasto público y revisiones a la baja de los derechos de los trabajadores.
Sacrificio. Parece que del sacrificio solamente se sale sacrificando. Sacrificando no a los responsables de la crisis sino a las víctimas: a los que pidieron créditos porque les aseguraban que comprar pisos era un negocio, a los que dejaron sus estudios porque el mercado laboral les esperaba con los brazos abiertos y un buen contrato (basura, claro), a los funcionarios que vieron pasar los años de abundancia sin participar en el festín, a los que se jubilarán en peores condiciones que sus padres, a los que esperaban la aplicación de la Ley de la Dependencia, a esos pobres que se mueren de hambre y sed en África y que se pueden ir olvidando de nuestra ayuda.
Circula por internet una interesante fábula sobre burros y deudas que explica de forma sencilla como hemos acabado en la crisis que nos ahoga y como sus máximos responsables serán quienes menos pagaran por ella.
Cuando se desmoronaba el sistema financiero y los gobiernos se lanzaron prestos a rescatar a los bancos se anunció que era imprescindible reformar los mercados pero resulta que la única reforma que se concreta es la laboral para abaratar los costes empresariales, reducir las indemnizaciones y flexibilizar la negociación colectiva. Que casualidad. Es como si no hubiera otra opción que recortar por abajo, como si las crisis económicas sirvieran únicamente para restringir los derechos de las rentas del trabajo en beneficio de las del capital. Y no hay gobierno que se atreva a oponerse, ni los de izquierdas, claro, que adoptan actitudes que en nada se distinguen de los de derechas. Solamente el Presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, se ha atrevido a anunciar un plan de reformas financieras destinado a controlar la especulación de los mercados pero a medida que avanza en su tramitación va dejando girones de su exigencia.



El Presidente de los Estado Unidos, Barack Obama, anunció en enero mano dura contra los bancos y la especulación. Ese día, como respuesta, bajó la bolsa. Cinco meses después los planes de Obama han superado el trámite del Senado pero van perdiendo fuerza.



En Europa ni siquiera se ha llegado donde Obama, nada se ha legislado para evitar que las malas prácticas de los bancos acabaran arrastrando la economía continental. En cambio, eso sí, se han decidido curas de caballo para las economías nacionales en problemas. Grecia ha sido el primer país intervenido económicamente, los demás estados han tenido que aplicar drásticas medidas de ajuste, pero nada hace pensar que no se tenga que ir todavía más allá. El fantasma de la intervención pende sobre España, sobre Portugal, los avisos no cesan, las amenazas siguen.




Haciendo honor a aquello de que "quien tuvo, retuvo", Daniel Cohn-Bendit, eurodiputado verde, habla de la crisis económica para denunciar la hipocresía de los políticos, su incapacidad, su supeditación a los intereses económicos y como se pretende hacer pagar los platos rotos a quien menos tiene.




El caso español es un buen ejemplo de la falta de músculo político. Las órdenes de ajuste de la Unión Europea rompen de un día para otro toda una supuesta filosofía de gobierno y no se dan más explicaciones; ni de los errores cometidos, ni de las nuevas decisiones, ni de sus consecuencias. De la posibilidad de resistirse, ni hablamos. Así las cosas, de aquí en adelante, en los programas electorales debería constar que los compromisos son "hasta nueva orden", que los caminos están marcados, que no es la política quien decide el camino sino el camino (económico) el que marca por donde va la política.
No hay recetas mágicas ni nada parecido. Es evidente que ningún gobierno nos pueda sacar de ésta de un día para otro. Lo que es lamentable, empezando por nuestro Rodríguez Zapatero, es que haya tenido que explotar el mundo bajo nuestros pies para que los políticos se dieran por aludidos, para que se percataran de que venía la crisis, de que estábamos viviendo por encima de nuestras posibilidades, de que íbamos a chocar contra un muro. Menudos dirigentes, si no son capaces de detectar la enfermedad, cómo vamos a esperar que sepan curarla. Si no sirven para diagnosticar nuestros males y, luego, se limitan aplicar las medidas que marcan los mercados vía FMI o Unión Europea, ¿no será que estamos gobernados por una banda de inútiles? Es más, ¿no será que nuestros gobernantes son simples títeres cuyos hilos mueve la Mano Invisible de Adam Smith para hacer creer que se regula la economía cuando, en realidad, no se hace otra cosa que desregular?

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