martes, 12 de mayo de 2009

Cuando lo normal es lo peor

Veo el debate del Estado de la Nación. Me reconozco un enfermo de este tipo de sesiones parlamentarias. Desde la transición. Recuerdo a Sagaseta, a Carrillo, a Guerra, a Abril Martorell, a Roca, a Herrero de Miñón, a Arzálluz, a Blas Piñar, a Marcos Vizcaya, a Miquel Roca, a Solé Tura, a Fraga, a Suárez, claro, y a Felipe González. Yo no había cumplido todavía los 16 años. Con 17 me cogió la moción de censura de 1980. Que bueno fue aquello. Podía estar 10 horas seguidas ante el televisor. Un enfermo.

Adolfo Suárez en sus últimos tiempos como Presidente del Gobierno.


Felipe González votando en el Congreso en 1980.




Hoy también he seguido los discursos de Zapatero, Rajoy y demás. Noto que me estoy curando, siento que me estoy quitando, cada vez me cuesta más seguir las discusiones, cada vez me interesan menos. Por previsibles, por sobreactuados, por vacíos.
La clase política está saturada de burócratas, de grises, de gente prescindible. La política malvive rebosante de mediocres que son capaces de insultar a quien está en el uso de la palabra sólo porque discrepa; atestada de perros de presa que sólo necesitan un gesto del jefe para lanzarse al cuello de cualquiera que les lleve la contraria. Eso si, de su boca no va a salir nunca una sola idea que valga la pena, que aporte algo nuevo y bueno a la sociedad, que inunde de luz los problemas y las preocupaciones de los ciudadanos, ni un mínimo riesgo; como máximo, lugares comunes, reiteraciones, discursos huecos, nada envuelto en retórica de cursillo acelerado, con traje bien cortado y corbata a la moda. Son obedientes, cumplidores, serviciales pero no con quien les vota o les deja de votar, no con los ciudadanos, sino con aquellos ante quienes se siente en deuda, que no es otro que su jefe de partido, su responsable orgánico, quien los tiene que poner o tirar de la lista de turno. Son superficiales, frívolos y poco consistentes. Puede parecer que generalizado de forma injusta, no lo creo. No hago otra cosa que juzgarles por sus obras, por lo que veo, lo que leo, lo que escucho, ayer, hoy, mañana. Puede que haya excepciones pero no se les nota, callan, disimulan, por tanto, como si no existieran.

El Congreso de los Diputados en una sesión de 2008.



A sus señorías siempre les parece bien lo que hace su partido, por mal que huela; jamás se les coge en un gesto autocrítico; son tan intransigentes con las observaciones ajenas, como indulgentes con los desmanes propios.
La mancha de aceite de estos comportamientos, de estas actitudes, de esta forma de hacer las cosas se extiende a toda velocidad y no deja huecos. A fuerza de ser una realidad que se impone, los ciudadanos lo acaban tomando por lo único posible, por lo normal. No es nada nuevo. En la sociedad mediática en la que vivimos, donde los clichés son de fácil digestión y los análisis, tareas para las cuales no se dispone de tiempo, no es la demanda quien tira de la oferta, sino todo lo contrario. La mayoría sigue modas, no las impone; ni marca pautas de consumo. La oferta quien genera la demanda, también en política. La mayoría, en lo básico, no marca las agendas partidistas, ni las gubernamentales. Quien controla el espacio de comunicación pública, los que tienen capacidad para que sus mensajes martilleen a la mayoría, marcan los límites de la normalidad, por tanto marcan los límites del terreno de juego. Consiguen hacer llegar a buena parte de la ciudadanía que el consenso social se mueve alrededor de lo que ellos mantienen, de lo que ellos plantean, y que apartarse de esto es ir contracorriente, y la gente no quiere vivir a la contra, ni estar en los márgenes. Como tantas veces, la etiqueta de normal, actúa de losa que asfixia todo lo demás; la etiqueta de normal torna invisible el resto, aunque sea infinitamente mejor. La mancha de aceite crece y crece gracias a una inmensa cadena de políticos pusilánimes, inanes, que entienden que su única vía de subsistencia es ponerse a rueda de quienes le rodean, de sus iguales. Hacen lo que ven, copian. Así quien gobierna, como quien desea gobernar. Quienes se presentan a si mismos como la alternativa no van más allá de mantenerse en actitud de tensa espera, atentos al navajeo interno dentro del propio partido, con los codos afilados, intentando no desentonar, con la esperanza de estar en el punto adecuado cuando llegue el momento de la alternancia. Aspiran a que el poder caiga en sus manos como fruta madura. Se conforman con eso por que saben que ellos jamás ganarán, que no ofrecen nada diferente, que deben limitarse a esperar que el rival pierda, y estar allí. No tienen talla para nada más.

3 comentarios:

Trellat dijo...

Muy bien dicho. La calidad de nuestros políticos es cada vez peor y quieren hacernos creer que todos son así. Desgraciadamente, me están convenciendo día a día. Estoy casi convencido que ningún político inteligente llega lo suficientemente arriba para gobernar, se lo cargan antes.
Saludos

Anónimo dijo...

Estoy absolutamente de acuerdo. Actualmente vivimos una partitocracia que en nada representa los valores democraticos de los ciudadanos. Asistimos, aunque algunos no quieran percibirlo (medios de counicación serios que enfocan culos)al final de un ciclo. Cuando superemos la partitocracia se habrá finalizado la Transición de verdad porque para entonces las aspiraciones de libertad se habrán cumplido.
escéptico

bulk medical supplies dijo...

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