miércoles, 11 de noviembre de 2009

Los Mengele

Los políticos españoles se están cargando la política.
A la vista de lo que hay, me asalta a menudo aquella expresión aprendida en el bachillerato: “todo para el pueblo pero sin el pueblo”. Es la frase que define el despotismo ilustrado, las reformas que en el siglo XVIII los monarcas europeos introdujeron en su gobierno para mejorar las condiciones de vida del pueblo pero sin ceder nada de su poder absoluto. Muy parecido a la situación a donde han llevado hoy la política los políticos. Claro que aquellos reyes basaban su dominio en el origen supuestamente divino de su poder, mientras que nuestros dirigentes no son más que los representantes de unos ciudadanos a los que aparcan a la que llegan al cargo.
El desprestigio en el que vive sumida la política en España hoy solo la discuten aquellos que viven de ella. A la que se le pregunta a cualquier ciudadano de a pie por su opinión respecto a los políticos y a la política de su boca no sale ni una palabra amable. Una reciente encuesta de la Universidad de Navarra recoge que el 87 por ciento de los españoles considera que los políticos lo sacrifican todo a los intereses de su partido y un 66 por ciento asegura que a diputados, senadores y demás no les preocupa lo que piensen o digan los ciudadanos. En el último trabajo del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) se detalla que la política y los políticos son el cuarto problema que más preocupa a los españoles. Problema. Por delante incluso del terrorismo. Añade el CIS que tres de cada cuatro ciudadanos desconfían de los dos principales líderes políticos españoles, José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy. La encuesta indica que los ciudadanos no sienten respeto por los políticos. Resulta complicado esperar otra cosa puesto que constantemente asistimos a como entre ellos tampoco se respetan. Y si no se respetan entre si, ¿cómo les va a respetar nadie? Es más, los políticos no se respetan ni a si mismos, en reflexivo. Nadie que tuviera un mínimo de respeto por si mismo aceptaría los papeles que se ven obligados a desempeñar, ni diría las estupideces que dicen, ni aplaudiría cuando lo que toca es pedir perdón. Han cambiado los argumentos por los gritos, los razonamientos por los pataleos y las explicaciones por los insultos, ¿quién va a respetar eso?
Más allá de sus palmeros de rigor, cómo alguien se va a tomar en serio al expresidente del gobierno José María Aznar exigiendo responsabilidad política ante la corrupción cuando fue él quien invento a Francisco Correa y sus muchachos; qué otra cosa se puede hacer que reír cuando se oye a la secretaria de Organización del PSOE, Leire Pajín, decir aquello de: “les sugiero que estén atentos al próximo acontecimiento histórico que se producirá en nuestro planeta: la coincidencia en breve de dos presidencias progresistas a ambos lados del Atlántico, la presidencia de Obama en EEUU y Zapatero presidiendo la UE".
¿Merece una pizca de respeto Mariano Rajoy cuando defiende, con Carlos Fabra a su diestra, que el PP es incompatible con la corrupción? Y de Esperanza Aguirre, tan graciosa, asegurando que “con zapato plano no hago declaraciones", ¿qué decir? Este es el nivel. Lo que no se le escapa a nadie es que la riña, sea dentro de cada partido o entre ellos, nunca versa sobre cuestiones ideológicas o programáticas, nunca van más allá del reparto de cargos, dinero, influencia o poder. Les importa mucho más el quién, ellos, por supuesto, que el qué, y se nota, mucho.
La política en España está bajo mínimos, con unos niveles de desprestigio que ponen en duda que se pueda hablar, en la práctica, de estado democrático. Al menos si nos negamos a llamar democracia a un sistema que rechace la participación ciudadana y la exigencia de responsabilidades a sus políticos. Pero conste que la política no se ha suicidado. Los que han apretado el gatillo han sido los políticos. Ellos que existen para defender la democracia se comportan constantemente de forma antidemocrática. Huyen del pueblo, de los ciudadanos, del debate. Son a la política y a la democracia lo que el doctor Josef Mengele fue a la medicina, traidores.


(Recojo a continuación algunos casos del pésimo ejemplo que dan habitualmente los políticos españoles)


















Etcétera, etcétera, etcétera.

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