jueves, 29 de enero de 2009

La justicia como vía para huir de las responsabilidades políticas

La crisis económica actual durará más de 30 años; los españoles volveremos a emigrar, esta vez en patera, y los jubilados dejarán de cobrar pensión dentro de tres años. Las frases son del presidente de la Cámara de Comercio de Valencia, presidente del Consejo Valenciano de Cámaras y vicepresidente de Bancaixa, Arturo Virosque, un veterano empresario del transporte que nunca se ha caracterizado por la finura de sus análisis y sí, en cambio, por su proximidad cortesana a los gobiernos autonómicos del PP. Mucha amenaza y ni un dato que avale tan desoladores pronósticos. También dijo Virosque que “los políticos son unos embusteros, todos, sin excepción”. En eso es obligado reconocer que sus muchos años de cercanía a la mencionada clase le da un plus de fiabilidad, por más que tan absoluta generalización pueda chirriar.
Embustero es quien utiliza artificios para disfrazar aquello que sabe o que piensa. Observese Madrid. Vayamos al vodevil de los espías, Esperanza Aguirre, Gallardón, Rajoy. El PP contra el PP. Esta mañana he oído a Aguirre en Onda Cero. No sabe nada, es la primera sorprendida, la víctima mayor. Muy digna anima a quien tenga alguna sospecha sobre su gobierno a que vaya al juez. Pues no. No es ese el papel de la presidenta de un gobierno alguno de cuyos miembros están acusados de organizar una red de espías especializados en seguir a sus rivales políticos o, incluso, a sus propios compañeros de partido y hasta de ejecutivo. A la justicia apelara quien quiera y los jueces ya dirán, eso no es cosa de Aguirre. Un político no debe esconderse tras las togas. La presunción de inocencia sirve en el ámbito judicial pero aquí hablamos de política. Ante una sospecha, reiterada, con muchos datos, con pruebas encima de la mesa, una dirigente responsable no puede decirles a los ciudadanos que esperen a ver que resuelven los jueces, como si ella fuera una espectadora más de lo acaecido. Aguirre debe esclarecer lo sucedido porque puede hacerlo; como Rajoy con sus tesoreros armados de dossiers, que van por ahí recomendado a empresas para adjudicaciones de servicios. En este culebrón de espías que nos ocupa, Esperanza Aguirre, si quiere, está en disposición de saber qué documentos se han elaborado, quién los ha elaborado, con qué dinero, quién dio la orden y por qué y a qué manos han ido a parar los documentos en cuestión. Si no lo hace es que da por bueno todo lo publicado. Si no lo hace, se convierte en la máxima responsable de lo sucedido.


Esperanza Aguirre plantea su defensa ante las acusaciones de espionaje intentando que el tema salga de la política y se limite al ámbito judicial: la justicia como bálsamo para diluir sus responsabilidades políticas en un proceso penal indefinido, borroso, infinito. Como si el hecho de que hubiera una causa judicial en marcha le exonerara de dar explicaciones sobre las sospechas y acusaciones que hay sobre su gestión al frente de la Comunidad de Madrid.

Los presuntos espías madrileños tienen jefes muy concretos: primero, un responsable de seguridad, Sergio Gamón, y, por encima, un consejero de Interior, Francisco Granados. Esperanza Aguirre los conoce bien, conoce su pasado, son de su máxima confianza. Sabe que Gamón, siendo director general de seguridad de Interior, registró el despacho de otro alto cargo de la consejería y se llevó documentos y un ordenador. Lo sabe. En su día, eso le costó el puesto pero inmediatamente ella misma lo recuperó para un nuevo destino: director del área de seguridad de Interior. Lo sabe porque conoce a Gamón desde hace muchos años. No en balde fue su responsable de seguridad cuando Aguirre presidió el Senado. Incluso trabajaba allí su mujer. La misma que, posteriormente, y eso también lo sabe Aguirre, sustituyó en Telemadrid a la secretaria que denunció por acoso al director general de la cadena, Manuel Soriano. No desconoce tampoco Esperanza Aguirre que Francisco Granados, su consejero de Interior, fue noticia cuando a su mujer se le incendió el coche. Resultó que el vehículo estaba a nombre de una empresa constructora con amplios intereses en Valdemoro donde Granados había sido alcalde. Incluso su vivienda la había construido esa empresa. Sobre el coche, Granados argumentó que al concesionario donde lo había adquirido se le había olvidado cambiar el nombre del primer propietario y por eso constaba la empresa constructora. Francisco Granados presidió en 2003 la comisión de investigación que el Parlamento madrileño puso en marcha para esclarecer el caso de los tránsfugas Tamayo y Sáez que acabaron dando a Esperanza Aguirre el cargo que ahora ocupa, la presidencia autonómica.
Apelar a la justicia cuando uno mismo, una misma, en este caso, está en disposición política de esclarecer todas las dudas planteadas sobre cuestiones de su propia responsabilidad es intentar que el caso se empantane en vía muerta. Querer eso pero presentarse como víctima y primera interesada en que todo se aclare es ser una política embustera.
“Van a por mí”, asegura Aguirre. Claro, ya se sabe, es la política, todos van a por todos. La cuestión no es esa. Como no lo es quien se está beneficiando de lo que sucede: los socialistas, claro. Lo importante es si es cierto o no lo que se publica. Eso es lo que se debe aclarar. No pretenderá la presidenta que, para no molestarla, no se haga públicas las verdades que le puedan perjudicar… Debería recordar la presidenta madrileña que en agosto de 2003, ante la sospecha de que algunos teléfonos de la sede del PP estuvieran pinchados, puso el grito en el cielo, calificó el caso de espionaje político de enorme gravedad y acuso directamente al PSOE sin más pruebas que el “cui prodest” que también blande ahora.
Van camino de despedazarse. Se van a matar entre ellos. Veremos que PP sale de todo esto. Mientras los periódicos tiren del hilo cada vez habrá más mierda al descubierto. La pregunta es: ¿hasta donde llegará “El País” con estas informaciones que tan claramente desgastan a Aguirre en beneficio del tándem Gallardón-Rajoy?, ¿hasta dónde aguantará el tirón “El Mundo” con noticias de índole contraria?, ¿dónde habrá situado cada protagonista el punto de no retorno?

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