lunes, 22 de febrero de 2010

La política en las peores manos

No hace muchos días, José Bono, el Presidente del Congreso de los Diputados, tuvo la ocurrencia de comparar el presupuesto de la Cámara Baja , unos 98 millones de euros, con lo que le costó el futbolista Cristiano Ronaldo al Real Madrid, 94. Bono, como si la rentabilidad de un político se midiera por lo que cobra, pretendía demostrar que los políticos no nos salen tan caros. Personalmente me parece que la comparación no tiene ningún sentido. Ninguno; aunque ya sabemos que a Bono, será por su inclinación cristiana, se le dan mejor las parábolas que los argumentos. Sea como sea, salir estos días de estrecheces económicas buscando razones para defender lo que perciben los diputados me parece una desfachatez. Desfachatez, sin matices. Las calles están repletas de dramas, de frustraciones, de injusticias, de gente engañada que no sabe por dónde salir.
Por supuesto, un político con cargo de responsabilidad no puede estar mal pagado. Su sueldo se debería situar en la banda alta de lo que cobra la media de los ciudadanos. Claro que sí. Pero dicho esto me parece una trampa que cuando se hable del sueldo de los diputados siempre se cifre en poco más de 3.000 euros sin añadir todo lo que reciben en dietas (por las cuales casi no tributan), en pluses por las distintas tareas parlamentarias que desarrollan y en ayudas de viajes, logísticas, de manutención o residencia. Tampoco está bien que se esconda que un diputado o un senador tiene derecho a la pensión máxima con solo siete años en el cargo. Siete. Acostumbran a ser voces de la propia casta dirigente las que descalifican cualquier comentario que se haga sobre sus emolumentos diciendo que con ello se deteriora la política y se hace el juego a los demagogos, los populistas o los ultras. No es cierto. Los únicos que se pueden cargar la política son los propios políticos, desde dentro, a fuerza de jibarizarla.
Fijado todo ésto ya puedo añadir que discrepo de quienes defienden que los políticos están mal pagados. Y lamento especialmente que se utilice la cuestión del dinero relacionándolo con las posibilidades efectivas de participación política. El argumento de que los políticos tienen que estar bien pagados porque, de lo contrario, solamente los ricos se podrían dedicar a la política me parece una burla, una tomadura de pelo que la casta política gasta para distraer al ciudadano. Al paso que andamos los únicos que se dedicaran a la política no serán los ricos sino los que no sirvan para otra cosa.
El empobrecimiento de nuestra política no tiene nada que ver con los sueldos que en ella se pagan. Lo que repele de la actividad política a aquellos que, ojalá, participaran en ella no es que se trate de un trabajo mal retribuido, ni mucho menos. Lo que provoca la huida de los mejores, de los necesarios, de los imprescindibles es que en la política se penalice el uso del propio cerebro, que se castigue al que piensa por cuenta propia. Lo que espanta es la cantidad de inútiles y mafiosos que controlan las cúpulas de los partidos.
La culpa del triste panorama que nos asalta cada vez que analizamos la gestión de un determinado gobierno, vemos en directo una sesión del Congreso, escuchamos un debate en los medios o atendemos a las razones que unos y otros ofrecen para justificar sus actos, la culpa de todo ésto, digo, la tiene un reclutamiento que se basa en la obediencia ciega y en la obligación de mantener invariable el actual estado general de las cosas.
La actividad política española no se prestigia pagándola extraordinariamente bien, ni recordando constantemente que "somos los que menos cobramos de Europa". No. La actividad política se prestigiará el día que se pueda desempeñar en su mejor versión, desde la competencia, la libertad, el compromiso social y la honradez, también la intelectual. El ciudadano espera políticos movidos por la voluntad de servicio a la comunidad y no gente dócil, que vive al dictado de los aparatos partidistas y, mucho menos, que condicione se continuidad en la tarea a la nómina percibida.
La mediocridad imperante en la política española tiene poco que ver con lo que cobran o dejan de cobrar nuestros diputados. Dicho de otra forma, la mayoría de los miembros del Congreso, o de los concejales de los grandes ayuntamientos, que también va con ellos, no cobrarían fuera de las instituciones ni la mitad

lunes, 15 de febrero de 2010

"Lo que se calla la rubia"

