martes, 30 de junio de 2009

¿Es razonable esperar que la zorra resuelva la matanza de gallinas?

Estamos en tiempos de crisis, sobre todo para aquellos que más justitos andan y ven como cada día que pasa van a menos. Las noticias que les afectan, invariablemente, empeoran. De los políticos escuchan buenas palabras, mejores intenciones, pero la realidad es que sus puestos de trabajo están en peligro, cuando no desaparecen, sus hipotecas, esas sí, se mantienen y los servicios sociales que reciben empeoran. Así las cosas, el capitalismo vive sumido en un inmenso agujero negro y esos millones de ciudadanos europeos que están pagando las consecuencias de la actual catástrofe económica, dicen que la mayor desde 1929, parece que a quien señalan como esperanza para solucionar sus problemas es a los partidos de derechas. Interesante. Eso indican las recientes elecciones europeas. Cuando se hundió la URSS y sus satélites nadie dudo de la culpabilidad de quienes personificaban ese modelo, los partidos comunistas. Esta vez parece, a pesar de la coincidencia general que hay respecto a que estamos como estamos por culpa de la falta de control de los mercados, que quienes nos tienen que sacar del atolladero son los que siempre defendieron que en los mercados no se debía intervenir. Los platos rotos de la caída del comunismo los pagaron los partidos de izquierdas. Se vivió entonces un rearme de las posiciones liberales. Ahora, cuando lo que se tambalea es el modelo capitalista de finales del siglo XX, no da la sensación de que eso aumente las posibilidades electorales de la izquierda europea. Buscar las razones que explican esta aparente contradicción no es sencillo: sí, hay un cierto voto que oscila de la derecha a la izquierda y, por tanto, puede ser mínimamente previsible, pero luego hay una mayoría de ciudadanos que nunca saltará de una acera ideológica a la contraria, aunque si pueden dejar de votar o cambiar de opción dentro de su mismo espectro. Además, y esto es lo más importante, derecha e izquierda no votan de la misma manera, ni se rigen por idénticas motivaciones, unos y otros no coinciden ni en motivos, ni en impulsos. Quien no entienda eso, no entiende nada, y me temo que en la izquierda no se acaba de entender. El voto de izquierda es mucho más exigente, es más caro. Si la práctica política se sitúa en el terreno del humo, en la discusión y no en el debate, lejos de los argumentos, la derecha tiene todas las de ganar. Hoy, con la colaboración suicida de la propia izquierda, la política se disputa en un erial de ideas, por eso la derecha se impone. No pretendo que estas líneas sean otra cosa que mi prólogo a unos artículos muy interesantes que he leído alrededor del estado y el papel de la izquierda de nuestros días. Por ejemplo, el del profesor Daniel Innearity, "Ideas para la izquierda"; el de Carlos Mulas, "Progresistas: una mayoría en minoría", y el de Sami Naïr, "De qué es síntoma Berlusconi" .
El campo de la propaganda y la desinformación es de atención imprescindible para entender los comportamientos electorales y la dificultad de la izquierda para avanzar. En este sentido, vale la pena revisar dos piezas recientes de Vicenç Navarro y Paul Krugman.
Estos días, el gobierno Zapatero ha anunciado que suben los impuestos que afectan a los hidrocarburos y al tabaco. La medida ha topado con críticas de todo tipo. Desde el PP y su entorno se ha puesto el grito en el cielo, han dicho que es un error, una mentira más de los socialistas que se habían comprometido a no tocar la fiscalidad. La derecha sataniza cualquier subida impositiva, no quieren que se pague más, de ninguna manera. Desde la izquierda, también desde las cercanías del PSOE, la discrepancia ha sido muy diferente, contraria. El reproche, en este caso, es que resulta bien poco progresista tirar de los impuestos indirectos cuando vienen mal dadas. Los impuestos indirectos, se le ha recordado al gobierno, perjudican a las rentas más bajas ya que los pagan de igual forma ricos y pobres. Si en estos tiempos de zozobra es preciso que el Estado disponga de más dinero se supone que será para salir en auxilio de aquellos que peor lo están pasando, no parece entonces lógico que el aumento recaudatorio salga también de sus bolsillos. Por tanto, los impuesto que toca subir son los directos, los que se pagan según lo que se tiene: más tienes, más pagas.No parece nada revolucionario. El artículo 31 de nuestra, tantas veces sacralizada Constitución de 1978, dice textualmente: "Todos contribuirán al sostenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su capacidad económica mediante un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y progresividad que, en ningún caso, tendrá alcance confiscatorio". Quede claro.
Dejo aquí también un artículo, "Impuestos indirectos: qué son y porqué te afectan (sobre todo en tiempos de crisis)", muy didáctico sobre fiscalidad.

