viernes, 30 de mayo de 2008

A cualquier cosa se le llama periodista

A cualquier cosa se le llama periodista. Más que nunca ahora que el periodismo está tan mal. Según el “informe anual de la profesión periodística de 2006” de la Asociación de la Prensa de Madrid hay en España poco menos que 60.000 periodistas. Casi 15.000 están en gabinetes de prensa. Gente, mejor pagada que la media de la profesión, que trabaja no para informar a los ciudadanos sino para evitar que se sepa lo que no interesa a su jefe, sea éste empresario, político, banquero, dirigente futbolístico o presidente de un colegio profesional. Lo grave es que son estos 15.000, dígase periodistas, los que diseñan la agenda informativa para todos los demás. Una agenda informativa que dibuja una realidad que impide ver lo que realmente pasa. Una agenda que inunda las redacciones facilitando noticias y más noticias que llenan páginas o minutos de radio y televisión y que no son otra cosa que pura desinformación. No se debe, sin más, culpar a los gabinetes de lo que pasa; ellos hacen su trabajo. Lo que resulta inaceptable es que las supuestas empresas informativas se dan por satisfechas con lo que les llega, porque es barato, porque es cómodo, sencillo y evita problemas. Es vergonzoso que los periodistas, olvidando su condición básica de seres escépticos y desconfiados, den por buena cualquier nota, cualquier declaración y la difundan sin contextualizar, sin contrastar, sin ni siquiera buscar alguna voz alternativa o complementaria. Pero esto es lo que pasa. Esta es la tónica general de como funcionan los medios. Unos periodistas dedicados a la propaganda y los demás, con alguna excepción, que no pasan de ser simples mediadores asépticos entre el poder y el ciudadano. En resumen, periodistas que no se dedican al periodismo ni por casualidad.
Los gabinetes de prensa no se andan por las ramas. Acaba de salir en los Estados Unidos un libro del que fuera asesor de Georges W.Bush, Scott McClellan, que deja muy claro que la desinformación no sabe de límites. Explica McClellan que para justificar la guerra de Irak se tuvo que "manipular las fuentes de la opinión pública en beneficio del presidente”. Así de concreto es el trabajo de los gabinetes de comunicación: manipular las fuentes de la opinión pública. No se trata de ninguna improvisación, el antiguo asesor de Bush cuenta que todo el relato engañoso alrededor de las razones que llevaban a desencadenar la guerra de Irak fue una decisión consciente que tomo el presidente americano junto a su equipo de colaboradores.
McClellan no se para en la gestión de los políticos, ni en la de los gabinetes y acusa a los periodistas de las redacciones de “cómplices” por dedicarse a difundir las versiones que les llegaban sin preocuparse para nada de contrastarlas.
En Estados Unidos a estos asesores de comunicación se les llama "spin doctors" y tienen un nivel de organización, disciplina y orden que ya quisieran para si los mandos militares. En España vamos un poco por detrás pero avanzamos sin descanso. Salvando las distancias, igual que los "spin doctors" de Bush inventaban lo necesario para justificar la guerra de Irak; en Valencia, por poner un ejemplo, potentes y bien nutridos gabinetes de prensa venden historias imposibles para justificar las obras del nuevo circuito urbano de Fórmula 1, la supuesta persecución del gobierno Zapatero, el éxito de la Copa América, una visita papal, la sequía que no cesa o la destrucción de un barrio como el Cabanyal. Y los periodistas compran. Compran sin preguntar y rebotan el mensaje al ciudadano que incluso puede ser que llegue a sentirse informado. El periodismo sigue perdiendo por goleada.

martes, 27 de mayo de 2008

Pregunta inocente 3

Si hay cacería Rajoy, y la hay, y su protección principal son determinados barones regionales, ¿cuánto tardarán los cazadores en apuntar las escopetas hacia alguno de estos barones?

jueves, 22 de mayo de 2008

Zapatero, no les calles

“Caso Taguas”. Dando por legal el cambio de cargo, qué les costaba a los socialistas aceptar que estos triples mortales son una mala práctica y que es preciso desarrollar la legislación para evitarlos. Que malo es el realismo político de la izquierda, que miserable. Que bien lo retrata Serrat en “Utopía”:

“Se echó al monte la utopía / perseguida por lebreles que se criaron / en sus rodillas / y que al no poder seguir su paso; la traicionaron / y hoy, funcionarios / del negociado de sueños dentro de un orden / son partidarios / de capar al cochino para que engorde”.

