viernes, 25 de diciembre de 2009

Sobre el 30% de independentistas catalanes

Este 2009 no ha sido un año más en cuanto a la relación entre Catalunya y España. La nueva financiación autonómica, el debate centrado en la constitucionalidad del nuevo Estatut, con todas las circunstancias que lo han rodeado, y la celebración de distintas consultas ciudadanas sobre la independencia de Catalunya han hecho de 2009 un año que deberá revisarse cuando, dentro de un tiempo, se recapitule sobre la realidad territorial de España.
2009 ha demostrado que en Catalunya hay instalada una fuerza independentista que está para quedarse, para crecer, para llegar a la consecución de un estado propio. No son colectivos radicales, ni jóvenes predispuestos a la algarabía callejera, no son partidos menores, ni la ensoñación de gente que está fuera de las instituciones. Tampoco parece haber nadie en Catalunya dispuesto a buscar la independencia por el camino de la violencia. El independentismo en Catalunya no es ni un arrebato ni una improvisación sino la consecuencia del trabajo de una suma de generaciones. Jordi Pujol siempre defendió que el papel de los políticos catalanes de la transición no era conseguir un Estado propio para Catalunya sino desarrollar su autogobierno para que la generación siguiente pudiera, si así lo quisiera, ir hacia la independencia. Hoy un hijo suyo, Oriol Pujol, es un dirigente de CiU que se reconoce abiertamente independentista. El guión se va cumpliendo.
Son mucha gente y es mentir o engañarse resumir las votaciones sobre la independencia del pasado 13 de diciembre diciendo que no votó ni el 30% de los convocados a las urnas.
No es oportuno despreciar lo sucedido en Catalunya; no lo debe hacer Zapatero, no lo debe hacer nadie.
Permítanme un cálculo sencillo en números redondos que demuestra que ese supuesto "menos del 30%" no es un dato insignificante. De un censo de 700.000 posibles votantes, el pasado 13 de diciembre pasaron por las urnas 180.000 personas. Bien. Recuérdese primero las últimas participaciones electorales en Catalunya: un 56% en las Autonómicas de 2006; un 49% en el referéndum del Estatut, también en 2006; un 71% en las Generales de 2008, y un 37% en las Europeas de 2009. Suponiendo, pues, que si hubiera sido un referéndum oficial, y la participación hubiera llegado al 65%, los votantes hubieran sido alrededor de 455.000, es decir, unos 275.000 más de los que hubo el pasado el pasado día 13. Así las cosas, solo que un 18% de esos votantes añadidos se decantaran a favor de la independencia, ésta hubiera sido la ganadora, 230.000 frente a 225.000. Solo con un 18% de independentistas frente a un 82% que doy por supuesto que votarían no a la independencia. Claro, es un cálculo de "política ficción" pero sirve para ver con claridad que despreciar lo sucedido el día 13 es de miopes.
El independentismo catalán no es de pureza de sangre, es un independentismo desde la integración. El nacionalismo español tiene un problema grave, una enfermedad perfectamente diagnosticada en psiquiatría, se ha acabado creyendo sus propias mentiras y, por tanto, no están en la realidad. En Catalunya no peligra el castellano, en Catalunya no se persigue a quien no habla catalán, en Catalunya no hay nada más sencillo que vivir en castellano, en las escuelas catalanas no hay problemas por culpa de los idiomas, la administración catalana no discrimina a los castellanoparlantes. El nacionalismo español, el PP, "El Mundo", la "COPE", el "ABC" podrán engañar a un señor de Córdoba o una señora de Lugo pero no a quien vive en Barcelona, Vic, Tàrrega, Valls o Figueres. Todas las sociedades tiene sus problemas, sus contradicciones y sus sombras pero de eso a la imagen de una Catalunya en permanente estado de excepción nacionalista dista un mundo. Hay periódicos en Madrid que se burlan de que José Montilla sea un President de la Generalitat que habla mal el catalán o de que Johan Cruyff sea un "seleccionador nacional de fútbol de Catalunya" que se expresa en castellano. Ironizan sobre eso cuando tal circunstancia lo que demuestra es el carácter integrador del nacionalismo catalán, justo lo que esos mismos periódicos niegan.
Encajar esta fuerza independentista en España, ser capaces de reconducir la dinámica hacia la conllevancia es, o era, posible pero no es sencillo. Lo sencillo es echarle gasolina al fuego, avivar el incendio de Catalunya para recoger votos en España. Es un cortoplacismo suicida, el paso del tiempo juega contra esta estrategia. La conveniente sería la contrario: explicar desde España y para España la realidad de Catalunya, procurar entenderla. Pero, claro, eso no da votos inmediatos, es más, incluso puede restar. En estas disyuntivas es cuando los políticos se ponen a prueba.
En este momento, la cuestión catalana es, políticamente, mucho más compleja que la vasca.
En Catalunya no hay un polo de división nacionalista, como es el terrorismo en Euskadi, nadie asesina, nadie mata. Desde el propio independentismo vasco se asiste con atención a lo que se podría llamar "independentismo moderado" catalán, pero no moderado por su falta de intensidad independentista sino porque afecta sectores de centro derecha, burgueses, muy lejos de esa caricatura de la "kale borroka" del casco antiguo de Sant Sebastián.
Habíamos quedado que con la palabra se puede reivindicar cualquier cosa, pues ya está aquí la reivindicación, a ver qué hacemos ahora. Aquí no sirven las soluciones policiales, ni las persecuciones. Cuando el vehículo es la palabra, solo se puede vencer convenciendo y, para ello, hay que debatir, ser capaces de entender las razones del otro y hacer entender al otro las propias. Se pedía una vía pacífica, pues bien, ya estamos en ella, por esa vía se acerca un tren a toda máquina y no parece dispuesto a descarrilar.

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