lunes, 29 de junio de 2009

Al cargo se llega con proyecto

Hay situaciones políticas realmente inverosímiles vistas desde fuera. Resulta, por ejemplo, complicado comprender desde España como Italia, seguramente el país que mayores aportaciones ha hecho a la historia de la humanidad, está en manos de un personaje como Silvio Berlusconi. Si su puesto de primer ministro fuera consecuencia de un golpe militar, de un sorteo o hereditario todo estaría explicado, pero no. Berlusconi gobierna en Italia porque le votan. Los ciudadanos italianos, la mayoría de ellos, gente normal, responsables cabezas de familia, médicos en los que se puede confiar en caso de enfermedad, albañiles competentes, jóvenes cargados de ilusión, venerables jubilados de vuelta de todo, votan a Berlusconi. Hombres y mujeres, ricos y pobres, con estudios y sin ellos, con trabajo y sin trabajo, cuando llegan elecciones hacen el esfuerzo de acercarse a un colegio electoral y escoger la papeleta de Berlusconi, esas candidaturas con nombre de manual de autoayuda. Pese a sus desplantes, sus injertos capilares, sus casos de corrupción, sus líos con la mafia, sus salidas de tono, sus leyes para salvarse a si mismo de los jueces que le persiguen, le votan.
Los resultados electorales siempre se leen en términos absolutos. Si gana Berlusconi, se dirá, es porque los italianos quieren a Berlusconi. Yo no creo que ese planteamiento sea el correcto. Se tiene que matizar mucho más. Para resumir, me parece que lo pertinente es, como mínimo, decir que los italianos prefieren a Berlusconi antes que a sus rivales. Prefieren. Uno siempre escoge entre lo que hay. Una victoria electoral no tiene valor total. El ciudadano vota entre lo que se le ofrece, que, dicho sea de paso, es cada vez menos diverso y más parecido. Frente a Berlusconi, su populismo y su control de los medios de comunicación hay muy poca cosa. La izquierda italiana vive sumida en el caos, sin ideas, sin líderes, sin discurso. Lo único que se sabe de sus candidatos, que cambian a ritmo de record, es la lucha que mantienen entre ellos por cuotas de poder interno. Ese es el marco en el que gana Berlusconi, por eso los ciudadanos le votan.
En España, la gobernanza estatal ha pasado bastantes veces de unas manos a otras desde 1977. En cambio, a nivel autonómico, y también local, hay feudos donde socialistas o populares parecen instalados sin posibilidad de pasar nunca a la oposición: Andalucía, Extremadura, la Comunidad de Madrid, Murcia, la Comunidad Valenciana o muchos ayuntamientos importantes podrían ser ejemplo de gobiernos que casi parecen regímenes, algunos hasta hereditarios. En muchos de los casos que se podrían comentar nos enfrentamos a realidades marcadas por actitudes poco transparentes, poco democráticas e, incluso, con gestiones objetivamente negativas. Pero los gobiernos se mantienen. Como en el caso italiano, hay muchas claves pero no se puede entender lo que sucede si no se hecha un vistazo al comportamiento y estado de las oposiciones respectivas.
Me detengo en el caso valenciano aunque seguramente el análisis puede servir para otros territorios.
El pasado sábado el Partido Socialista del País Valenciano-PSOE reunió a su Comité Nacional, era la puesta de largo de Jorge Alarte después de ser escogido hace 9 meses como Secretario General de la formación. Con su discurso procuró inyectar moral a sus compañeros. Alarte destacó la necesidad de conectar con la ciudadanía, sumergirse en la realidad como mejor manera de llegar a la victoria electoral. Así anunció reuniones sectoriales, contactos personales, consultas, petición de opiniones, aprovechamiento del caudal de gente competente, preparada y valiente dispuesta a colaborar. Todo dentro del llamado “Foro por el Cambio", un proceso de participación social que se desarrollará durante 2010 y de donde ha de salir el programa electoral de las elecciones autonómicas de 2011. La coordinación de tamaña empresa se la dejó al secretario de Ideas y Proyectos de su Ejecutiva, Joan Calabuig, uno de los miembros más distinguidos del grupo de seguidores de Joan Lerma, dicho de otra forma: un representante destacado de la familia lermista. Calabuig es un hombre siempre bien colocado dentro de la estructura interna del partido socialista y que ha pasado por multitud de cargos institucionales, sin ninguna titulación académica ni oficio conocido más allá de la política.
Coincido con el análisis de Alarte de que es preciso abrirse a la ciudadanía, mezclarse con ella. Claro, ¿quién puede estar en contra de semejante formulación? Lo que sucede es que el PP lleva gobernando la Comunidad Valenciana va para 16 años y en este tiempo en la cúpula del socialismo valenciano ha habido muchos cambios, de todo tipo, de distintas formas. Y sistemáticamente el ciudadano ha oído esos cantos de sirena sobre el protagonismo que se le iba a dar. Y nunca ha sido cierto. En las filas socialistas se ha combinado siempre el discurso de escuchar a muchos con la acción de no hacer caso a nadie. Sólo a la camarilla de despacho, al círculo de elegidos que, “esta vez si”, sabían lo que se hacían. Y, a la hora de la verdad, dale con los equilibrios, la desconfianza respecto a todo lo externo, las cuotas y las puñaladas entre compañeros.
Alarte reclamó tiempo, paciencia, un margen. No lo tiene. No porque sus propios compañeros de partido no se lo den, no porque "esos columnistas”, a los que se refirió y que tanto parecen preocuparle, se lo nieguen. Es la ciudadanía, esa masa indeterminada de personas, ese grupo que está a sus cosas pero que no es ajeno a las vibraciones del espacio político, la que ya no le va a prestar atención sino pasa de las palabras a los hechos. Hechos son abandonar el sectarismo, salir de la campana de cristal en la que viven, ir más allá del aparato, sumar opiniones diferentes, proyectos diversos, las ideas de otros, y liderar todo esto a partir de un proyecto claro, y dar ejemplo, y ser coherente en los comportamientos, y no arrugarse. Integrar es pertinente si lo que se pone en común son discursos y proyectos. Si el PSPV sigue integrando a su forma, es decir, repartiendo cargos, prebendas y nóminas por cuotas entre familias, mejor que no integren. Se precisa modestia, oír a muchos, discutir con muchos y quedarse con la mejor opción, aunque no sea la del círculo más estrecho de colaboradores, eso es abrirse a la sociedad. El tiempo de pedir cheques en blanco a la gente ha pasado. Sobran los jefes de comunicación que no son capaces de aceptar las críticas (Véase el artículo “Me rindo” de Salvador Broseta en respuesta a otro que había escrito el periodista Cruz Sierra, titulado "240 días en blanco en la calle Blanquerías", en el que ponía de manifiesto lo que él consideraba errores de la dirección socialista). Cuesta creer que vayan a ser los profesionales del aparato partidista lo que se conviertan en puertas abiertas al análisis y la participación, lo digo por Calabuig. No se puede comulgar con supuestas pretensiones participativas cuando no se organiza el partido en Valencia ciudad por miedo a perder su control. Es difícil aceptar que se buscará la excelencia cuando los cargos más importantes están ocupados por personas de dudosa capacidad profesional. No es sencillo digerir que quien acusa al PP de falta de transparencia, me refiero a Alarte, se niege a hacer público lo que cobra.
No es de recibo, tampoco, que pasen los días y los meses y no se explique lo que se quiere hacer, a donde se quiere ir, no se ofrezcan las ideas con las que se transita. No se hizo en el Congreso de septiembre y, nueve meses después, sigue virgen el compromiso de ofrecer el proyecto que se defiende. La responsabilidad de un líder político es llegar a los cargos con un proyecto y, luego, abrirlo a la sociedad y convertirlo en un programa de aplicación posible. Lo que no se puede es disfrazar la ausencia proyecto de plan para confeccionarlo con la gente. Al cargo se llega con proyecto.
El mismo día que el PSPV reunía a su Comité Nacional, el PP celebró en Valencia, como si de un gran acto político se tratara, una fiesta multitudinaria por el primer aniversario del XVI Congreso del PP donde Mariano Rajoy resultó reelegido presidente del partido. Hubo discursos, aplausos, gritos, mucha sonrisa y, claro, “tiro al Zapatero”, su deporte preferido que nada tiene que ver con hacer oposición política. De lo dicho en el acto de lospopulares lo que más me llamó la atención fue una frase del propio Rajoy que muestra como se puede gobernar, en su caso, aspirar a gobernar, desde la burla a la inteligencia del ciudadano. Dijo Rajoy, refiriéndose al acto que estaban celebrando, “esto no ocurre en ningún otro rincón del planeta”. Es verdad, en ningún otro rincón del planeta, rincón democrático, al menos, un partido político se atreve a montar una fiesta multitudinaria de esas características para celebrar, sin más, que un año antes hicieron un congreso. Igual, por Berlusconi, digo, que sólo en Italia disponen de un primer ministro que organiza fiestas llenas de jovencitas de pago que le llaman papi y, se supone, que llegado el caso, le limpiarán las babas.