Zapatero no debe mandar callar a los suyos. No es propio de la izquierda prohibir la discrepancia. Ni es ético, ni es útil. Confunde ver a los socialistas, que están en contra, votar a favor de Taguas, y al PP, que está a favor (y si no que se lo pregunten a Zaplana, a Costa, a Rato, a Timmermans, a Aznar…), votar en contra.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Madrid es singular; España, plural

Madrid es España, pero España es más que Madrid, mucho más que Madrid. Desde la periferia esto se entiende fácil; lo que cuesta es comprender porque en Madrid hay tanta gente, gente sensata, tolerante, inteligente, que no ve más allá de los límites de la capital. La política y los medios de comunicación están absolutamente contaminados por este mal. Por eso tantas veces equivocan los análisis. Es curioso que sea desde los postulados más españolistas desde donde menos España se ofrece.
Los grandes medios españoles, los más de derechas, pero también los progresistas, se empeñan en limitar la reflexión sobre lo que pasa en España a lo que se opina desde Madrid.
Claro que desde Barcelona se analiza en clave de Barcelona; y en Cáceres, igual; y en Sevilla; y en Burgos. Pero en ninguno de estos sitios se tiene conciencia de opinar en nombre de España. En Madrid, si. Los llamados medios nacionales demasiadas veces no pasan de ser medios madrileños. Hablan de la sanidad en Madrid como si afectara a toda España, se refieren a Telemadrid como si también se viera en Lugo, tratan a Esperanza Aguirre como si fuera la presidenta de todos, las alcaldadas en Madrid son cuestión de estado mientras que fuera no pasan de ser curiosidades de provincias, incluso cuando llueve en Madrid parece que tenga que estar lloviendo en toda España.
Piénsese, como muestra, en los analistas de la Cadena Ser, o de la COPE, o de Radio Nacional. Hágase memoria de los principales articulistas de El País, ABC o El Mundo. Obsérvese como cuatro de cada cinco son de Madrid, en el sentido de que allí viven y allí trabajan. Se menosprecia, cuando no se desprecia, lo que se plantea desde más allá de la villa y corte. Una advertencia desde Zaragoza no se escucha, una recomendación desde Valencia es como si no existiera, una sugerencia desde Granada no vale para nada. Las voces desde fuera son de segunda categoría. Un catedrático es menos catedrático si no es de la Complutense, con perdón. Las cosas no son si no pasan en Madrid, nada cuenta si no se ha testado en la capital. Por eso no escuchan, por eso pierden tanto el tiempo, por eso muchas veces no se enteran. Siguen pensando que ser ministro es más que ser presidente de una comunidad autónoma, cuando este maneja presupuestos que le sacan dos ceros a aquel, cuando una cartera acostumbra a durar cuatro días y, en cambio, hay presidentes con más de veinte años en el cargo. Creen que el futuro del PP pasa simplemente por el pulso entre Aguirre y Gallardón o por lo que se le pueda ocurrir a Pedro J. o a Losantos. Suponen que una gran empresa no es gran empresa si no tiene sede en la Castellana. Les preocupa siempre mucho más el eco que llega a Madrid que el sitio donde se dan las voces. Son singulares. España, por el contrario, es plural.

jueves, 15 de mayo de 2008

De la prensa valenciana: cuando dos versiones de la misma noticia parecen noticias distintas

