jueves, 26 de febrero de 2009

Si nos pudiéramos dar de baja...

Desde Aristóteles y su “hombre político”, la preocupación por las cuestiones de interés público se tiene por actitud noble y valiosa. La participación política, desde militar en un partido a simplemente debatir y mostrar interés por los temas de actualidad, pasa por ser un ejemplo de compromiso social. Lo contrario se considera propio de quien ha renunciado a ejercer de ciudadano de primera, ciudadano protagonista de su vida, consciente de sus derechos y sus obligaciones sociales.
Lo que sucede es que la vida dura lo que dura, que los días tienen 24 horas, que el mundo está lleno de cosas bonitas como para perder el tiempo en obras de teatro donde el ciudadano, pese a creerse protagonista, no pasa de figurante, simple palmero en el mejor de los casos.
Estos días acercarse a la actualidad produce arcadas. Sin entrar en el núcleo de los casos de corrupción que nos martillean por doquier que, evidentemente, son de mucha gravedad, ver a nuestros políticos desbocados intentado mantenerse cada cual en su machito, como si no hubiera vida más allá de su cargo, agota.
Los corruptos, por supuesto, deberían dimitir y, si no, ser cesados de inmediato, sin demora y bajo la premisa de que es mejor pasarse que quedarse corto. A tiempo de volver siempre se está. Pero no sólo eso. La política de la que hablaba Aristóteles no merece miembros que, lejos de servir a la comunidad, lo que hacen es reírse de ella, tomar a los ciudadanos por imbéciles, envilecerles. Decir lo contrario de lo que se piensa, hacer lo contrario de lo que se dice, invalida a quien así actúa. Por más que, sumergidos en esa hermética clase política en la que viven no se den cuentan, nuestros políticos habitan un inframundo patético que, más allá del interés científico, sólo se toman en serio los que comen de él.
Lo estamos viendo: niegan las evidencias, retuerzan los argumentos, exageran o disimulan según convenga, aseveran una cosa y la contraria, lo que vale para ellos no sirve para los demás. Como si cobraran para esto, como si nadie se diera cuenta de su impostura. Es imposible que todos estos señores y señoras no conozcan una forma más noble de ganarse la vida, es triste verlos chapotear en el barro y tener que reconocerles como representantes públicos.
Hoy, en relación a la comisión de investigación que la Asamblea de Madrid ha puesto en marcha para esclarecer distintos casos de espionaje político, se ha conocido que el Partido Popular niega determinados testigos solicitados por la oposición. No quieren, por ejemplo, que comparezcan los que han denunciado haber sido espiados. En cambio, reclaman la presencia de antiguos miembros del gobierno socialista de Joaquín Leguina, gente que está fuera del gobierno desde hace 14 años. La explicación al respecto del portavoz del PP en la Asamblea de Madrid, David Pérez, es una de estas afirmaciones que descalifican a quien las hace. No se puede ser un político honrado y afirmar que “llamamos a quienes pueden contribuir a esclarecer si hubo espionajes, nosotros estamos convencidos de que no los hubo”. Perfecto. Se le entiende todo. Claro, puesto que no creen que haya espionajes, no llaman a quienes pueden evidenciar que lo hay. Y se queda tan ancho. Y el contribuyente de a pie, con cara de tonto. O cara de tonto o pensar que todo es una broma. Siempre se puede aceptar como si de un chiste se tratara, y reír, y no tomar en serio la política, y no perder el tiempo con ella.

David Pérez, portavoz del PP en la Asamblea de Madrid. Tiene 36 años. Es licenciado en Periodismo. A los 24 años entró como asesor en el Ayuntamiento de Madrid.

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