lunes, 23 de noviembre de 2009

Los votos valen lo mismo pero no sirven igual












Muchos votantes del PP, seguro, serían felices si pudieran seguir votando al partido de sus amores pero, a la vez, tuvieran la posibilidad de tachar de la lista a Mariano Rajoy por previsible en la inanidad, por timorato o por falta de liderazgo. Lo mismo vale para el votante socialista que quizás tacharía a Zapatero por decir una cosa y hacer la contraria, por rodearse de los peores, por amagar y no dar, por haberle defraudado.
Uno de los espejismos sobre la democracia que ha hecho fortuna es que la participación es indiscutible, que los votos son los votos y no hay más que hablar. Es la “democracia electoral”, esa forma de participación que empieza y acaba con el voto; esa forma de participación que tanto gusta a la clase política porque los hace “monarcas absolutos” de la representación, al menos durante cuatro años. Según esta tesis, no hay discusión sobre el valor cualitativo del voto. Yo discrepo. Mucho. Un mismo individuo puede votar dos veces a una misma formación sin que ni la ilusión, ni la confianza, ni el entusiasmo sea el mismo. Y eso vale la pena que se sepa. Los únicos perjudicados serían los “aparatos” de los partidos. Ya se que discutir sobre el “peso específico” de cada voto puede ser una disquisición eterna, sobre todo si se plantea desde la mala fe o el interés por justificarse.
Sobre el voto de los ciudadanos, más allá de a quien han votado o dejado de votar, se hacen estudios postelectorales. Cosa de universitarios. De sus resultados se pueden obtener muchas claves sobre el estado de opinión exacto de los ciudadanos. Son trabajos valiosos pero insuficientes. A la clase política estos estudios no les importan un bledo más allá de que los puedan usar en beneficio propio, les traen al pairo porque no tienen ninguna influencia sobre el resultado electoral final. Ante ellos, a nuestros dirigentes les basta una mirada de soslayo y ponerlos a disposición de sus especialistas en marketing político para buscar algún atajo para desactivar, distraer o modular el posible malestar detectado.









Por eso las listas abiertas, aquí, también serían de mucho interés. Tanto interés que precisamente por ello los grandes partidos las citan a menudo pero no tienen ni la más mínima intención de hacerlas realidad, llevarlas a la ley.
Muchísimos ciudadanos no harían uso de la posibilidad de, por ejemplo, tachar nombres en la lista de la formación que hubieran elegido votar, eso ya se sabe. Intervenir en la lista que los partidos presentan supone un grado de implicación, pensamiento propio, compromiso y conocimientos que no está al alcance de todo el mundo. Pero habría otra mucha gente que si las utilizarían: personas con mayor nivel intelectual, más formadas, más informadas. Ya se que distinguir entre votantes está mal visto pero, demagogia al margen, me parece que partiendo de que ningún voto puede valer menos que otros, hay votos que valen más porque indican más.
Un votante del PP podría seguir depositando en la urna la papeleta de la gaviota pero, a lo mejor, tacharía a Esteban González Pons por no haberle escuchado jamás una idea propia más allá de ocurrencias, dislates, exageraciones y salidas de tono; o a Esperanza Aguirre, por limitar su liberalismo a la economía, y así, así; o a Trillo, por utilizar sus conocimientos jurídicos para actuar como un trilero; o a Camps, por sus delirios de grandeza por cuenta ajena, por corrupto y por sectario; o a Fabra, por delincuente; o a Cospdedal, por tener siempre a punto unos principios y los contrarios; o a Javier Arenas, para ver si se decide a trabajar en algo que no sean las instituciones; o a Juan Cotino por integrista de la religión y los negocios, todo junto.
Asimismo, un votante del PSOE, podría seguir apostando por los socialistas pero quizás tachaba a Manuel Chaves para que tuviera tiempo de saber si su hija participó o no en la recepción de ayudas dadas por el gobierno que él presidía; o a Ciprià Ciscar y Joan Lerma, a la vez, para que descubrieran que hay otras formas de ganarse la vida más allá de los partidos políticos; o a Leire Pajín, por tener poco más de 30 años y parecer un dinosaurio partidista; o a José Bono, por populista, meapilas, cursi y poco de fiar; o a Rubalcaba, por haber defendido el terrorismo de Estado con la misma fe que hoy defiende al Estado del terrorismo.
El voto es igual para todos. El más rico y el más pobre se acercan a la urna con las mismas fuerzas, con la misma arma: una papeleta. Es éste un principio básico de la democracia, imprescindible, intocable. Pero la democracia puede perfeccionarse, sumando, no restando. En este sentido, aunque todos los votos valgan lo mismo, algunos servirían para más. Listas con intervención del votante serían una expresión añadida de la voluntad popular. Aumentarían la exigencia sobre la clase política, y eso es beneficioso. Beneficioso para quien es capaz de aprovechar las listas abiertas y, también, para quienes sea por falta de información, confianza o desidia no las utiliza. Los únicos que saldrían perdiendo serían la actual casta política, lo cual también sería bueno.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Estoy completamente de acuerdo. La solución Mas Democracia.

Anónimo dijo...

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