miércoles, 24 de junio de 2009

El PP o la muerte por empacho

El Partido Popular de la Comunidad Valenciana ha elegido Alaquàs para, el venidero 7 de julio, homenajear por todo lo alto a los concejales de aquellos municipios donde, pese a no gobernar, consiguieron ganar en las pasadas elecciones generales del 7 de junio. De Alaquàs es alcalde Jorge Alarte, actual secretario general del PSPV y, si no hay sorpresas, próximo rival de Francisco Camps, siempre que a éste la justicia no le impida la candidatura, en las elecciones autonómicas que deberían celebrarse en mayo de 2011. Así pues, la fiesta organizada por los populares para el próximo día de San Fermín lo que pretende, más allá de sacar pecho y “prietas las filas”, es echar en cara, restregar, a los socialistas valencianos su pésimo presente electoral, advertirles de que lo peor está por venir y hacer ver a la ciudadanía que van a por todas.
Me parece que estos populares valencianos, en su carrera desbocada hacia el absolutismo político urnas mediante, harían bien en no olvidar donde están los frenos. Es cierto que sus éxitos electorales son continuos, que en los últimos años no saben qué es un paso atrás y que el crecimiento lo han cimentado en aquella máxima que Eduardo Zaplana tanto usaba de “sin complejos”. Todo esto es incuestionable pero siempre hay un límite y, a veces, esa fina línea entre lo máximo y lo excesivo se acaba traspasando por una voracidad que, después, mirado con perspectiva, se demuestra innecesaria.
Sacan pecho ante los problemas judiciales, se dedican a cargar contra los jueces a la que algo no va como esperan, la culpa siempre es de otros si hay algún problema, se niegan a dar cualquier explicación que se les solicite, ponen las instituciones a su servicio como si formaran parte de su patrimonio, compran voluntades al más puro estilo caciquil, a quien no está con ellos le niegan la condición efectiva de ciudadano, su gestión (a falta de datos reales) la defienden a gritos y descalificaciones y sus medios afines les ríen las gracias y les tapan las culpas a base ditirambos y exageraciones tal cual el ciudadano fuera imbécil. El PP hace mucho tiempo que tiene decidido que su apisonadora electoral pase por encima de los principios democráticos básicos. Se trata de un comportamiento que les ha funcionado y les funciona; es posible que, sin él, no estuvieran donde están. Es posible; pero es seguro que, al final, tal actitud se volverá contra ellos, les explotará en plena cara, será su tumba.
El PP valenciano, a fuerza de encadenar excesos, se está convirtiendo en un partido desmesurado que puede acabar resultado antipático, generar desconfianza, dar miedo, a los mismos que hoy le votan. Recuérdese aquel macro- mitin que con motivo de las elecciones generales de 1993 le organizaron a José María Aznar en el campo de fútbol de Mestalla. Las gradas estuvieron a rebosar, una inmensa cantidad de gente enloquecida blandiendo sus banderas, un despliegue por todo lo alto que mostraba un partido fuerte, muy fuerte. Tan fuerte que atemorizaba. Aznar perdió las elecciones y los analistas, los propios “gurús” del PP, incluidos, llegaron a la conclusión de que aquel acto multitudinario no les ayudo en nada, es más, evidenciar tanto poder, les perjudicó, quizás lo suficiente para no ganar los comicios.
Sobrepasar las dimensiones humanas no es conveniente. La confianza en uno mismo es virtud, seguro que el electorado lo valora, pero se trata de una ola que va creciendo y cuando rompe se convierte en prepotencia. El PP valenciano trabaja con la inmensa suerte de no tener nadie delante, pero nada es eterno. Las desmesuras se van acumulando y, poco a poco, irán (van) llevando al PP a los límites de la realidad, al borde del acantilado. En tales circunstancias, pese a que pueda parecer que el partido está más fuerte que nunca será justo al revés. Simplemente faltará alguien que, en vez de lanzarse él mismo al vacío, les de el empujón definitivo

