jueves, 27 de noviembre de 2008

La espiral del deterioro


Crisis dentro de la crisis. En esas está hoy el periodismo. Acosado por las penurias económicas y ajeno al sentido de su existencia. Para ser exactos quienes están así son los periodistas, claro. Hablar del periodismo en general es muy fácil, es gratis. Decimos el periodismo está mal, torcemos el gesto, arqueamos las cejas y nos damos por satisfechos. Nadie se siente aludido, ni comprometido, ni culpable, nadie es responsable. Es cosa del periodismo, y ya está. Parece como si se tratase de una fatalidad, la onceava plaga de Egipto: llegará un día que las noticias se redactarán pensando en quien paga y no en quien lee, la propaganda pasará por información, los diarios se llenarán de notas escritas por los propios protagonistas de los hechos, en las ruedas de prensa estará prohibido preguntar y cada vez costará más cobrar un sueldo digno. Menuda plaga. Sucede que aquí no hay ningún Moisés dedicado a extender maldiciones. Aquí todas las miserias son autoimpuestas o aceptadas con fruición. Ahora, además, llegan los problemas económicos y los periodistas se convierten en los grandes paganos de la crisis en los medios. Desde los gratuitos a las cabeceras líderes, desde las televisiones locales a las cadenas de radio que cuentan a sus oyentes por millones, los despidos de periodistas se multiplican y los que tiene la enorme fortuna de conservar su trabajo deben aceptar recortes en el sueldo o peores condiciones laborales y profesionales. No podía ser de otra forma. En el pecado iba la penitencia. Era insensato imaginar que vivir instalados en la despreocupación por la calidad del trabajo, que en el fondo es exactamente lo mismo que olvidar el sentido de la profesión, no tendría consecuencias. La espiral del deterioro cuando se pone en marcha es muy difícil de acotar. Con un producto cada vez peor se deprecia también el valor de quien lo elabora; para hacer un peor producto no se necesita a los buenos profesionales, ni tienen que estar especializados, ni tienen que ser muchos. Con pocos, y malos, y mal pagados, ya vale. Al final se habrán quedado sin trabajo centenares y centenares de periodistas, miles, y no volverán. Cuando la economía mejore se habrá demostrado que los medios se apañan con menos, que pueden ser más baratos, que la publicidad vuelve pese a todo. Así que los periodistas despedidos no regresarán, los sueldos no subirán y las condiciones laborales y profesionales no mejorarán. Nadie reclamará la calidad perdida y seguiremos pendiente abajo. Hasta la próxima sacudida. Sepan ustedes que, hoy, en España, ya hay anunciantes que para insertar publicidad en los periódicos exigen que en su página no haya malas noticias. La espiral del deterioro, a diferencia de los periodistas, no se conforma.

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