martes, 14 de julio de 2009

¿Uno de los nuestros? No, uno de los suyos

En los pueblos de Castilla-La Mancha son muchas las familias que encima de la mesilla que acompaña al tresillo, en la cómoda del recibidor o sobre la mesa principal del comedor tienen una foto de algún miembro de la casa junto al que fuera Presidente de aquella autonomía, José Bono. Foto con dedicatoria, por supuesto. Es así porque Bono, durante sus muchos años de presidente castellano manchego, incluía en el séquito que le acompañaba en sus viajes por la comunidad a un fotógrafo y un auxiliar de prensa que tenían un cometido muy concreto: el primero, inmortalizaba al presidente junto a todos los lugareños que podía, y el segundo, anotaba la dirección donde estos vivían. Sonrisas, algún beso y muchas palmadas en la espalda. Días después al domicilio en cuestión llegaba la resplandeciente foto con Bono y, como no, pasaba a ocupar un lugar preferente en el domicilio. Estar inmortalizado al lado del Presidente no es poca cosa. Si tan alta autoridad, además, se prestaba a posar con el hijo o el nieto en brazos, y claro que se prestaba, el documento ya se convertía en pieza de retablo. Para los del lugar era un orgullo, para Bono, por decirlo sin circunloquios, eran votos.
El populismo siempre rebusca los votos a base de gestos que le acerquen al pueblo, aunque el poder obtenido con ellos se utilice posteriormente para satisfacer necesidades muy alejadas de las que les son propias a ese mismo pueblo. Así, con el paso del tiempo, hemos ido viendo como Bono emparienta con cantantes de la jet, pasea en barco con políticos millonarios como Eduardo Zaplana, monta complejos hípicos para que sus hijos hagan deporte y, además, se forra con ellos, y acaba tapándose la calva con implantes al estilo Berlusconi en lugar de calarse una gorra o una boina como harían sus paisanos y compañeros de fotografías.


Eduardo Zaplana y José Bono saludándose.






Son poco fiables estos comportamientos en políticos que se llenan la boca de decir que ellos son uno más, que son pueblo llano como han sido siempre.
Cuando un político se comporta como Bono genera dudas. Como las genera Francisco Camps. Bueno, éste va más allá, no son dudas lo que hay a su alrededor, es más bien un abismo de sospechas: lo que se complica este señor para explicar quién paga la ropa que viste. Con lo fácil que le resulta al común de los mortales aclarar estos pormenores. Los políticos, aunque simulen lo contrario, son gente rara. Hacen cosas extrañas. Resulta que Camps, con la normalidad como bandera, tiene fijación por el punto de cierre de las trabillas de sus pantalones, le pirran las chaquetas de cuadro ventana, es fiel a las americanas de verano de Loro Piana de lana súper 180 y a los zapatos de anca de potro. No conozco a nadie que viva arrastrando estos gustos, ni nunca me han hablado de personas con estas inclinaciones. Será, seguramente, porque no pertenezco al selecto, y adinerado, grupo que gasta material tan distinguido, pero me parece una burla que quieran hacer ver que los normales son ellos.
No me parece nada normal que, como hacía Camps, te tomen medidas para un traje nuevo más allá de la una de la madrugada en el Hotel Ritz de Madrid. ¿No hay establecimientos menos ostentosos en la capital de España? Puesto que no se lo paga él sino que tira de dinero público, ¿no hay alojamientos igual de dignos pero un poco más baratos? Además: cómo es posible que a esas altas horas de la noche le quedara humor para contestar si la pieza le tiraba de aquí o de allá o para arriesgarse a que, marcando, marcando, le clavaran un alfiler en el codo o bajo la axila; un President de la Generalitat, ¿no llega extenuado a la medianoche? Desconocía también que los zapatos de anca de potro, de sutiles que son, si te los pisan un par de veces precisan de un kit de restauración, como si de un cuadro de Velázquez o Munch se tratara. Que cruz.
No lo entiendo pero me da la sensación que en mi extrañeza habitan buena parte de las razones que explican la deriva de nuestra política, la insatisfacción de los ciudadanos ante el funcionamiento de la democracia y que nuestros gobernantes se estén especializando más en crear problemas que en resolverlos. Sigo preguntándome, por ejemplo, que necesidad hay de que Leire Pajín sea senadora: ¿no tiene suficiente trabajo esta señora siendo Secretaría de Organización del PSOE, que es, más o menos, como ser la gerente de una gran empresa, tan grande como que entre sus divisiones tiene el gobierno de España? ¿Por qué tanto empeño en ser senadora? ¿Dinero? ¿Fuero?
Que gente tan estrafalaria, tan estrambótica, tan excéntrica.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Bono es dueño de medio Albacete.