jueves, 18 de junio de 2009

Joan Lerma, un cortesano de partido

Considero a Joan Lerma el mejor President de cuantos ha tenido la Generalitat valenciana. Revisando la tarea de los demás, el caso es que, unos por breves, otros por estériles, sinvergüenzas, hueros o incapaces, comparando, Lerma es el que sale mejor parado, claramente. Hoy Joan Lerma Blasco es un senador del grupo socialista con muy poca presencia pública pero, en otro tiempo, fue una pieza fundamental en el desarrollo autónomico valenciano. Ese es su valor. Con sus luces y sus sombras, que trece años de presidente dan para mucho, sin él es imposible entender el actual mapa institucional y político del País Valenciano. Joan Lerma nunca se ha caracterizado por su capacidad de liderazgo político a nivel social o institucional, ni cuando era President, pero esta circunstancia no le ha impedido desarrollar una amplísima y dilatada carrera política profesional, iniciada poco después de los veinte y que se mantiene pasados más de treinta años. Su mérito siempre ha sido su fortaleza orgánica en la federación valenciana del PSOE: siendo secretario general, entre 1979 y 1997, dirigió la formación con mano de hierro sin dejar que nadie le discutiera y después, fuera ya del puente de mando, nunca ha tenido remilgos para conformar a su alrededor un nutrido colectivo de fieles, o de interesados, que han funcionado y funcionan como grupo de presión interno para asegurarse la pervivencia en cargos orgánicos y, por añadidura, institucionales aun al precio de sacrificar los resultados electorales.
En mi último artículo ya apunté que, en mi opinión, la recuperación electoral de la izquierda valenciana será imposible con Jorge Alarte al frente del PSPV. Le falta nivel, lo evidencia su discurso, sus esclavitudes y los colaboradores de que se rodea. Hoy añado que sin la desaparición orgánica de Joan Lerma y sin que se desmovilicen los que están organizados en torno suyo tampoco tiene la izquierda valenciana nada que hacer. El "lermismo" representa todo un modo de funcionamiento partidario: los grupos, las corrientes, tan lógicas como necesarias en un partido democrático, se convierten en elementos nefastos cuando su actividad no responde a planteamientos ideológicos sino a luchas por cuotas de poder personal, una asesoría, un escaño, una secretaria, un consejo de administración cualquiera que llevarse a la boca. Poco más de 100 personas taponan todas las posibles maniobras de la formación, cualquier cambio real es imposible, este centenar y pico no lo va a permitir. A efectos políticos prácticos, esta forma de organización grupal es percibida por el ciudadano como simple autismo, y el votante huye.












A Joan Lerma le hemos visto envejecer de foto oficial en foto oficial.


Como President de la Generalitat, entre 1982 y 1995, Joan Lerma, prescindió de la política y se dedicó a la gestión. Para ello llenó su gobierno de consellers y altos cargos salidos del mundo académico, gente técnicamente bien preparada, ajena y desinteresada en el navajeo partidista. Por eso la gestión, estrictamente la gestión institucional, es la página más brillante de su balance. En cambio, la renuncia al liderazgo político más allá del control interno de su partido posibilitó que, poco a poco, otras fuerzas políticas y sociales, todavía minoritarias en las urnas, ocuparan el espacio público y pasaran a dominar la agenda ciudadana sin topar con un discurso alternativo.
La estatura estrictamente política de Joan Lerma se ha puesto más claramente de manifiesto desde que en 1995 abandonó la presidencia de la Generalitat. En un primer instante, sin llegar a hacer efectivo el traspaso de poderes con su sucesor Eduardo Zaplana e incumpliendo el compromiso de no abandonar a las primeras de cambio la política valenciana, fue un Ministro de Administraciones Públicas que no pasó de accidental y, luego, como senador territorial ha transitado por ese "ilustre cementerio parlamentario" con más pena que gloria, como la mayoría de sus compañeros de escaño. Y ahí sigue; sin trazas de querer dejarlo, ni el Senado, ni los equilibrios partidistas. De Lerma no se espera nunca ni un discurso brillante, ni una reflexión teórica excepcional. Es imposible encontrar, en todos estos años, un artículo, una ponencia o un libro de Joan Lerma que merezca interés político.
Lerma no es, no hay duda, un intelectual pero tampoco es un populista. Pese a ser un hombre de barrio, discreto, austero y con fama de honrado, jamás ha conectado con la fibra sentimental del electorado, nunca ha estado dotado para sintonizar con la calle; desde el coche oficial siempre ha visto con cierto desdén o hartazgo el haber de mezclarse con el pueblo llano. Lerma es un animal dotado para la lucha orgánica, un eterno sobreviviente en los conciliábulos partidistas, un cortesano en el reino de los partidos.
Así las cosas, electoralmente, desde 1982, el socialismo valenciano vivió a rueda del tirón del PSOE, de Felipe González y sus posibilidades. Por eso, cuando éste no aguantó, el socialismo valenciano se desmoronó. El PSPV era una formación débil, sin nervio, parecía otra cosa pero era un gigante con pies de barro. Su paso a la oposición se encargó de dejar a la vista todas las miserias que con el mimo de un miniaturista había ido acumulando, y en ellas siguen instalados.
Resulta paradójico, pues, que ahora, como acaba de hacer recientemente en una entrevista en la revista "El Temps", Lerma demande mayor autonomía del PSPV respecto del PSOE. También llama la atención que simule estar fuera de las luchas por el poder interno dentro de la federación valenciana cuando en todas las Comisiones Ejecutivas que ha tenido el partido después de abandonar él la secretaría general los cargos de mayor relevancia siempre han estado en manos de sus fieles. Sin ir más lejos, él mismo fue hasta el año pasado el presidente de la Comisión Gestora que dirigió el PSPV después de la dimisión de Joan Ignasi Pla como secretario general.
En resumen, que me parece que una de las estaciones imprescindibles en la necesaria refundación que precisa el PSPV para ser, de verdad, alternativa de poder y ser percibida como tal es que Joan Lerma deje la política activa, pase a la actividad privada y se lleve con él, como si se tratara del "Flautista de Hamelín", a todos esos ratones de partido que, organizados a su alrededor, llevan años viviendo de roer las posibilidades electorales del PSPV.