El periodismo está lleno de arbitariedades, especialmente el periodismo valenciano. Ayer dimitió el Secretario autonómico de Universidad y Ciencia de la Generalitat valenciana. Su nombre, Emilio Barberá; un curioso gestor público que se dedicaba a descalificar a los que tenían que ser sus interlocutores y que, hace 8 años, ya fue condenado, con orden de búsqueda y captura incluida, por cobrar 35.000 euros que no le pertenecían de la Universidad del País Vasco, de la que fue rector. Un antecedente, dicho sea de paso, que la Generalitat de Camps, de normal poco escrupuloso en estas cuestiones, no tuvo en cuenta a la hora de ficharlo.
Veamos, ayer “El País” había publicado que el secretario autonómico de Universidad y Ciencia de la Generalitat, Emilio Barberá, acababa de fundar una firma en el sector de la biotecnología, ámbito directamente relacionado con su puesto. Añadía que ya había tenido otra empresa de similares características siendo secretario autonómico, que un año después de asumir él el cargo recibió ayudas públicas. Horas después de la salida de esta información, la conselleria de Educación anunció la dimisión de Barberá. Hoy “El País” destaca la noticia y la explica a fondo, detallando las incompatibilidades en las que incurría el alto cargo y atribuyendo su dimisión a lo publicado por ellos. “Emilio Barberá dimite al hacerse públicos sus negocios”, es el titular. En cambio, el rotativo “Levante”, para entendernos, la competencia a “El País” en el sector de la prensa que no está en la órbita del PP, digámosle sector progresista, aunque habría mucho que discutir, “Levante”, digo, ofrece otra versión de la noticia. Titula “La mala relación de Barberá con los rectores fuerza su dimisión”. Nada, absolutamente nada dice de las incompatibilidades en las que estaba incurriendo y se permite incluso añadir una frase de difícil comprensión: que el alto cargo nunca había negado “el negocio de patentes con sus investigaciones”. “Levante” no recoge que el propio Gobierno de la Generalitat aseguró que les había escondido sus actividades privadas. Ni una concesión, pues, al papel jugado por la información del día anterior en “El País”.
Por el contrario, “Las Provincias”, medio poco crítico en el ejecutivo de Camps, si vincula la dimisión de Barberá a sus negocios, aunque, por supuesto, no se refiere de ninguna forma a los publicado por “El País”. El destacado es: “El secretario de Universidades dimite tras crear una empresa privada hace tres meses”. “Las Provincias” explica que compaginó su “cargo político, con potestad para conceder ayudas y subvenciones para investigación con la administración de Celartia Enginering SA”. Añade que Barberá asegura que la dimisión la presentó hace días y que no tiene, según él, nada que ver con las noticias sobre su actividad empresarial. Por último, “El Mundo”, de normal complaciente con la gestión política del PP valenciano, recoge la noticia de la dimisión pero para contextualizarla usa sólo la versión del interesado que asegura que abandona por razones personales. Además no hace ni mención de sus negocios. Su titular es el más genérico, “Barberá deja la Secretaria de Universidad en pleno debate sobre financiación”. Me voy a permitir una licencia: podrían haber añadido “y en primavera”.
Si el periodismo se ejerciera con un mínimo de profesionalidad estas diferencias a la hora de publicar una información no se darían. Los distintos matices en una misma noticia son entendibles, lo que no se puede aceptar es que cada cual ofrezca de lo que ha pasado sólo la parte que encaja con sus intereses. Eso es desinformación, responda a lo que responda. Por cierto, Canal 9, la televisión pública valenciana, no recogió la dimisión de Barberá. Eso no es manipulación, es censura, como en las dictaduras.

martes, 6 de mayo de 2008

Pregunta inocente 2

¿Por qué un ayuntamiento, pongamos el de Valencia, debe implicarse en el caso de los jugadores de un equipo de fútbol de primera división con problemas de cobro, pongamos el Levante, pero a nadie se le ocurre pedirle que intervenga si los impagados son los obreros de una fábrica de sanitarios o un grupo de temporeros dedicados a la recogida de la naranja? Estos liberales a tiempo parcial son una lata.

lunes, 5 de mayo de 2008

Zaplana: de cero a cien en 18 años.

