jueves, 1 de octubre de 2009

El cuadro de la vergüenza






Francisco Camps, President de la Generalitat valenciana.




Gürtel, la Comunidad Valenciana, el Partido Popular, Francisco Camps. Estas son las cuatro esquinas del cuadro de la vergüenza que recorre España.
Acabe cuándo y cómo acabe, lo que ya no es inevitable, y a lo mejor tiene incluso su parte positiva, es que se ha puesto en evidencia que la democracia española funciona mal, muy mal, y los ciudadanos no pueden, no saben o no quieren hacer nada al respecto.
Ante las evidencias policiales que muestran como la cúpula del PP valenciano trapicheaba con facturas falsas, comisiones, contratas a dedo y trampas de todo tipo nadie quiere pagar. Nadie da explicaciones. Las urnas no dan patente de democrático a todo lo que hace un gobernante salido de ellas, la ausencia de explicaciones es lo que corresponde a una dictadura, luego nada tiene de democrático lo que están haciendo el President de la Generalitat valenciana, Francisco Camps y sus más directos colaboradores. Se inventan las excusas más peregrinas para desviar las críticas, reproches y acusaciones de que son objeto. Es sorprendente como la sociedad acepta de sus políticos comportamientos que no se aceptarían ni a un alumno de parvulario.
Deberían comportarse de forma ejemplar y, en cambio, hacen justo lo contrario. Aunque solo sea por los privilegios de los que gozan, por ejemplo el aforamiento judicial, están obligados a más pero hacen menos, mucho menos.
Les pillan robando y culpan a la policía, se descubre que metían la mano en la caja y responde que su suegra tiene problemas de salud. Ningún ciudadano de más cinco años utiliza semejantes tretas cuando, por ejemplo, la policía lo multa por exceso de velocidad; pues nuestros gobernantes sí, y les reímos las gracias, y les seguimos pagando, y les seguimos votando.
El País Valenciano vive en un estado de déficit democrático evidente que arranca con la llegada del PP al gobierno de la Generealitat, con Eduardo Zaplana. Antes podía haber, los había, graves errores y abusos inaceptables, pero el PP fue mucho más allá, instauró un régimen. El Partido Popular diseñó y aplicó la toma de las instituciones para ponerlas al servicio de sus intereses partidistas y personales. Lo hizo a partir de la compra de voluntades, de la negación del pluralismo social y el debate público, de la persecución inmisericorde del discrepante, del control total de los medios de comunicación públicos y del abuso de sus mayorías absolutas para impedir, incluso, el control político parlamentario. Se cargaron la democracia porque les molestaba, desactivaron todo aquello que pudiera servir para controlarles porque en su empeño los notarios estaban de más; ellos se presentaban como juez, como parte y como todo, nada había al margen de ellos, ni se necesitaba. No acompañarles en el viaje era sinónimo de traición al país, al pueblo, porque ellos eran el país, el pueblo. Hasta ahora las voces discordantes no lograban ningún eco y hoy los insignes tertulianos madrileños se llevan las manos a la cabeza por lo que en Valencia se sabía, y se denunciaba, desde hace como mínimo diez años. En fin, ya se ha visto en que ha desembocado todo: en una gestión plagada de fracasos y en corrupción.
Estos días la prensa catalana ha publicado que trabajadores del Palau de la Música de Barcelona aseguran que durante la presidencia del recientemente destituido Félix Millet la institución vivía un clima de miedo al "poder absoluto" del mencionado Millet y que, por esta razón, nadie denunciaba, ni criticaba sus comportamiento. El miedo les mantenía en silencio. Félix Millet fue destituido en julio como presidente del Palau encausado y su caso está en los tribunales. El mismo ha reconocido que desvió más de tres millones de euros para su beneficio personal y más de medio millón para viajes de sus familiares. Para esto sirven los "poderes absolutos", para esto se usa el miedo y se limitan las posibilidades de control, para esconder los negocios turbios. Nadie esconde si no tiene nada que esconder. Por eso ahora resulta tan creíble que Camps y los suyos formen parte de una mafia de delincuentes. Han estado tantos años amenazando, obligando a callar, ocultando, y así siguen, que tenemos derechos a pensar lo peor. Si además hay pruebas y ellos no son capaces de ofrecer ni la más mínima explicación será que todo es verdad. Que vergüenza.

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