miércoles, 2 de diciembre de 2009

Ilustrísimos/as diputados/as: ¿jalean o patean?

Hoy que ha habido pleno en el Congreso de los Diputados, el proyecto de ley del gobierno sobre Economía Sostenible ha sido el tema a tratar. Ha sucedido lo de casi siempre, los diputados se han dividido, con algún matiz, entre los que jalean al presidente Zapatero, el grupo mayoritario, los socialistas, que recibían al jefe, y los que pateaban, los demás.
Los partidos políticos se han convertido en una especie de monstruo transversal que hace de la división de poderes un espejismo que ellos mismos se empeñan en alimentar. La sede de la soberanía popular, el parlamento, lo han convertido en una correa de transmisión del poder ejecutivo, del gobierno, que es quien debería ser el controlado. El mundo al revés, y ellos tan campantes, y el ciudadano asintiendo. La máxima responsabilidad tiene nombres: PSOE y PP. A ellos ya les va bien. Unos días son víctimas y los otros verdugos, según estén en el poder o en la oposición en cada caso, pero les funciona. Su balance, atendiendo siempre al partidismo y no al interés general, les da positivo. De cualquier cambio saldrían perdiendo. Por eso no lo hacen, aunque los beneficiados fueran la democracia y el mejor servicio a los ciudadanos. Se diría que la soberanía popular no les importa más allá de que sobre ella edifican su "modus vivendi", sus coches oficiales, sus recepciones reales, sus invitaciones a saraos de tronío, sus palcos en el Bernabeu, sus pasajes gratuitos, sus tratamientos de señor don y sus fotos con Obama, el Papa de Roma o Rafa Nadal.
En distintos artículos recientes me he detenido en lo que me parecen agujeros negros de nuestra democracia: la necesidad de listas abiertas, la falta de democracia interna en los partidos, como promocionan siempre a los peores y el bajo nivel de nuestra clase política.
Anteayer llamaba la atención como, en este caso el PP, presenta un recurso ante un organismo, el Tribunal Constitucional, cuya composición depende de sus votos. Lo peor no es eso. Lo más grave es como han pervertido el papel de los parlamentos. Ningún otro atropello tiene su valor simbólico.
El punto 2 del artículo 66 de la Constitución Española lo dice meridiana claridad: "Las Cortes Generales ejercen la potestad legislativa del Estado, aprueban sus Presupuestos, controlan la acción del Gobierno y tienen las demás competencias que les atribuya la Constitución".
En la práctica algo, tan básico y sencillo, no es cierto. La sacrosanta Constitución, incumplida por quienes más la deberían observar. El espíritu de la soberanía popular no asoma por lugar alguno y el control de los parlamentos lo ejercen quienes deberían ser el objeto de control, los respectivos gobiernos. La democracia de partidos ha desembocado en una partitocracia que lleva a que el grupo parlamentario dominante ejerza de palmero del gobierno. El grupo controla el parlamento y el partido, el mismo que gobierna, controla al grupo. Perfecto. Solamente hay que ver quien está al frente dela bancada socialista, José Antonio Alonso; no debe haber en las filas socialistas nadie más próximo a Zapatero. Y para las minorías no queda otra cosa que el derecho al pataleo. Eso sí, el pataleo lo ejercen, en general, con entusiasmo. Es de lo que mejor les sale, para lo que más dotados parecen. En eso se quedan.
Las minorías parlamentarias tienen una presencia que no va más allá de lo institucional pero ninguna efectividad. Están en los órganos de dirección, pero como si no. Todo se resuelve votando, incluso lo que es puro ejercicio de la necesaria transparencia que se le supone a un parlamento, y la minoría, claro, siempre pierde.
La mayoría parlamentaria puede negar, y de hecho niega reiteradamente, toda la información, datos y documentos que la minoría reclama para poder hacer su tarea de control. No pasa nada. Nuestra democracia lo aguanta.



La distribución de los tiempos de intervención en las sesiones parlamentarias es también desproporcionada hasta la caricatura a favor del gobierno. En las sesiones más importantes, las de más trascendencia pública, el gobierno dispone de turnos de palabra sin límite de tiempo, frete a lo acotado de los grupos parlamentarios.
Además, los debates son falsos ya que todo viene cerrado desde las cúpulas de los distintos partidos. En los escaños, o en las comisiones, se escenifican diálogos de sordos, en el mejor de los casos para disfrute de los periodistas presentes. El colmo del ridículo son las comisiones de investigación que dependen para su puesta en marcha y su funcionamiento de la voluntad del investigado, el propio gobierno. Surrealista pero verdad. Raro es que se ponga una comisión en marcha y, en todo caso, a la que resultan molestas se estacan y se cierran.
Incluso la función legislativa de los parlamentos se ha desplazado hacia el terreno del ejecutivo. En sede parlamentaria el trabajo se limita cada vez más a la ratificación de las iniciativas gubernamentales en detrimento de las proposicione de los grupos. Nadie parece extrañarse de esto, y mucho menos que nadie sus señorías.
Nuestros parlamentarios, por extraño que parezca, son en el ejercicio de su tarea ciudadanos con la libertad de expresión limitada. Su voz está sujeta a la disciplina partidista sin margen ninguno. Hablan los portavoces y los demás se limitan a votar aquello que indican sus respectivos jefes de grupo. Nadie puede tomar la palabra por su cuenta, nadie puede dar su particular versión e aquello que se discute. En las Cortes de Cádiz a esos diputados que se limitan a votar poniéndose en pie y volviéndose a sentar les llamaban “culiparlantes”. Cuentan las crónicas de un diputado de provincias a quien sus votantes recriminaron que no intervenía en las Cortes. Su respuesta fue enseñarles un diario de sesiones y decirles: “miren lo que dice aquí: rumores, gritos, pateos… ¡pues aquí estoy yo!”.
Nada de todo lo dicho se puede justificar con la necesidad de racionalizar el funcionamiento de las cámaras y encauzar el debate. Nada. La creciente complejidad de nuestra sociedad debe reflejarse en la democracia, en sus instituciones y en sus representantes. Para simples y fáciles de gobernar ya están las dictaduras.
A día de hoy, a Zapatero no se le puede exigir que encuentre la salida a la crisis económica en la que estamos metidos pero de aquel del “no nos falles” se podía esperar un intento por “democratizar nuestra democracia”. Al menos un intento. Como diría Carme Chacón, “va a ser que no”.

A continuación unos ejemplos de espíritu parlamentario:






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