jueves, 12 de noviembre de 2009

"Uno de los nuestros", siempre

Frank Coppola fue un destacado mafioso dedicado al tráfico de drogas entre Italia y Estados Unidos que murió en 1982. El juez Giovanni Falcone cuenta en su libro “Cosas de la Cosa Nostra” que un día de 1980 un juez que estaba interrogando a Coppola le pregunto: “¿Qué es la mafia?”. Coppola, después de reflexionar unos instantes, respondió: “Señor juez, tres magistrados desearían convertirse en Fiscales del Estado. Uno es sumamente inteligente, el segundo goza del respaldo de los partidos y el tercero es un cretino pero será quien obtenga la plaza. Eso es la mafia”. La mafia es colocar siempre a “uno de los nuestros”, de la familia, aunque sea un cretino, casi mejor si es un cretino. Como la mafia, pero sin pistolas, los partidos políticos españoles también funcionan por familias y, por eso, también llegan a los cargos perfectos cretinos.

Ayer pudimos ver en Les Corts Valencianes el nivel de nuestros políticos cuando los diputados del PP celebraron con aplausos fervorosos que el President de la Generalitat, Francisco Camps, acusara al portavoz socialista de quererlo matar como en los tiempos de la Guerra Civil.


Cualquier grupo humano precisa que los mejores de sus miembros ejerzan la función de liderazgo. La palabra líder la encontramos muy a menudo asociada a la política. Cualquier chisgarabís recibe trato de líder político pese a que, visto lo visto, en pocos campos puede resultar más impropio el uso de tal referencia.
La media de los políticos españoles está claramente por debajo de la media de la ciudadanía, son peores. Lo son porque su reclutamiento, su organización y su promoción responde a criterios negativos. Se habla de selección adversa cuando son los peores los que ascienden en el grupo mientras los mejores, los más preparados, quedan por el camino. "Selección adversa" es un término de origen económico pero que es preciso tener en cuenta para entender el funcionamiento de la política partidista, hasta el punto que incluso explica la organización de la administración pública.
Los partidos políticos están en manos de los peores porque nadie que se valore a si mismo puede empeñarse en la descomunal tarea que supone ascender en base a conspiraciones, traiciones, seguidismo, aceptación acrítica de todo aquello que diga el jefe y “esperar que llegue mi momento”. Otro método es inútil.
Nunca hay debate de ideas en los partidos. Todo es lucha por el cargo, por el sueldo público, por un lugar destacado en la lista electoral de turno. No hay debate de ideas, ni de nada. No hay debate. Los medios de comunicación les hacen el juego y los ciudadanos se resignan. El fenómeno está perfectamente teorizado. Un ya viejo artículo de la politóloga Belén Barreiro describía bien como se da la selección adversa y se detenía en el tema de los distintos grupos que se forman dentro de las agrupaciones políticas; grupos cuya existencia públicamente se niega o se dice que responden a distintas “sensibilidades”. No es cierto: son familias, grupos de interés interno. Giovanni Sartori habla de “tendencias” dentro de los partidos y defiende que facciones, que es como se califica en la tradición anglosajona, es un término poco adecuado ya que no expresa la existencia de distintas afinidades ideológicas más concretas. En los partidos españoles no hay tendencias. Son familias, sin más, y cada una de ellas se dedica a presionar al líder para colocar en puestos destacados a alguno de sus miembros con el objetivo de que, después, en cascada, vayan cayendo cargos y prebendas.
No cuenta el nivel de preparación, ni la honestidad del elegido. Importa simplemente que cada jefe de clan pueda confiar en quien coloca, y que sean cuantos más mejor, así la familia gana poder. Resulta evidente que se trata de gente de baja cualificación, personal sumiso, que tiene en el partido la plataforma de colocación profesional, a ser posible hasta el momento de la jubilación. Quiero esto decir que el tropel de colocados se convierte de inmediato en un ejército que hará todos los esfuerzos posibles para evitar que gente distinta a ellos, es decir, preparados y honestos, se incorporen al partido o lleguen a cargos determinantes.
A la política hay quien se acerca por intereses colectivos y quienes lo hacen por intereses selectivos, es decir egoístas. El pulso entre unos y otros es desigual. Los segundos, los que Panebianco llama “los arribistas”, ganan por goleada. Al final, la maraña es tan espesa que los ajenos a los aparatos de los partidos abandonan las guerras internas y dejan el campo expedito para los peores. Los partidos acaban convertidos en coto.
En estas condiciones la función de liderazgo social es una quimera. Los dirigentes políticos viven alejados de la ciudadanía de la que solo tienen noticia a través de las encuestas. El carácter ejemplar de esta casta es, en todo caso, negativo. Lo que consiguen es tirar de la sociedad hacia su propia mediocridad, sacralizando y poniendo en valor comportamientos y usos basados en la búsqueda del propio interés. Son el “Caballo de Troya” de la corrupción, aunque luego se presenten como los guerreros que han de acabar con ella. Los peores, los que por si mismo valen poco, los que no saben ni pueden decir que no a las órdenes recibidas, los que viven en permanente estado de hipoteca moral son mucho más fáciles de corromper. No es casual que la administración española esté tan tomada por la corrupción; no hay otra administración en Europa en la que tantos empleados deban su cargo a que tal o cual partido gane las elecciones.
El juez Giovanni Falcone decía que “el hombre debe hacer aquello que su deber le manda, sean los que sean los obstáculos o los peligros; es una responsabilidad moral”. Los partidos políticos españoles viven absolutamente al margen de esta responsabilidad. Falcone nunca hubiera llegado a nada en el PSOE o en el PP. A Falcone lo asesinó la mafia en 1992. Dicen que fueron mil kilos de explosivos los que destrozaron el coche en el que circulaba cerca del aeropuerto de Palermo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

La diferencia está, en VLC, en que así las cosas unos arrasan, el PP, y otros, pese a todo, no se comen una rosca. Ni se la comeran.

Jose L dijo...

Magnífica su reflexión
Se puede decir más alto pero no más claro. El otro día vi un reportaje sobre Alemania y sus dirigentes... qué envidia, y que tristeza, tener a los nuestros

Supongo que será lo que nos merecemos