miércoles, 15 de octubre de 2008

El capitalismo le gana el pulso a la democracia

Capitalismo y democracia, pese a haber ido de la mano en su desarrollo, responden a filosofías distintas; contrarias, podríamos decir. El capitalismo se basa en la diferencia, diferencia económica; mientras que la democracia se fundamenta en la igualdad, igualdad política. El capitalismo no es democrático y la democracia no es capitalista. Su convivencia pasa por el pacto. El capitalista, el rico, embrida la ilimitada libertad que se podría permitir a cambio de que el ciudadano, el pobre, respete las propiedades ajenas. El primero acepta no invadir la libertad del segundo y éste, a cambio, acepta tener menos que aquel. En resumen, el rico le dice al pobre: no me tires la puerta abajo y yo no te aplasto. De acuerdo, ese es el pacto, ese es el umbral en que los dos actores maximizan su beneficio.
El punto de equilibrio que permite que capitalismo y democracia no se destruyan está en las leyes, las normas que unos y otros se comprometen a respetar y que deben ser las mismas para todos. El mercado, por si solo, es voraz, capaz de llevarse por delante todo aquello que le opone alguna resistencia. El control que desde la política se debe ejercer sobre él es, como dice Douglas North, una defensa incluso de si mismo. El mercado acabó con el feudalismo pero puede autodestruirse por su insaciabilidad.
Lo estamos viendo estos días. La crisis financiera a nivel mundial ha provocado que los gobiernos, para evitar el desmoronamiento del sistema económico, del capitalismo tal como lo entendemos, tomen medidas excepcionales en defensa de los bancos. Millones y millones de euros al rescate de las grandes entidades financieras que llevan años, lustros, ganando el capital a espuertas. Dinero público para garantizar que perviva el sistema que nos ha llevado a este callejón sin salida, para asegurar a los responsables directos de este caos que pueden seguir en el puente de mando.
El pacto lleva tiempo mostrando vías de agua, pero ahora parece definitivamente roto. Los pobres son obligados a salir en auxilio de los que más tienen, son obligados a renunciar, más allá de las leyes establecidas, a su dinero para ponerlo a disposición de los ricos. Para evitar un supuesto mal mayor, el colapso del sistema, es la víctima quien debe auxiliar al verdugo. Esto no es democrático; es capitalista pero no es democrático.
Los gobiernos, supuestas izquierdas incluidas, lanzan grandes planes de ayudas a los bancos sin más concreciones. No explican por qué no hay más remedio que subvencionar a los que más tienen, ni qué se les va a exigir a cambio, ni qué penalización deberán pagar por su mala gestión, ni qué les pasará a los gestores concretos, con nombres y apellidos, que nos han abocado al desastre, ni donde han ido a parar todos los beneficios que la banca ha amasado estos años y por qué no se puede disponer ahora de ellos. Por no explicar, no nos dicen ni de dónde ha de salir todo este dinero que ahora se da a los banqueros, de dónde se va a sacar, de a qué más tendrán que renunciar los ciudadanos de a pie. ¿Cómo es posible que resulte tan sencillo encontrar dinero para salvar un sistema económico y, en cambio, llevemos tanto tiempo revolviendo en los bolsillos para encontrar la calderilla que permitiría salvar a los millones de personas, pobres, claro, que cada día se mueren de hambre, de sed o de enfermedades de fácil curación en todo el mundo?

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