Lo que sucede en televisión es grotesco. Verla puede marear, si se analiza un poco da asco. Resulta paradójico que cada vez se utilice menos la fórmula "caja tonta" para referirse a la televisión. El término era de uso común hace veinticinco años y hoy en cambio, cuando la televisión es mucho más estúpida que entonces y el 80 por ciento de lo que se emite son insultos a la inteligencia de los berberechos, se ha hecho el silencio. Nadie dice nada. Callan todos. ¿Será que los principales medios de comunicación están metidos en el negocio? Yo creo que sí, que esa es la explicación. Ya ni "telebasura" se puede decir. Ahora a la "telebasura" se le llama "entretenimiento" y se la premia incluso con el "Ondas". Recuerdo que siendo estudiantes de periodismo, cuando se discutía sobre la legalización de la televisión privada en España, las voces críticas argumentaban que, con las emisoras privadas, todo sería "Dallas y 1,2,3 responda otra vez". Error. Visto lo visto, "Dallas y 1,2,3..." serían hoy espacios de culto.
La responsabilidad sobre la pésima calidad de la televisión en España tiene muchos actores. Claro. Lo que pasa es que nadie cuenta con más culpa que los directivos de las distintas cadenas que, forrándose, eso sí, bajan y bajan el nivel de los contenidos para atraer a lo más básico y simple de la ciudadanía y, de paso, ahorrarse, todo el dinero posible. La mala televisión, además de mala, es barata.
Esta semana pasada un esperpento perpetrado por los directivos de "Cuatro", la supuestamente cadena de culto de PRISA, "El País" y compañía, ahora adquirida por Berlusconi y Tele5, demuestra la insensatez en la que el medio vive instalada. "Cuatro" se cargó el programa "Lo que diga la rubia", un talk-show de tarde presuntamente de actualidad y humor, decían que desenfadado, atrevido y moderno, después de solamente cinco emisiones; cinco días y a la calle. Lo habían publicitado como una apuesta, como un espacio novedoso. Todo mentira. Cinco días entre el tres y el uno por ciento de audiencia y se acabó. La cuestión es: ¿Cómo se cargan en cinco días un programa que ellos mismos han diseñado, organizado, montado y emitido? ¿No sabían lo que estaban programando? ¿Qué sentido tenía el espacio? ¿Ninguno? ¿Entonces qué sentido tienen ellos? ¿No se creían el programa ni los propios directivos que lo auspiciaron? ¿Por qué no lo han defendido? ¿Es que con lo que saben de televisión resulta que programan por qué sí? ¿O es que no saben tanto de televisión? ¿Programar es simplemente tentar a la suerte? Pues sí, parece que el triunfo de un programa es pura casualidad. Resulta que ser directivo de televisión y poner en antena un nuevo espacio es como ir a un sorteo y soltar, por ejemplo, "34" y si sale el número (si la gente lo ve) pues éxito por todo lo alto y ya se buscará la forma de teorizarlo. Si sale mal, como sucede la mayoría de veces, adiós programa, disimular y pasar página.
"Lo que diga la rubia" es también un buen ejemplo de lo sucede en lo laboral cuando pintan bastos. Hay en "Cuatro" unos directivos de programas, de nombre Fernando Jerez "et altri"; una presentadora, Luján Argüelles, y un amplio equipo de profesionales, los machacas. Pues bien, si el programa no funciona, como ha sido el caso, no caen ni la presentadora (que seguro tiene un contrato blindado en la casa) ni los directivos, los que se van a la calle son los curritos. Qué curioso, si las cosas se tuercen, los que tienen más responsabilidad son los que menos pagan.
Así está la tele.
A principios de los 80 Sabina, en un espacio de TVE que se llamaba "Si yo fuera presidente", le dedicaba estas coplas a la tele de entonces. Que bueno sería una versión 2010.

