martes, 13 de octubre de 2009

Más cinismo que política

Las cosas van de mal en peor. Acabo de ver una comparecencia ante los periodistas del todavía secretario general del Partido Popular de la Comunidad Valenciana, Ricardo Costa, avanzándose a lo que presumiblemente será su destitución esta tarde a manos de su presidente regional Francisco Camps. El mensaje ha sido claro: “yo cumplía órdenes”, de Camps y de Mariano Rajoy, se entiende. Ha especificado que se trataba de órdenes legales. Claro, decir lo contrario sería autoinculparse pero, es evidente que la responsabilidad la ha lanzado hacia arriba. Cuando he escuchado el discurso de Costa tenía reciente una entrevista que hoy publica “El País” con el cantante Billy Bragg donde este asegura que “el enemigo de todos nosotros no es el conservadurismo sino el cinismo”. Uno cosa me ha llevado a la otra.
Ricardo Costa, cínico atildado, se ha gustado, se le notaba encantado de tener sobre si todos los focos. De cara, de perfil, con gestos medidos, impoluto y sin mácula. Hoy Costa ha hecho lo que él entiende por política y lo ha hecho en su grado máximo: boato, solemnidad, discurso y todos atentos a su persona. Se han sucedido las excusas y las declaraciones de honradez; por eso, ha dicho, no piensa dimitir. Pobre, muy pobre. Seguramente Ricardo Costa ni se lo plantea pero un dirigente político está abocado a dimitir cuando para pasar por honrado debe reconocerse torpe, incapaz, casi estúpido. Cuando ha permanecido indiferente mientras tantos rufianes se infiltraban en su partido, cuando además se ha hecho amigo de ellos, si ha trapicheado con encargos y enchufes diversos, si ha hecho todo tipo de apaños económicos a los tramposos, si no ha detectado todos los delitos que sus próximos estaban cometiendo es que estamos ante un incompetente absoluto, elegante y elocuente pero un inútil total y, en ese caso, su dimisión es obligada.



Ricardo Costa, con Francisco Camps a su derecha, ha dirigido su disgusto en dirección a Mariano Rajoy.



Alega Ricardo Costa que sus conversaciones con los responsables directos de la trama “Gürtel” pertenecen a otros tiempos, cuando nada se sabía de sus componendas. Es éste un argumento infame: él, como dirigente político, como máximo responsable en el día a día del PP valenciano, al margen de lo que estaba obligado a ver, no podía obviar ni lo que denunciaban los medios de comunicación, ni lo que criticaba la oposición. Unos y otros habían alertado en multitud de ocasiones de las oscuras maniobras que rodeaban muchísimas adjudicaciones, tanto las hechas desde el partido como las que salían de la Generalitat. Costa no se enteraba de nada, ¿quién se cree eso? Se supone que tampoco le extrañaba que ante cualquier denuncia los responsables del PP lanzaran cortinas de humo y desplegaran un oscurantismo y una falta de transparencia más propia de una dictadura que de una democracia. Sí, sí todo normal, por eso a Costa nada le llamaba la atención. Ni a él, ni al resto del partido que dirigía, puesto que nadie, ningún dirigente ni alto, ni medio, ni militante de base, alzó la voz de alarma. Ahí tiene Costa otra de las muestras de por qué debe dimitir: porque ha encabezado una organización política donde no hay ni una gota de política, donde todo son intereses, los propios, claro.
Nos podía haber ahorrado también Ricardo Costa la escena de humildad y arrepentimiento que se ha marcado. Cómo que se arrepiente de haberse comprado un “Infiniti” en estos tiempos de crisis que corren, si con lo que llevaba encima en ropa y reloj seguro que comería todo el año una familia normal.
El embrollo es de consideración: Costa pregunta a a la dirección nacional del PP el motivo de su destitución pese a que es Francisco Camps quien en realidad le corta la cabeza; la dirección nacional, Madrid, para entendernos, debe aguantar los reproches que le llegan desde Valencia ya que si cede demuestra una debilidad que sería todavía peor, y Camps se carga a su número dos mientras lo llena de elogios. Nada queda pues queda cerrado. La presión sobre Rajoy, sobre Madrid, seguirá creciendo y, por tanto, el sacrificio de Costa les resultará insuficiente; ver a Camps plegado ante Madrid y, en consecuencia, débil envalentonará a sus enemigos internos, zaplanistas pero no solamente. Camps es el núcleo de la tormenta, el nudo que impide soluciones definitivas, su cabeza está en todos los puntos de mira, no le queda ningún futuro. En el PP valenciano se huela a sangre y eso excita mucho a los tiburones. Puesto que el PP no funciona como partido político sino como sindicato de intereses, hay escualos por todas partes y tienen colmillos muy retorcidos y pocos escrúpulos. Así pues, peligro.

2 comentarios:

Benet dijo...

Lo has dejado bien clarito, lástima que los valencianos-as no sepan leer y sólo escuchen Canal Nueve.

El Caballero dijo...

¿Por que tengo la sensación de que la gente que vota al PP no cree nada de todo esto?
Yo me considero de izquierdas, pero cuando se sospecha un pufo de un político de izquierdas, sospecho yo también.
Parece que al votante medio del PP le basta que la gente sea de derechas, independientemente de si son honrados o no.