jueves, 11 de junio de 2009

Cuando la solución es, en realidad, una parte fundamental del problema: el PSPV

Los socialistas valencianos obtuvieron el pasado domingo el peor resultado electoral en términos absolutos de los últimos 20 años, con una excepción, las elecciones europeas de 1994. Esta vez se ha quedado en 708.244 votos; entonces fueron 608.897. Claro que en 1994 Esquerra Unida llegó a los 277.999 votos y ahora se ha quedado en 52.742.
En las europeas del pasado día 7 votaron 125.222 personas más que en los anteriores comicios equivalentes, los de 2004. Entre las dos citas el PP valenciano ha ganado 115.057 sufragios, mientras los socialistas han perdido 29.425, Esquerra Unida se ha dejado 5.511 votos más y el Bloc Nacionalista, otros 1.169. Los conservadores han crecido del 50 por ciento del voto al 52’8. Los socialistas, por el contrario, han caído del 42’4 al 38. En resumen, los socialistas valencianos llevan 17 elecciones seguidas perdidas y los 14’8 puntos que en estas últimas europeas han estado por detrás del PP es una diferencia superior a la media de todos estos comicios. Es decir, que a la vista de los números, es evidente que el Partit Socialista del Pais Valencià (PSPV), lejos de recortar terreno al PP valenciano, cada vez pierde por más.
La búsqueda del por qué a esta realidad, más allá de un titular afortunado o una frase brillante, supera las posibilidades de un artículo como este. Analizar los aciertos del PP, rebuscar en los esquemas mentales del votante valenciano, preguntarse por los vientos electorales a nivel internacional, seguro que aportaría luz para entender los continuos éxitos del Partido Popular. Seguro. Pero entiendo que la clave, la principal razón a tanto “éxito popular” se ha de buscar en lo que el PP tiene delante, en el PSPV.
Los socialistas valencianos viven sumergidos en la nada. Ni están, ni, y esto es lo peor, ya nadie les espera. Los socialistas valencianos llevan sin acertar en una decisión importante, equivocándose en todo lo fundamental, desde que perdieron el gobierno de la Generalitat, allá por 1995. Bueno, en realidad, de bastante antes, pero no pretendo llegar a la prehistoria.
En este sentido, recapitular las reacciones de los dirigentes socialistas después de cada una de las derrotas que acumulan creo que da una pista. Apunta de forma significativa a cual es su nivel de alejamiento de la realidad, de alienación. El repaso a sus reacciones indica lo justos que van de capacidad, de honradez o de respeto a la inteligencia de la ciudadanía. Voy a poner algunos ejemplos.
Iniciaron el "via crucis" de fracasos allá por las elecciones generales de 1993. Felipe González ganó las elecciones, pero en el País Valenciano, supuesto feudo socialista, por primera vez, el PP adelantó al PSOE. Fue por 51.992 votos. El entonces secretario general del PSPV, y hoy senador, Joan Lerma se defendió asegurando que "los resultados son difícilmente extrapolables a las autonómicas de 1995".
Pero sí, servían de indicador indudable y en el 1995 perdieron el gobierno de la Generalitat. Los poco más de 50 mil votos de diferencia de las generales se convirtieron en 209.396. La reacción de Lerma fue afirmar que "no hay que buscar grandes causas para explicar el resultado electoral, y a mí ni Moncloa, ni Ferraz me tienen que decir que pasa en esta Comunidad".Quien era en aquel momento secretario de Organización del PSPV, Alberto Pérez Ferré, lamentó que "las elecciones han sido más a nivel nacional de lo que preveíamos y deseábamos"
Un año después, volvieron a caer en las generales de 1996 pero, puesto que recortaron su desventaja, Lerma resolvió que "ha empezado la cuenta atrás para recuperar la Generalitat".
Contra este pronóstico, en las autonómicas de 1999 no solamente no hubo recuperación del gobierno autonómico sino que la distancia respecto al PP creció hasta los 316.463 votos. Una brecha que no fue óbice para que la presidenta de la gestora que en aquel momento dirigía el PSPV, la hoy diputada Juana Serna, aseguró que los "socialistas estamos moderadamente satisfechos con el resultado electoral [...] El suelo electoral de los socialistas no solo es firme sino que ha crecido". Quien fue en esas elecciones cabeza de cartel para la presidencia de la Generalitat, Antoni Asunción, añadió que "se ha iniciado la senda de recuperación electoral".
Luego llegaron las generales de 2000 y los socialistas valencianos vieron como se quedaban a 440.467 sufragios. Datos tan evidentes no impidieron que Francesc Romeu, número 5 en las listas de aquellos comicios y coordinador del comité electoral en razón de su fidelidad al entonces secretario de organización del PSOE, Ciprià Císcar, declarara que "ha sido un apoyo electoral muy importante y no sufrimos ningún desánimo [...] Por primera vez, la izquierda plural empieza a colaborar y eso tendrá frutos en los próximos años [...] Han sido resultados positivos, la base electoral del PSPV es muy fuerte y quien no entienda eso no entiende nada".
Pasaron tres años y llegaron las autonómicas de 2003. Se estreno Joan Ignasi Pla como candidato socialista. Era tiempos de las manifestaciones por la guerra de Irak, del Prestige, estaba reciente la huelga general contra el gobierno Aznar. El PSPV volvió a fracasar. Esta vez la desventaja quedó fijada en los 209.396 votos. Ajeno a la realidad de las cifras, Pla lo solventó con "hemos sido el partido que más ha crecido de voto pero la tendencia no ha sido suficiente [...] Hemos ganado el apoyo de 103.000 ciudadanos. Vamos por el buen camino".
Un camino que se dio casi por conquistado en las generales de 2004 cuando los socialistas valencianos, pese a recoger una nueva derrota, se quedaron solo, así lo sintieron ellos, "solo" a 115.100 de los populares. Pla recuperó la apelación al "buen camino" y la llevó un poco más lejos: "los valencianos nos han dicho que vamos por buen camino y que si continuamos así en 2007 nos darán su confianza [...] Estos resultados demuestran la solidez del PSPV".
Unos meses después llegó un jarro de agua fría en de forma de una elecciones europeas, en el mismo año 2004, donde el socialismo valenciano volvió a retroceder. Pese a todo Ignasi Pla reiteró que se encontraba "claramente satisfecho" y únicamente lamentó, como error en su debe, que se equivocaron al "apoyarnos exclusivamente en una campaña electoral nacional".
