lunes, 5 de mayo de 2008

Zaplana: de cero a cien en 18 años.

Tres puntualizaciones respecto al fichaje de Zaplana por Telefónica:
1. Eduardo Zaplana no abandona la política para pasarse a los negocios. Zaplana lleva haciendo negocios desde que está en política. Que son sino negocios aquellas frases suyas a Salvador Palop, de finales de los 80, pidiéndole que le reclamara a un empresario un par de millones “y nos los repartimos bajo mano”; o la compra, en 1991, de la concejal socialista Maruja Sánchez para hacerse con la alcaldía de Benidorm; o sus intermediaciones para que grandes corporaciones extranjeras con contratos en el sector público invirtieran en empresas de su órbita. Que se lo pregunten a Julio Iglesias y a los responsables del IVEX si Zaplana se dedicaba a los negocios o no. Que se lo digan a las empresas productoras que en Canal 9 cobraban 10 por lo que valía 1, o a los proveedores de Terra Mítica, o a Jaime Morey y sus “Gescarteras”, o a LUBASA, o a Florentino Pérez, o a… O a… O a. Oeoeoe, que así le debían jalear sus compinches cuando miraban las cuentas de resultados. Su entrada en Telefónica es, simplemente, una nueva escala en el mundo de los negocios. Para entendernos, hasta ahora hacía los negocios “en negro”, políticos, y en adelante los hará con todas, o casi todas, las de la ley.
2. Zaplana no ha servido a la política sino que se ha servido de ella. Sin sus cargos institucionales, sin la alcaldía de Benidorm, sin la presidencia de la Generalitat, sin su Ministerio de Trabajo, Eduardo Zaplana seguiría siendo ese licenciado en derecho de finales de los 80 que no tenía oficio, ni beneficio y que bebía los vientos por un Opel Vectra. Su caso no tiene nada que ver con, por ejemplo, el de Rodrigo Rato. Rato tenía unos conocimientos, gracias a ellos llega a unos determinados cargos políticos y, de ahí, pasa al FMI y todo lo demás. Zaplana no dispone de ningún conocimiento, ni preparación que justifique su nuevo puesto. Simplemente se cobra favores que ha hecho desde los cargos institucionales y aprovecha los contactos que haya podido tejer. Nada más. Sin política Zaplana seguiría siendo clase media, y gracias. Adiós barcos, aviones privados, siestas en el Ritz de París, casa en la Castellana, trajes de seis mil euros y relojes de dieciocho mil. Sin su paso por las instituciones continuaría con su obsesión por forrarse que delataban aquellas palabras de las cintas del “caso Naseiro”, “me tengo que hacer rico porque estoy arruinado, me hace falta mucho dinero para vivir”.
3. Eduardo Zaplana no es un “campeón”, aunque sus íntimos le llamen así; por cierto que Francisco Camps y los suyos no le llaman “campeón” sino “Calígula”. Es verdad que ganó dos elecciones autonómicas en 1995 y 1999 pero, a parte de esto, todo han sido revolcones. Por tanto, menos lobo. Las elecciones municipales de 1991 ya las perdió pese a que, tránsfuga mediante, acabara alcalde. Se habla de él como encantador de serpiente pero debería recordarse que, siendo presidente de la Generalitat, y sin hacer balance de su gestión, todo aquello que no pudo comprar con dinero se le resistió. Por ejemplo las universidades. Impagable fue aquella imagen de Zaplana, presidente de la Generalitat, saliendo por piernas de la Universidad de Alicante porque el rector Andrés Pedreño le negó el cierre de un acto académico. Los campeones no huyen. Después, se equivocó en la elección de Camps, lo nombró delfín y en dos años le birló el control del PP. Intentó privatizar Canal 9 para dejarla en manos de sus amigos y los tribunales le dijeron que nones. Por supuesto nunca logró entrar en las quinielas para sustituir a Aznar. Le pillaron todas las mentiras que soltó después del atentado del 11-M. Perdió las elecciones del 2004. Como portavoz del PP jamás puso contra las cuerdas al gobierno, ni fue capaz de sacar un papel que demostrara sus teorías apocalípticas. Cara a las elecciones del 2008 ni tan siquiera logró un puesto en las listas por Valencia y entró de bulto en las de Madrid. Y volvió a cosechar una derrota electoral. Y adiós.
Ahora, sin fueros especiales, ni presupuestos públicos que gestionar, sólo queda su legado. Veremos que juicio merece.

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