miércoles, 12 de noviembre de 2008

Los dinosaurios existen y están en Valencia

La sensación de que nada cambia, la imagen de lo inalterable, puede resumirse mucho, muchísimo, o presentarse como un estadio infinito. En el primer caso tropezaríamos, por ejemplo, con la genialidad del cuento "El dinosaurio" de Monterroso. Sólo siete palabras: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". En el segundo supuesto, nos daríamos de bruces con la política valenciana, una especie de estanque dorado que esconde el fluir caótico de aguas turbias. A ellas voy.
Tan turbias como para que pasen por normales los escándalos encadenados, la inanidad en la gobernanza pública y la falta de respeto constante a la inteligencia de los ciudadanos. Tan oscuras que hacen de los dirigentes institucionales, seres impunes, exonerados de toda responsabilidad, situados al margen del control democrático.
Una patología, la citada, imposible de entender si no se observa a partir de la fractura política de la sociedad valenciana. División en dos trincheras. La realidad leída siempre en clave de ellos y nosotros. En una trinchera, la izquierda arquetípica: culta, superior, guardiana de la esencias, con cierto complejo de Madame Bovary. En la otra, la derecha de manual: populista, festera, blavera y pragmática. En medio, nada, ningún puente que una políticamente los dos bandos y permita transitar entre ellos.
La derecha gobernante, liberada de complejos, se siente cómoda con las cosas como están; claro, lleva casi quince años con mayorías cada vez más amplias. La izquierda, en cambio, entre hastiada y perpleja, no da con el camino, no encuentra el discurso; vueltas y más vueltas al atajo, piruetas, improvisación y la vieja verborrea de consumo interno de siempre.
Perseverar en lo que se ha demostrado inútil no tiene sentido. Sólo desde la superación de la fractura política en la que vive instalada la sociedad valenciana, sólo dirigiendo el mensaje más allá de las propias filas, puede la izquierda revertir el actual estado de cosas. Sin renuncias, ni copias de discursos ajenos, pero trascendiendo los límites marcados. Buscando lo que se puede compartir. Sin más cruzadas que el bienestar y la felicidad de la gente, que están mucho antes que los himnos que se cantan, las banderas que se enarbolan, el nombre que se le pone a las cosas o el idioma que se usa. La máquina expendedora de certificados de buenos y malos valencianos, desmantelada para siempre. Progresar juntos o fracasar juntos, no hay otra.
Un país es de todos y no puede repudiar a su cincuenta por ciento. Haber estado en la lucha por la recuperación de la democracia y el autogobierno hace 30 años no da más derechos, como tampoco los da vivir envuelto en las tradiciones culturales más visibles. Son prejuicios caducados.
La izquierda hará mal si no aprovecha su superioridad en lo ideológico, claro, pero con eso no basta. En paralelo, debe hallar una posición firme en lo transversal, que es donde está perdiendo por goleada. Con el debate político en vigor, mezquino, maniqueo y simple, la izquierda está muerta. Su oportunidad pasa por ofrecer hechos donde otros sólo presenten quimeras, utilidad en vez de retórica, valores reales frente a proclamas de ocasión, resultados en lugar de quejas, humildad y no desprecio, más trigo y menos prédicas.
La mayoría natural no existe, eso lo entendió incluso Fraga hace 20 años. Nadie lleva el voto en el código genético. El voto más bien habita en el terreno de la esperanza, de la ilusión, de la confianza.
Más allá del propio castillo, allende la propia fortaleza, hay una multitud, que no es de nadie. Ciudadanos capaces de entender cualquier cosa si perciben sinceridad y honradez, si se les dice lo que se es y lo que se pretende, que nadie es mejor o peor, que nadie tiene que renunciar a nada de lo que hace o cree, que todo es posible si se suma y no se resta. Hay destinatarios suficientes, votantes bastantes, para hacer posible el cambio. Si la izquierda es capaz de derribar el “muro de las descalificaciones” puede ganar la batalla. Los que están a gusto con un país dividido, empequeñecido, es porque el país, entero, les queda grande.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

No solo ha hecho usted una magnifica descripción de la realidad valenciana, ha dado las claves para avanzar en el futuro de este País. Solo desde posturas e ideas como las que aquí apunta podríamos avanzar. Sobran las discusiones retóricas, los debates mal planteados, la falta de realidad y la manipulación.

Siga escribiendo, yo le seguiré leyendo.

Anónimo dijo...

No s'estarà vosté fent blavero?????

antoni p dijo...

echo de menos a gente que diga las cosas tan claras en los medios de comunicación, a los columnistas y a editorialistas...