Y tocaron las autonómicas de 2007, una campaña electoral valenciana, y el "buen camino" se esfumó. El PSPV repitió fracaso, uno más. Les apoyaron 438.471 personas menos que al PP. Pla había repetido como candidato a la Generalitat y después de reconocer su nueva derrota apeló a "mantener el partido sólido, fuerte y unido. Lo que hemos empezado juntos lo seguiremos juntos porque toca mantener la energía y la movilización de cara a las generales". El portavoz de la Ejecutiva del PSPV, Manuel Mata, salió en defensa de Pla: "El secretario general no abandonará anticipadamente el cargo porque esto lo haría aparecer como el culpable de la caída".
Y llegaron las generales del 2008, y nuevo revolcón, peor que el anterior. Otra vez.
En fin. Desembocamos en el pasado domingo. El enésimo fracaso. Las distancias que solamente no se reducen sino que se amplían pero los dirigentes socialistas siguen viendo el vaso lleno cuando lo que destaca, a ojos de cualquiera es que las vías de agua son boquetes de inútil disimulo. Así, el nuevo secretario general del PSPV, Jorge Alarte, no pasó de asegurar que "algo se está moviendo [...] Si Camps planteaba las elecciones como un plebiscito ya tiene el resultado: 300.000 valencianos menos han ido a apoyarle". Desde el grupo municipal socialista del Ayuntamiento de Valencia, una cuidad donde el PP aventajó en...... puntos y ganó en todos y cada uno de los distritos, Carmen Alborch defendía que "los resultados permiten observar una tendencia esperanzadora [...] Los valencianos empiezan a estar cansados de la prepotencia y el desgobierno [...] Más del 70 por ciento de los valencianos censados en la ciudad no han votado al PP".
Siempre lo mismo. Siempre paños calientes, buenas palabras, justificaciones, análisis surrealistas que ofenden las inteligencias más modestas. Excusas que esconden una evidencia: los dirigentes socialistas valencianos necesitan ser de verdad una alternativa mucho menos de lo que lo precisa la propia democracia valenciana. La democracia valenciana se hunde cada día más en la irresponsabilidad de sus gobernantes, en la ineficacia, en la corrupción, mientras los dirigentes socialistas, sin casi cambios de caras, sobreviven derrota tras derrota cambiando de cargo en cargo, de institución en institución pero cómodamente instalados en la oposición.
A la vista de todos se suceden las gestoras, los congresos, los nuevos máximos dirigentes, los nuevos candidatos, más gestoras, más congresos, más cambio de líder, pero en el fondo es lo mismo de siempre: idénticas familias, la misma mediocridad, los incombustibles de siempre pasteleando equilibrios, negociando dádivas, privilegios y puestos en las listas.
La receta para arrebatar al PP la hegemonía en Valencia no es sencilla. Dar con lo que se tiene que hacer es complicado pero saber lo que no se debe hacer sí es sencillo. Ejemplo: elegir a Jorge Alarte fue un error. Alarte no ganará nunca unas elecciones autonómicas al PP. No tiene talla suficiente, ni la preparación. De esto se da cuenta cualquiera que le hubiera seguido durante la campaña previa a su elección como secretario general el año pasado. No ofreció nada más allá de generalidades y lugares comunes, no presentó ningún programa concreto, ni ninguna actitud o gesto que moviera a la ilusión. No hizo otra cosa que montarse en la ola de ser el señalado desde Madrid, el hombre de Pajín, y dejar que los demás le despejaran el camino. Escuchar su discurso en el congreso que lo acabó eligiendo despejaba cualquier duda sobre su falta de idoneidad para el cargo. Nunca he oído un discurso más vacío. Luego, el nivel de la Ejecutiva que eligió confirmó su grisura, su falta de ambición y su dependencia del viejo aparato partidista. La labor posterior de ese equipo me libera de tener que dar más explicaciones al respecto. ¿Alguien recuerda alguna intervención de cualquiera de los responsables de área elegidos que haya aportado algo a algún debate social abierto? ¿Alguien, pasados más de nueve meses de su elección, tiene alguna pista del modelo de país que Alarte tiene en la cabeza?
Llegarán las próximas elecciones autonómicas en 2011, si no se avanzan, y el PP volverá a estar alrededor de los 1.300.000 votos. Eso parece seguro. Igual que lo es que, con Alarte al frente, o con otro cualquiera, los socialistas no bajarán de los 800.000. Para llegar a esta conclusión solo es necesario dedicar un poco de tiempo, no mucho, a revisar el archivo histórico electoral valenciano. Dudo que el PP vaya mucho más allá de la cifra señalada, como no creo que los socialistas puedan quedar por debajo de esos 800.000 sufragios a su favor, es eso que se llama "un sólido suelo electoral". La cuestión es que, así las cosas, no hay ninguna posibilidad de cambio. Este únicamente será posible cuando en unas elecciones, al lado de los 1.300.000 del PP, los socialistas sean capaces de rescatar de la abstención 150.000 votos y apuntarse otros tantos de aquellos más de 300.000 que, en otro tiempo, votaron a formaciones que, a corto plazo, van camino de quedarse fuera del Parlamento autonómico. Si en el 2011 el PP volviera a ganar pero el resultado fuera algo parecido a 1.300.000 contra 1.100.000 en las siguientes habría partido. Por eso el PSPV precisa una refundación más pronto que tarde. El cambio en las instituciones valencianas solo será posible si antes cambia, de una vez por todas el PSPV. Es posible que los actuales dirigentes socialistas, los de siempre, por más que lo proclamen, no estén nada interesados en este escenario de transformación pero la democracia valenciana lo precisa de forma urgente.
Y una pregunta que nada tiene que ver con todo esto, o sí: ¿qué necesidad hay
de que Leire Pajín sea senadora? ¿No tiene Pajín suficiente faena siendo la secretaría de organización de un partido, el PSOE, con miles y miles de militantes, que ocupa el gobierno de España, diferentes gobiernos autonómicos y centenares y centenares de ayuntamientos, diputaciones e instituciones varias? Lo he preguntado a través del mail de la Secretaría de Organización del PSOE, veremos que respuesta consigo.

