lunes, 8 de marzo de 2010

El sistema contra la democracia

El juez Baltasar Garzón es un anti-sistema a su pesar. El sistema, que siempre está por encima de las leyes y en caso de contradicción acaba prevaleciendo, ha convertido al magistrado en un excéntrico y, a fuerza de empujones, está a punto de echarlo de la justicia. Menuda paradoja: Garzón, con ese currículum del que cuelga desde el crimen de estado en España a la persecución del carnicero Pinochet pasando por ETA, los narcos y distintos casos de corrupción política, podría se arrumbado a la cuneta por matices procedimentales a la hora de investigar a los franquistas, y todo por una denuncia de la ultraderecha. Si todo un estado democrático, con sus leyes, sus instituciones, su burocracia y sus sagrados procedimientos, no es capaz de evitar tal desvarío, ¿qué se puede esperar de ese Estado?
No entraré en las cuestiones técnicas de los procesos abiertos contra Garzón (interesante, en este sentido, un reciente artículo del exfiscal Jiménez Villarejo), solo diré que el famoso juez es un palo en la rueda del poder y, precisamente por eso, debe ser abatido.
Nuestra democracia, tan modélica, tan ejemplar, tan superadora del franquismo, no ha modificado un sistema supralegal en el que se coordinan las élites políticas y económicas para marcar las líneas rojas que, bajo ningún concepto, pueden ser traspasadas. El aparato judicial es su último baluarte. Más allá solamente les queda la guerra sucia.
Garzón ha llegado al núcleo del poder nadando contracorriente. Por esta razón, los procedimientos que se siguen contra él son mucho más que causas contra un juez. Las querellas contra Garzón son un pulso entre el sistema y la democracia. Si cae el juez pierde la democracia.
La defenestración de Garzón significa que no se puede ir a la contra, que no se puede pensar por uno mismo, que no nos podemos regir por nuestra conciencia. Quiere decir que nadie puede pasarse de la raya, ni vivir fuera del rebaño. Si a Garzón, siempre situado bajo los focos, celebre, importante y con renombrados apoyos, se le pude descabalgar, hay que imaginar que futuro les espera a los discrepantes anónimos: el infierno, la aniquilación, la invisibilidad social y profesional. Tanto da donde sea, igual en la empresa que en un partido político, igual en el ejército que en cualquier asociación cívica. Tanto da. Prohibido discrepar. La derrota está servida: sin discrepancia no hay democracia. Lo que hay es un régimen totalitario, es decir, corrupción, arbitrariedad y abuso. Garzón es el símbolo; los ciudadanos, las víctimas.
Georges Brassens recogía hace ya bastantes años, con mucho acierto, la dificultad que entraña resistir al poder, lo solo que uno se queda cuando su comportamiento se sale de las pautas más habituales, lo complicado que es no aplaudir siempre al jefe.

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