Tres puntualizaciones respecto al fichaje de Zaplana por Telefónica:
1. Eduardo Zaplana no abandona la política para pasarse a los negocios. Zaplana lleva haciendo negocios desde que está en política. Que son sino negocios aquellas frases suyas a Salvador Palop, de finales de los 80, pidiéndole que le reclamara a un empresario un par de millones “y nos los repartimos bajo mano”; o la compra, en 1991, de la concejal socialista Maruja Sánchez para hacerse con la alcaldía de Benidorm; o sus intermediaciones para que grandes corporaciones extranjeras con contratos en el sector público invirtieran en empresas de su órbita. Que se lo pregunten a Julio Iglesias y a los responsables del IVEX si Zaplana se dedicaba a los negocios o no. Que se lo digan a las empresas productoras que en Canal 9 cobraban 10 por lo que valía 1, o a los proveedores de Terra Mítica, o a Jaime Morey y sus “Gescarteras”, o a LUBASA, o a Florentino Pérez, o a… O a… O a. Oeoeoe, que así le debían jalear sus compinches cuando miraban las cuentas de resultados. Su entrada en Telefónica es, simplemente, una nueva escala en el mundo de los negocios. Para entendernos, hasta ahora hacía los negocios “en negro”, políticos, y en adelante los hará con todas, o casi todas, las de la ley.
2. Zaplana no ha servido a la política sino que se ha servido de ella. Sin sus cargos institucionales, sin la alcaldía de Benidorm, sin la presidencia de la Generalitat, sin su Ministerio de Trabajo, Eduardo Zaplana seguiría siendo ese licenciado en derecho de finales de los 80 que no tenía oficio, ni beneficio y que bebía los vientos por un Opel Vectra. Su caso no tiene nada que ver con, por ejemplo, el de Rodrigo Rato. Rato tenía unos conocimientos, gracias a ellos llega a unos determinados cargos políticos y, de ahí, pasa al FMI y todo lo demás. Zaplana no dispone de ningún conocimiento, ni preparación que justifique su nuevo puesto. Simplemente se cobra favores que ha hecho desde los cargos institucionales y aprovecha los contactos que haya podido tejer. Nada más. Sin política Zaplana seguiría siendo clase media, y gracias. Adiós barcos, aviones privados, siestas en el Ritz de París, casa en la Castellana, trajes de seis mil euros y relojes de dieciocho mil. Sin su paso por las instituciones continuaría con su obsesión por forrarse que delataban aquellas palabras de las cintas del “caso Naseiro”, “me tengo que hacer rico porque estoy arruinado, me hace falta mucho dinero para vivir”.
3. Eduardo Zaplana no es un “campeón”, aunque sus íntimos le llamen así; por cierto que Francisco Camps y los suyos no le llaman “campeón” sino “Calígula”. Es verdad que ganó dos elecciones autonómicas en 1995 y 1999 pero, a parte de esto, todo han sido revolcones. Por tanto, menos lobo. Las elecciones municipales de 1991 ya las perdió pese a que, tránsfuga mediante, acabara alcalde. Se habla de él como encantador de serpiente pero debería recordarse que, siendo presidente de la Generalitat, y sin hacer balance de su gestión, todo aquello que no pudo comprar con dinero se le resistió. Por ejemplo las universidades. Impagable fue aquella imagen de Zaplana, presidente de la Generalitat, saliendo por piernas de la Universidad de Alicante porque el rector Andrés Pedreño le negó el cierre de un acto académico. Los campeones no huyen. Después, se equivocó en la elección de Camps, lo nombró delfín y en dos años le birló el control del PP. Intentó privatizar Canal 9 para dejarla en manos de sus amigos y los tribunales le dijeron que nones. Por supuesto nunca logró entrar en las quinielas para sustituir a Aznar. Le pillaron todas las mentiras que soltó después del atentado del 11-M. Perdió las elecciones del 2004. Como portavoz del PP jamás puso contra las cuerdas al gobierno, ni fue capaz de sacar un papel que demostrara sus teorías apocalípticas. Cara a las elecciones del 2008 ni tan siquiera logró un puesto en las listas por Valencia y entró de bulto en las de Madrid. Y volvió a cosechar una derrota electoral. Y adiós.
Ahora, sin fueros especiales, ni presupuestos públicos que gestionar, sólo queda su legado. Veremos que juicio merece.