lunes, 8 de junio de 2009

La barrera de lo indigno

Ya han pasado las elecciones europeas. Ayer. El PP ha ganado en España; el PSOE ha salvado los muebles. Todos contentos, de eso se trataba. No ha ido a votar el 54% del censo, y más de 210.000 de los que han votado lo han hecho en blanco. Cuestiones menores. La vicepresidenta del Gobierno María Teresa Fernández de la Vega dijo que era una participación más que digna. Cabría preguntarle a la vicepresidenta donde establece la línea de la indignidad y, sobre todo, superado el límite de una abstención inaceptable, a quién piensa culpar, quién será el indigno. Pero, de momento, el problema no existe. No existirá mientras los políticos, y los periodistas, puedan esconderlo. Un 54% de abstención es hoy una cifra que el sistema digiere bien, que permite que todo siga como está. Todos ganan porque todos continúan. Que nadie se preocupe.
En esto está hoy la política, en que nadie se preocupe. Evitarle preocupaciones al ciudadano no deja de ser un loable objetivo si su consecución pasara por la solución de los problemas, pero no es el caso. El actual sistema político le intenta evitar las preocupaciones al ciudadano escondiéndole los problemas, disfrazando la realidad. Y el ciudadano traga, compra la mercancía averiada que le ofrecen y, encima, aplaude. Se acepta lo virtual como real, y adelante. La política se ofrece hoy como el escaparate de los milagros, un mundo donde todo es posible, donde se engaña sin que existan engañados; donde se incumple la palabra sin que nadie se quede con la miel en los labios; donde se roba sin que nadie se sienta robado; donde dos y dos suman seis y la ciudadanía da por buena la operación.
Un pilar del contrato democrático entre representante y representado ha volado por los aires, me refiero al concepto de responsabilidad. Los políticos no son responsables de nada, no lo son ellos, quiero decir, siempre lo es el rival, siempre. Una vez se consigue no tener que responder por lo que uno hace, por como cada cual ajusta sus acciones a sus palabras, la política entra en una deriva donde no hay debate, ni reflexión, ni razones, ni motivos: solamente hay trinchera, ruido, la antipolítica. O la fe o la abstención, sin más. Aristóteles hablaba de la degeneración de la democracia y se refería a la tiranía, a la oligarquía y a la oclocracia. Hoy tenemos una ensalada de las tres variantes pasadas por el tamiz de las nuevas tecnologías, o sea, las cúpulas partidistas, el capital y la demagogia.
La no exigencia de responsabilidades a nuestros representantes supone, de hecho, una ventaja, ya que también la ciudadanía se instala en un estadio de irresponsabilidad absoluta. Hasta que todo se desmorona. Por ejemplo, ayer vimos como en la Comunidad Valenciana los escándalos de corrupción no solamente no le han pasado factura (sí, factura) al Partido Popular de Francisco Camps sino que han actuado como elementos de movilización a favor. La “trinchera” del PP se ha unido alrededor del “caso Gürtel” como si se tratara de una agresión, una campaña en contra, una caza y captura, cuando no es otra cosa que un proceso judicial con todas las garantías que afecta a unos dirigentes políticos salpicados de corrupción por todas partes y que no son capaces de dar ninguna explicación coherente. El PP volvió a arrasar en Valencia. Al margen de sus propios méritos y de los que cabe apuntar en el debe de los partidos de izquierda, principalmente el socialista, tema al que me pienso dedicar mañana, las victorias encadenadas de los populares valencianos responden a esta irresponsabilidad de la ciudadanía, a esta tendencia a aceptar que dos y dos sumen seis y, además, aplaudir. En tierras valencianas está más que demostrado que las operaciones que se presentan llegan trucadas pero la potencia de fuego de la mentira sigue siendo mayor que las débiles defensas democráticas de los ciudadanos. Se ha visto como la especulación urbanística acababa en denuncias desde la Unión Europea, como las bicocas inmobiliarias se convertían en ruinas en forma de hipoteca, como el trasvase del Ebro no iba más allá de ser una arma propagandística, como el supuesto gobierno de referencia no pasaba de ser un desgobierno asfixiado por las deudas, como la prometida austeridad se transmutaba en contratos y obras faraónicas para enriquecer a los allegados, como las recalificaciones y negocios del Valencia CF desembocaban prácticamente en la suspensión de pagos, como Terra Mítica se abocaba a la bancarrota, como los grandes proyectos de Castellón se quedaban sin empresas para construirlos, como el pleno empleo pasaba a ser el reino del paro. Nada ha sido suficiente. La bandera del “van a por nosotros” ha bastado para seguir ganando, para ganar por todavía más. El PP vive en una perenne huida hacia delante y la ciudadanía, irresponsable hasta el infinito, le acompaña y le empuja. Ya llegaran los llantos. Volviendo a la actualización de Aristóteles, la oclocracia, en lugar de ser el gobierno de la mayoría inculta que arrastra a los gobernantes, se ha disfrazado de un populismo político que consigue que las mayorías “de trinchera” jaleen los mismos abusos de que son víctimas. Cosa de los nuevos tiempos.