viernes, 12 de febrero de 2010

Císcar, Alarte y la victoria inminente

El pasado sábado el Partido Socialista del País Valenciano (PSPV-PSOE) reunió a su Comité Nacional. Por cierto que uno de las intervenciones fue la del ex secretario de organización del PSOE, ex muchas otras cosas y hoy diputado en el Congreso, Ciprià Císcar. La petición de palabra del veterano político no fue para anunciar que se retiraba sino para quejarse de la poca presencia e influencia social del partido. Tal afirmación sentó muy mal a la dirección. El líder de turno del conglomerado de familias e intereses que controlan la formación, Jorge Alarte, el secretario general, contestó a Císcar como quien le perdona la vida y contradijo sus argumentos. El tono fue de poco aprecio, como si Alarte ya diera por amortizado el agradecimiento que siempre le ha mostrado a Ciprià Ciscar por haberle hecho en su día alcalde de Alaquàs y haberle permitido responsabilidades orgánicas cada vez que, desde Madrid, daba un golpe de mano ante cualquier intento renovador en el seno del partido. Jorge Alarte pronosticó durante el Comité Nacional que el PSPV ganará las próximas elecciones autonómicas. Los distintos dirigentes socialitas, comisiones gestoras incluidas, llevan 15 años vaticinando un triunfo que no llega. Digo yo que un día acertarán. El mandatario socialista no explicó en que basa ahora su optimismo más allá de decir que Francisco Camps gobernaba muy mal y estaba rodeado de problemas. Concretar no es uno de los fuertes de Alarte. Hace diecisiete meses que es secretario general del PSPV y todavía no ha definido el proyecto político que defiende. Por encima de posibles o no posibles capacidades proféticas, hay unas cifras muy tozudas que indican que el PSPV está muy lejos de la victoria en unas elecciones autonómicas en el País Valenciano. Los archivos de resultados electorales acostumbran a pasar desapercibidos por culpa de los silencios y las tácticas de unos y otros pero los números son indiscutibles, están al alcance de cualquiera y merecen atención.
El PSPV tuvo en las primeras elecciones autonómicas de 1983 cerca de un millón de votos (982.567). En las últimas, en las de 2007, se quedó por debajo de los ochocientos cuarenta mil (838.987). Es decir, en 24 años el PSPV ha perdido casi ciento cincuenta mil votos (143.580). Y eso teniendo en cuenta que el censo ha crecido en más de ochocientas mil personas. En estos momentos, los socialistas están a más de cuatrocientos mil votos (438.471) del PP. Los populares tienen, pues, un 50% más de voto que su rival directo. Dicho de otra manera: el PSPV, que en un cuarto de siglo no solo no ha ganado ni un voto sino que ha perdido ciento cincuenta mil, tiene poco más de un año para recuperar cuatrocientos mil votos. No parece sencillo. Cierto es que todo apunta a que en el peor de los casos los socialistas quedarán segundos. Segundos, medalla de plata. Tampoco está tan mal. Repartiendo bien los cargos disponibles, la victoria en 2015 no se les escapa. Seguro.

jueves, 11 de febrero de 2010

El PP no es un partido conservador

El PP no es un partido conservador. Se les podrá decir muchas cosas, algunas gruesas, otras no tanto, pero conservador es un término que no les encaja por ningún lado. Un conservador ha de querer conservar algo, ¿qué quieren conservar Rajoy y los suyos? Los populares, por no conservar, no conservan ni las apariencias, por eso mantienen en sus cargos a imputados de todo pelaje, pactan con tránsfugas siempre que lo necesitan y abusan de las televisiones públicas que dominan con peor estilo que un dictador bananero. Por supuesto, no conservan ni un ápice de memoria, cosa que les sirve para incumplir todo lo que prometen y no recordar que si por su lucha hubiera sido el franquismo estaría vivito y coleando. Tampoco la conservación del territorio les importa en exceso. Ellos están más por asfaltar y alicatar hasta el techo. Con el verde de sus jardines y sus campos de gol parecen tener más que suficiente. Ni las amistades conservan. Basta escuchar a Esperanza Aguirre dirigir un sonoro "hijoputa" en dirección a Gallardón o ver como en Valencia los seguidores de Camps y Zaplana se pasan a cuchillo al peor estilo ruandés. A veces ni la conservación de la vida ajena les importa, Polop y sus alcaldes son buena prueba. Conservar los puestos de trabajo no les parece prioritario, ellos están por flexibilizar el mercado de trabajo y facilitar los despidos. Viendo como funcionan las autonomías que gobiernan se pone de manifiesto que no les interesa conservar las industrial tradicionales, las desmantelan; ni las haciendas públicas, las tienen en bancarrota. Nada conservan del espíritu liberal que dicen abanderar, solo hay que ver como escogen a compañeros de partido para dirigir las cajas de ahorro que controlan. En política, en vez de conservar la división de poderes usan los parlamentos donde son mayoritarios como si fueran una dirección general más de sus gobiernos y luchan con todo para situar a sus amigos más amigos en los más altos órganos judiciales. No conservan capacidad de interlocución más allá de entre ellos mismos, por eso siempre se quedan solos en el Congreso. A veces se les critica por su integrismo católico pero tampoco conservan un mínimo de caridad cristiana. Si la tuvieran jamás hubieran despreciado como han despreciado a los familiares de las víctimas del Yak 42 o de los 43 muertos del Metro de Valencia. Al PP la única cosa que les interesa conservar es el poder. Ese privilegiado status que, de tan acostumbrados como están a él, les parece que es de su propiedad.