lunes, 1 de junio de 2009

Los políticos y la información secuestrada

Aburriendo a los votantes, decía hoy Forges en su viñeta de “El País”. Eso es a lo que se dedican los políticos en esta campaña electoral de las europeas del día 7 de junio. Aburrir hasta la nausea, hasta la pena, hasta la vergüenza. Su mundo es una especie de campana de cristal que sostenemos entre todos, que existe por quien la sostiene pero que ha conseguido invertir el sentido de las cosas. Miro a los políticos, les escucho discutir, los oigo argumentar y me da la sensación de que nos tienen secuestrados, de que se han hecho los amos del país “del no hay más remedio”, del “esto es lo que hay”. Todo para el pueblo pero sin el pueblo, como aquella descripción del despotismo ilustrado que nos descubrieron en el bachillerato, pero más a lo bestia y disimulando. Han organizado a nuestro alrededor un sistema de poder complejísimo, paralelo a nuestro día a día, pero que nada tiene que ver con el mundo real. En el mejor de los casos, los puntos de encuentro no son otra cosa que vías de contaminación: en el mundo de los políticos la verdad tiene menos valor que en el real; los principios cuentan menos; los que piensan molestan y los que no, se promocionan; se desconfía de todo porque los más cercanos son los más peligrosos, y los fines justifican los medios. El mal ejemplo es su mayor aportación, la más constante. Se rasgan las vestiduras por como van las cosas cuando ellos son los principales responsables.
Los que vemos el mundo de los políticos desde fuera nos quedamos sin saber mucho de lo que pasa, en realidad, no nos enteramos de casi nada. Sabemos solo aquello que nos dejan saber. Por esta razón los indicios, las sombras de los hechos, son muy importantes, porque nos indican donde está lo cierto, nos desvelan que tras las buenas palabras, las buenas intenciones y los compromisos no hay más que trampas, excesos, egoísmo y ambición.
Todas las campañas electorales van acompañadas de la toma por parte de los políticos de los informativos de las televisiones y radios públicas. Se reparten los minutos de información electoral de los telediarios como si una cosa y la otra, las elecciones y los informativos, digo, solo les incumbieran a ellos. Los consejos de administración de los distintos medios públicos deciden de cuánto espacio dispondrá cada partido dentro de los informativos, despreciando absolutamente la labor de los periodistas. Como si se tratara de los clásicos micro-espacios de propaganda electoral. No importa dónde está la noticia, no importa que lo dicho sea o no sea de valor, no importa el tema, no importa nada. Solo vale lo que ha decidido el partido de turno: quiero tantos minutos de tal acto, hablando de tal cuestión, que salga tal político y no tal otro, que dure tanto tiempo… Y el periodista a cumplir órdenes. Y el periodista que no puede decir dónde está la noticia, ni cómo enfocarla, ni cómo redactarla. Nada. Los periodistas de TV3, desde hace muchos años, y TVE, recientemente, incluyen en sus informativos, en todos, una aclaración en la que ponen de manifiesto su disconformidad con el tipo de información electoral manipulada que se ofrece, pero los políticos no se dan por aludidos. Ninguno. Ni los del gobierno, ni los de la oposición. Para que luego, unos y otros, nos digan que están por el respeto al trabajo de los periodistas, contra la censura, que ellos no pondrán nunca la información al servicio de sus intereses, vamos, anda, menudos demócratas, como para fiarse.
Los políticos tienen la curiosa manía de no estar cuando deben y, en cambio, meterse donde no les corresponde y empeorar las cosas. Da pena verles discutir sobre los debates electorales. Deciden los planos de cámara, los decorados, los temas, los tiempos, no dejan interrumpir al que habla. Y nos venden el espacio como debate. No entiendo como hay periodistas que se prestan a moderarlos, si lo hacen todo nuestros políticos que pongan de moderador al presidente del parlamento de turno, y si no, una alarma que conceda y retire turnos de palabra. No se necesita más. En este sentido, Canal 9, la televisión pública valenciana, es todo un ejemplo de debates trucados. Todo está pautado. El debate es tan falso que no es que no haya posibilidad de interrupción, es que no se hacen ni contraplanos. Cada político participante suelta su discurso durante el tiempo que ellos mismos han acordado y durante ese periodo no aparece en pantalla otra cosa que su plano frontal, aun que aluda a algún otro debatiente (o lo que sean). Nunca he entendido como los partidos de oposición aceptan el modelo, cómo se prestan a ser figurantes en un paripé invisible que no sirve para otra cosa que para consolidar, en el caso valenciano, el dominio absoluto que el PP mantiene en la agenda social pública. Incluso la tan supuestamente trasgresora Esquerra Unida pasa por el aro cual numerario del Opus Dei. Jamás he comprendido por qué no rompen el modelo, por qué no se rebelan, ya sea mientras negocian cómo se hará la información electoral o, al menos, en la grabación de los supuestos debates (no son en directo, claro). Si no lo hacen por la democracia, por la libertad de expresión, por respeto a los ciudadanos, al menos lo deberían hacer por sus propios intereses partidistas, pero ni eso, parece que les puede más la pertenencia a la casta, su kugar al sol en la burbuja en la que viven.
Hace unos días, Andrés Perelló, candidato socialista en las listas de las próximas europeas, antiguo participante en los debates de “Crónicas Marcianas”, dio en Canal 9 un paso, timidísimo paso, en la dirección de poner en evidencia el espejismo de información democrática que se pretende ofrecer cuando se acerca unas votaciones.Perelló se salió del guión. Gracias. En el video que sigue puede verse su intervención. Algo es algo. Su partido podría ser un poco más consecuente, más valiente, más imaginativo y llevar su disconformidad más allá del gesto individual de Perelló, a acciones más efectivas. Quedamos a la espera.