lunes, 1 de febrero de 2010

La derecha en el atajo

Controlar lo que piensa la mayoría de los ciudadanos es imposible pero lo que sí se puede controlar es lo que la mayoría piensa que piensa la mayoría. Así se ganan las elecciones. El Partido Popular valenciano lo sabe bien, por eso pese a ser líderes en deuda, en paro, en políticos imputados judicialmente o en parálisis gubernamental arrasan en las urnas. El PP tiene como una de sus prioridades fundamentales, diría que la fundamental, el dominio de los medios de comunicación. A ser posible dominio directo, dictado sin más matices de los contenidos informativos; cuando a eso no alcanza, al menos, dominio de la agenda informativa. Y es conveniente no engañarse, lo que vale para el PP valenciano vale para el PSOE andaluz, extremeño o de Castilla-La Mancha. En este sentido, produce rubor oír al Presidente castellanomanchego, José María Barreda, defender la libertad de expresión y el pluralismo informativo en el caso de los dos periodistas de la SER condenados por ejercer su profesión y comparar esas palabras con el tufo a NO-DO que desprenden los informativos de “su” televisión autonómica. En política quien define la agenda informativa marca el terreno de juego donde se disputa el poder y, obviamente, lo tiene todo a favor para ganar. Dominar la agenda significa poder esconder las limitaciones de un gobierno, camuflar sus errores, tapar sus incompetencias, disimular su inutilidad. En definitiva, señalar que debe saber la gente, sobre que discutir, de que preocuparse.
La política de los populares valencianos es, en realidad, antipolítica. No hay espacio para la duda, ni para la discusión, ni para el acuerdo. Lo suyo es populismo básico de manual: simplificación, negación del debate y constante apelación al pueblo como un todo indiferenciado. Las instituciones no tienen ningún valor en si mismas porque la identificación del ciudadano se hace directamente con Francisco Camps o con Rita Barberà, cosa que permite que el descrédito institucional no solamente no perjudique a sus máximos responsables sino que les refuerce. Situados como intermediarios entre el ciudadano y la realidad, Camps, Barberà y demás son los encargados de aportar la seguridad que reclama el ciudadano y lo hacen despejando cualquier incógnita que se pueda plantear, ellos indican donde esta toda la maldad, la fuente de todos los problemas: Zapatero, y no se hable más. Problema resuelto. Es cuestión de apelar siempre a lo más simple. Huir de toda complejidad, satisfacer (o hacer como que se satisfacen) los intereses concretos del número suficiente de votantes para ganar las siguientes elecciones y olvidarse de proyectos colectivos que resulten de complicada explicación. En este estado de cosas, las fuerzas políticas que pretendan ocupar el poder que hoy monopoliza el PP tiene dos opciones: escoger la misma vía de los populares, modulando su discurso y esperando un error del rival o, por el contrario, buscar un camino diferente, contrario, evidenciar que lo más útil es el beneficio general, que es mejor buscar una síntesis democrática del conjunto de la ciudadanía que limitarse a las satisfacciones individuales.´Los que hoy están en la oposición al PP harían mal en buscar sus recetas en las prácticas de sus compañeros de partido allá donde estos gobiernan. Los atajos le sientan mejor a la derecha.